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Cada vez que compramos, estamos votando el futuro que queremos para nuestro territorio

Con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente, me gustaría invitar a la sociedad a realizar una reflexión sencilla, cercana y profundamente transformadora: pensar qué ocurre cada vez que llenamos nuestra cesta de la compra.

Vivimos en una sociedad que cada vez muestra una mayor sensibilidad hacia el medio ambiente. Nos preocupan los incendios forestales, la contaminación de los mares, la pérdida de biodiversidad o los efectos del cambio climático. Nos indignan las imágenes de vertederos ilegales, de montañas de residuos o de paisajes degradados. Sin embargo, muchas veces olvidamos que una parte importante de la solución —o del problema— está en nuestras propias manos.

Porque cada vez que compramos, estamos votando.

Estamos votando qué modelo de agricultura queremos. Estamos votando qué tipo de ganadería queremos. Estamos votando si queremos pueblos vivos o territorios abandonados. Estamos votando si queremos una economía basada en la sostenibilidad o una basada exclusivamente en el precio.

Y lo hacemos todos los días.

Resulta paradójico escuchar continuamente críticas hacia la entrada de productos procedentes de terceros países que utilizan materias activas prohibidas en Europa, sistemas de producción que nunca serían autorizados en nuestro territorio o estándares ambientales mucho más laxos que los que exigimos a nuestros agricultores y ganaderos. Nos quejamos de ello en redes sociales, en los medios de comunicación y en los debates públicos.

Pero después llegamos al supermercado y elegimos precisamente esos productos porque son unos céntimos más baratos.

Esa es una contradicción sobre la que deberíamos reflexionar.

No podemos exigir unas reglas para nuestros productores y premiar con nuestras compras a quienes producen bajo condiciones que aquí no aceptaríamos jamás.

Desde INTERECO representamos a más de 42.000 agricultores, ganaderos e industrias ecológicas que trabajan cada día bajo algunos de los estándares de control más exigentes del mundo. Hombres y mujeres que producen respetando el suelo, el agua, la biodiversidad y los ecosistemas. Profesionales que han apostado por un modelo productivo donde no solo importa el resultado final, sino también cómo se obtiene ese resultado.

La producción ecológica no genera únicamente alimentos de calidad. Genera paisajes vivos. Genera biodiversidad. Genera suelos más fértiles. Genera agua más limpia. Genera oportunidades económicas en el medio rural.

Y lo más importante: sus beneficios alcanzan a toda la sociedad.

Incluso a quienes nunca consumen un producto ecológico.

Porque cuando un agricultor ecológico cuida su suelo, toda la cuenca hidrográfica se beneficia. Cuando se fomenta la biodiversidad, todo el ecosistema gana. Cuando se reducen los residuos y los contaminantes, la mejora ambiental repercute sobre el conjunto del territorio.

Por eso solemos decir que la agricultura ecológica es probablemente una de las pocas actividades donde ganan quienes participan directamente y también quienes no participan.

Sin embargo, existe una realidad que no podemos ignorar.

Nuestros productores no viven de los reconocimientos, de los discursos ni de las buenas palabras. Viven de las ventas.

Y aquí encontramos otro dato que debería hacernos reflexionar como país.

El pasado año, el sector ecológico publico español, , desde INTERECO,  facturó alrededor de 5.000 millones de euros. De esa cifra, aproximadamente el 80% correspondió a exportaciones.

Es decir, ocho de cada diez euros generados por nuestros agricultores, ganaderos e industrias ecológicas procedieron de consumidores de otros países que sí valoran y compran estos productos.

Mientras tanto, en España seguimos debatiendo sobre sostenibilidad, sobre medio ambiente y sobre la importancia de apoyar a nuestros productores.

Algo no encaja.

Quizá haya llegado el momento de preguntarnos si realmente estamos alineando nuestros valores con nuestros hábitos de consumo.

Porque la verdadera sostenibilidad no se construye únicamente desde las administraciones o desde las empresas. También se construye desde los hogares.

Cada decisión de compra es una declaración de intenciones.

Cada producto que elegimos es una apuesta por un determinado modelo de sociedad.

Por eso, en este Día Mundial del Medio Ambiente, me gustaría lanzar una invitación muy sencilla: la próxima vez que hagamos la compra, pensemos durante unos segundos qué estamos apoyando con nuestro dinero.

No se trata de gastar más.

No se trata de ser perfectos.

Se trata simplemente de ser conscientes.

Porque cuando compramos estamos votando.

Y el futuro de nuestro territorio, de nuestro medio ambiente y de nuestras generaciones futuras se decide, muchas más veces de las que imaginamos, delante de un lineal de supermercado.

Regina Monsalve Mayáns, socia de EJE&CON y presidenta de INTERECO

Entidad de certificación pública de AE de España.

En este artículo se habla de:
Opinión#medioambiente2026

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