
La movilidad sostenible, por ejemplo, no depende solo de la ingeniería. También exige entender cómo se diseñan las ciudades, cómo se comportan las personas y qué decisiones públicas pueden acelerar o frenar el cambio. La longevidad de la población no es únicamente una cuestión sanitaria, porque indirectamente afecta a otros aspectos como el empleo o el modelo de bienestar social. Y la inteligencia artificial no plantea sólo desafíos tecnológicos, sino también jurídicos, empresariales y éticos.
Formar profesionales para esta realidad obliga a replantear el papel de la educación superior en el aseguramiento de la sostenibilidad a largo plazo. No basta con transmitir conocimientos sólidos dentro de una especialidad. Hay que ayudar a los estudiantes a relacionarlos, a comprender las consecuencias de sus decisiones, a tener espíritu crítico y a trabajar con personas que miran el mismo problema desde perspectivas distintas.
La sostenibilidad ya no es una competencia reservada a quienes se dedican al medioambiente, la responsabilidad social o la gobernanza pública o privada. Un médico, un arquitecto, un jurista, un directivo o un especialista en datos se encontrarán con decisiones que afectan a los recursos, a las personas y al futuro de las organizaciones. Prepararlos para ejercer bien su profesión significa también enseñarles y educarles para reconocer ese impacto.
La universidad ya ha creado las condiciones para que ese aprendizaje ocurra. A veces, a través de contenidos concretos; otras, mediante proyectos compartidos entre disciplinas, casos reales o experiencias vinculadas al entorno. Lo importante es que la sostenibilidad deje de percibirse como una materia ajena y pase a formar parte de la manera en que cada estudiante entiende su campo profesional.
En UAX hemos avanzado en esa dirección incorporando, desde 2021, elementos de sostenibilidad en todos los nuevos grados y másteres. La intención no es convertir cada titulación en un programa especializado en ESG, sino introducir preguntas que ya forman parte de la realidad profesional como qué impacto tiene una decisión, qué riesgos genera, a quién deja fuera o cómo puede utilizarse mejor la tecnología.
Este enfoque también exige mantener una relación estrecha con las empresas y las instituciones, porque muchos de los cambios que definirán los próximos años ya se están produciendo en los centros de trabajo, los hospitales, las administraciones y las ciudades. Las empresas demandan cada vez más perfiles capaces de integrar criterios ESG en la toma de decisiones, gestionar impactos y desenvolverse en entornos complejos y cambiantes.
La universidad debe apoyar esas transformaciones, y las organizaciones necesitan apoyarse en el conocimiento, la investigación y el talento que se generan en el ámbito académico.
Nuestra incorporación a Forética parte de esa idea. Más que una adhesión institucional, representa una oportunidad para acercar a la universidad los debates y necesidades que están marcando la transformación sostenible de las empresas. También permite reforzar un diálogo bidireccional en el que poder escuchar qué perfiles y capacidades hacen falta y aportar conocimiento aplicado y espacios en los que probar soluciones.
La sostenibilidad, además, no puede limitarse a lo que se explica en el aula presencial u online. Las universidades gestionamos campus, consumimos recursos, impulsamos investigación y mantenemos una relación directa con nuestras comunidades. Esa actividad forma parte del mensaje educativo. Resultaría difícil pedir a los estudiantes que incorporen criterios responsables a su trabajo si la propia institución no revisa sus prácticas.
Nuestros resultados en la edición 2026 de Times Higher Education Sustainability Impact Ratings, con una posición destacada en Ciudades y comunidades sostenibles y presencia entre las diez universidades privadas españolas mejor clasificadas en cinco Objetivos de Desarrollo Sostenible, son una referencia sobre el camino recorrido. No constituyen una meta en sí mismos, pero ayudan a comprobar si la sostenibilidad está llegando a la enseñanza, la investigación, la gestión y la relación con la sociedad.
La principal contribución de la educación superior a la sostenibilidad no se verá únicamente en sus planes estratégicos ni en sus campus. Se verá, sobre todo, en la manera en que sus titulados ejerzan su profesión dentro de diez, veinte o treinta años. Y es que la sostenibilidad ya no cabe en una única asignatura. Debe formar parte de la cultura universitaria y acompañar al estudiante durante todo su aprendizaje y su vida laboral. Solo así podremos formar a los profesionales que necesitan una sociedad, una economía y unas empresas obligadas a cambiar con rapidez y a ser responsables con el futuro del planeta y de las nuevas generaciones.