
La conversación sobre la transición energética suele girar en torno a diversos ámbitos como la tecnología, el papel que jugarán distintos tipos de elementos naturales, como el hidrógeno, la capacidad de transformar nuestras industrias o cómo nos movemos. Son cuestiones importantes, pero no podemos dejar en segundo plano la que quizá resulte más decisiva a corto plazo. La mayor parte de las tecnologías que necesitamos para descarbonizar la economía ya existen y funcionan. Lo que muchas veces falta no es la solución técnica, sino el capital dispuesto, la financiación y las coberturas necesarias, para llegar hasta donde hace falta, en el momento y en las condiciones adecuadas.
En este sentido, a menudo escasea la confianza de las empresas para dirigir su presupuesto hacia proyectos que exigen plazos largos y que se desarrollan en entornos percibidos como inciertos. Una planta renovable en un país emergente, una red de transmisión que tardará años en amortizarse o la modernización de una industria intensiva en energía son inversiones necesarias, pero también difíciles de encajar para una empresa privada que mide pulcramente cada riesgo. Ese desajuste entre la inversión que el planeta requiere y la que el mercado asume por sí solo es hoy uno de los principales frenos de la transición.
Aquí es donde el respaldo público adquiere sentido. No se trata de que lo público sustituya a lo privado, algo que no sería ni deseable ni sostenible, sino de que comparta parte del riesgo para que el capital privado se atreva a salir al exterior y desarrollar este tipo de proyectos. Cuando una garantía pública reduce la incertidumbre de una operación, la banca encuentra el aliado perfecto para hacer viable la financiación y el proyecto sale adelante. Es un efecto multiplicador discreto pero real, porque el respaldo público moviliza inversión privada que de otro modo permanecería a la espera.
Conviene añadir que esa función va más allá de lo ambiental, porque financiar la transición es también una forma de política industrial. Las empresas que hoy desarrollan tecnologías limpias, y que aspiran a llevarlas a otros mercados, compiten con rivales de países que respaldan con decisión a sus empresas. Un tejido productivo que encuentra a su lado instrumentos de financiación y cobertura ágiles parte con ventaja para ganar los contratos que se están definiendo ahora. Quien financie bien la transición no solo reducirá emisiones, sino que situará a sus empresas en posición de liderar la economía que viene.
Nada de esto funciona en solitario. La financiación de la transición se juega en un tablero internacional, y la coordinación entre los grandes actores públicos es lo que evita que la ambición climática se convierta en una desventaja competitiva. Los marcos comunes, empezando por el Acuerdo de París y siguiendo por los estándares que se acuerdan en los foros multilaterales, cumplen precisamente esa función de alinear a todos en una misma dirección, de modo que avanzar hacia la sostenibilidad no penalice a quien da el primer paso.
Sería ingenuo pintar un panorama resuelto, porque queda mucho por delante. La financiación de la adaptación, más difícil de rentabilizar que la de mitigación, sigue siendo una asignatura pendiente. Las pymes, que forman la mayor parte del tejido empresarial, todavía encuentran demasiados obstáculos para acceder a los instrumentos que sí utilizan las grandes compañías. Y la medición homogénea del impacto de las carteras, sin la cual es imposible saber si de verdad avanzamos, está aún madurando. Reconocer estas carencias no resta mérito a lo logrado; es la única manera de seguir mejorando.
Con todo, la dirección me parece clara. Durante mucho tiempo la financiación se ha tratado como un accesorio de la transición, el engranaje que se da por supuesto mientras la atención se dirige a la tecnología o a la regulación. Sucede más bien lo contrario. La financiación es uno de los motores de este cambio, y de la inteligencia con que la orientemos dependerá que la transición llegue a tiempo y que lo haga sin dejar a nadie por el camino.
Pablo de Ramón-Laca