
El Día Mundial del Medio Ambiente nos recuerda cada año una verdad incómoda: la crisis climática ya no es una amenaza futura, sino una realidad cotidiana. Calor de verano en mayo, calentamiento de los mares, lluvias torrenciales, pérdida de biodiversidad, contaminación, y no nos olvidemos del aumento de las desigualdades sociales que todo esto provoca. El problema es serio, nos afecta a todos en todos los sectores. Desde el turístico estamos comprometidos, pero queda mucho trabajo por delante aún.
El lema de Naciones Unidas de este año es “Nuestro Poder. Nuestro Planeta”. Una llamada que nos insta no solo a reconocer la grave situación existente, sino también a asumir la responsabilidad colectiva de actuar. Desde nuestra posición como empresas (y también desde los gobiernos y los individuos particulares) nuestro papel es impulsar cambios concretos en los modelos económicos y en las decisiones empresariales. En el sector del turismo, esto pasa por revisar y replantear la manera en la que viajamos; y por proponer y poner en marcha medidas concretas para garantizar su sostenibilidad.
El turismo es uno de los grandes motores económicos globales y no por casualidad: genera empleo, cohesión territorial e intercambio cultural. Pero también es un sector especialmente sensible a los desequilibrios ambientales y sociales, tanto como impulsor de emisiones como sufridor de las consecuencias del cambio climático. El crecimiento turístico, por sí solo, ya no puede considerarse sinónimo de desarrollo sostenible, y muestra de ello es la presión sobre determinados destinos, la estandarización de las experiencias y la desconexión cada vez mayor entre visitantes y comunidades locales sobre todo en algunas zonas ‘de moda’. A esto se suma la incertidumbre geopolítica actual, con las dudas sobre el suministro energético incluso para el futuro más inmediato de este mismo verano. Todo ello está transformando el comportamiento de los viajeros y estamos viendo cómo muchas personas retrasan sus decisiones de compra y priorizan destinos más cercanos -en el caso de los viajeros españoles serían los países de Europa más cercanos como Portugal o Italia-, percibidos como más accesibles, seguros y controlables.
Y, mientras que esta puede ser una solución viable, económica y que además impacta directamente en la reducción de las emisiones al permitir trayectos en tren o ciclos de avión más cortos, esta situación plantea una paradoja: mientras Europa gana atractivo como alternativa de proximidad, continúa siendo uno de los destinos peor aprovechados en términos de experiencia y distribución de flujos turísticos, con muchas de sus ciudades (véanse París, Roma o las islas griegas) atestadas de turistas casi en cualquier época del año.
Reducir la saturación turística, una mejora climática
Cuando millones de personas visitan siempre los mismos lugares, de la misma manera y en los mismos periodos, las consecuencias son inevitables: tensión con los residentes, pérdida de autenticidad, una experiencia menos enriquecedora para todos y, lo que es mucho más grave, un impacto directo sobre el clima, debido al deterioro ambiental, el aumento del riesgo de incendios, el desplazamiento de especies animales autóctonas, la concentración de emisiones, etcétera.
Alejarse de los grandes polos turísticos no solo ofrece a los viajeros experiencias mucho más auténticas, inmersivas y transformadoras, sino que además permite redistribuir los beneficios económicos del turismo, apoyar a pequeñas empresas locales y reducir la presión sobre ecosistemas especialmente vulnerables.
Este cambio de paradigma exige una transformación profunda del sector turístico. Las empresas del sector, tanto las emisoras, como las receptoras, como las auxiliares, deben repensar sus narrativas, diversificar su oferta y colaborar estrechamente con actores locales capaces de aportar conocimiento real del territorio. Porque la sostenibilidad turística no puede limitarse a compensar emisiones o reducir impactos negativos. Debe aspirar también a generar efectos positivos sobre las economías locales, la preservación cultural y la protección de la biodiversidad.
El turismo tiene la capacidad de convertirse en una herramienta de equilibrio territorial y regeneración, pero para ello debe ser gestionado desde una lógica más consciente y distribuida. Es aquí donde “Nuestro Poder. Nuestro Planeta” adquiere una dimensión especialmente relevante. Tenemos poder como empresas para transformar modelos, como viajeros para orientar la demanda hacia opciones más responsables, y como sociedad para redefinir qué entendemos realmente por éxito medioambiental.