Davos, cada vez más cuestionado

Más de 50 países, 19 bancos centrales, además de los máximos responsables de las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio, se reunieron este año junto con la mayor participación empresarial de la historia en Davos.  “Cooperación en un mundo fragmentado” fue el lema de la reunión, en un año decisivo: tras la guerra en Ucrania, el Covid-19, junto con el fantasma de la inflación, el mundo se encuentra en un punto de inflexión crítico.

Para analizar la importancia de la reunión es necesario ir por partes. En primer lugar, Davos es una estación de esquí localizada en Suiza con más de 300 kilómetros de pistas. Igual que Bretton Woods también es un complejo de esquí de lujo, y allí en 1944 se estableció el patrón oro que condicionaría la economía mundial durante décadas. A las élites les gusta el esquí.

La reunión la organiza el Foro Económico Mundial, que es una fundación con sede en Ginebra, Suiza. La organización se financia con las contribuciones de más de mil grandes empresas que pagan una cuota anual de 18.000 euros. Adicionalmente, hay empresas que pagan cuotas de 250.000 y 500.000 euros para tener una mayor relevancia en la reunión. Así pues, el foro es un negocio para sus organizadores que factura más de 20 millones de euros al año.

Durante los cinco días que duró el encuentro se sucedieron conferencias multidisciplinares con reuniones en diferentes formatos, estando aquí la esencia del formato. Jefes de estado participando en reuniones bilaterales con los máximos responsables de multinacionales, los responsables del Fondo Monetario o los diferentes Bancos Centrales con banqueros y empresas, o ministros con todos ellos. Desde debates abiertos donde es posible publicitarse ante todo el mundo hasta reuniones bilaterales sin luz ni taquígrafos. Publicidad mundial junto con el clásico y discreto lobby, un difícil equilibrio.

El foro se ha ido transformando durante estos años. Al principio de siglo tenía un carácter más discreto, permitiendo este perfil bajo una mayor influencia social. Según el foro va ganando popularidad entre el gran público, ha ido disminuyendo el poder real asociado con el evento. El COVID-19 obligó a la realización del foro online, significando este año la vuelta a la presencialidad. Las nuevas generaciones tienen otros canales cada vez más potentes. El eje de la economía cada vez se está desplazando más a oriente. El impacto de las tecnológicas o la creciente desigualdad social. Todos estos factores provocan que el evento sea cada vez más cuestionado por propios y ajenos, pareciéndose cada vez más a un simple photocall en el que la gente preocupada por su imagen pública se ve obligada a asistir.

El objetivo del foro es fomentar la colaboración público-privada, disponiendo de los ingredientes necesarios como para lograrlo. El dilema está en si en esta colaboración que de hecho se obtiene termina prevaleciendo el interés individual de los jefes de estado y de las multinacionales al de los ciudadanos y los clientes de las grandes empresas. Tras esta última edición parece que no hay grandes sorpresas. La preocupación por el cambio climático, el fin de la guerra de Ucrania y la posible entrada de la economía mundial en una recesión fueron los grandes titulares. Está por ver si el foro tiene alguna utilidad para la sociedad o simplemente se dedicará a canalizar las inversiones hacia la reconstrucción de Ucrania y una economía más verde. Si todo se queda en la rentabilidad en el corto plazo poco estaremos avanzando.

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