
La transición ecológica puede avanzar técnicamente sin igualdad de género, pero se queda corta como transición “justa”. Si no se corrigen desigualdades previas, los costes pueden recaer en quienes ya están en peor situación. Y los beneficios —empleos verdes, ayudas, liderazgo— pueden concentrarse en sectores y perfiles masculinizados. Eso alimenta brechas y reduce el apoyo social necesario para sostener el cambio. Por eso la igualdad de género no es un extra: es una condición para una transición duradera y eficaz