
Hay preguntas que parecen abstractas hasta que nos damos cuenta de que aterrizan en algo muy concreto de nuestras vidas. La transición ecológica, tal y como la estamos abordando, se está contando a menudo como una carrera tecnológica y financiera, como un debate sobre implicaciones en la industria: descarbonización, fondos, regulación, innovación… Pero, si la miramos de cerca, es, ante todo, una reconfiguración de la vida cotidiana. Y, cuando se rediseña lo cotidiano sin revisar las desigualdades que ya lo atraviesan, el resultado suele ser previsible: avanzamos, sí, pero no avanzamos todos al mismo ritmo.
¿Puede haber transición ecológica sin igualdad de género? En mi opinión, no. La desigualdad no es un tema aparte que podamos añadir al final del plan, como un epílogo de buenas intenciones. Está en el inicio. Las situaciones de vulnerabilidad vinculadas a cuestiones ambientales, que existen y no son marginales, se cruzan a menudo con realidades donde el reparto del cuidado, la estructura del hogar o la estabilidad laboral siguen teniendo un sesgo de género.
También está la cuestión del empleo vinculado a la sostenibilidad. Nos gusta imaginarlo como un campo nuevo, limpio y meritocrático, pero los sectores que se están fortaleciendo, como el energético, el industrial, el de infraestructuras o el tecnológico, arrastran una brecha histórica en presencia femenina, en promoción y en salarios. Si no intervenimos de forma deliberada, lo verde corre el riesgo de convertirse en la misma habitación de siempre, sólo que con paredes recién pintadas. En ese contexto, la transición no sólo no corregiría desigualdades, sino que las proyectaría hacia el futuro, justo cuando nos encontramos en un momento de oportunidad para la reorganización del liderazgo y del poder de decisión.
Lo más revelador, quizá, es precisamente cómo se toman las decisiones. En los espacios donde se negocian políticas climáticas, inversión, prioridades de innovación o planificación urbana, sigue habiendo una falta de diversidad que no es anecdótica. Cuando faltan miradas, faltan preguntas. En este sentido, es evidente que la igualdad no garantiza aciertos, pero su ausencia sí asegura puntos ciegos.
A veces, cuando se plantea esto, aparece una objeción rápida: “No mezclemos”. Yo creo que, precisamente, lo que no podemos hacer es separar. La transición ecológica exige ajustes de hábitos, de consumo, de movilidad, de empleo y de ciudad. Es decir, exige cambios humanos.
Por eso la igualdad de género no es un adorno moral que colocar al final del discurso, es una condición de diseño. Si la transición se construye sobre brechas ya existentes, se vuelve más difícil de sostener: pierde legitimidad, se convierte en campo de batalla y acaba frenándose. En cambio, cuando se incorporan justicia y representación desde el principio, también se gana algo decisivo: confianza social. Y creo que debemos ser conscientes de que sin confianza no hay sostenibilidad que aguante.
Al final, la pregunta no debería ser si deberíamos incorporar la igualdad o no como tema central cuando hablamos de transición ecológica. La cuestión de fondo es si, quienes creemos en un modelo de transformación que tenga en cuenta nuestro impacto, podemos permitirnos no hacerlo.