La tecnología y el medio ambiente mantienen una relación de amor y odio. Tradicionalmente, se suele incidir más en las repercusiones ambientales negativas que tiene el desarrollo tecnológico. El simple uso diario de dispositivos electrónicos, tan presentes en nuestro día a día, conlleva un consumo energético y de materias primas con importantes impactos paisajísticos y climáticos. Sin embargo, la tecnología también brinda oportunidades para ayudar a la protección del medio ambiente. Veamos algunos ejemplos a continuación. Uno de los primeros términos a los que se puede acudir en esta materia es el de transformación digital.
¿Cómo ayuda la tecnología al medio ambiente?

Más en concreto, de la conversión que están experimentando algunas ciudades para reciclarse y hacer frente a desafíos como la contaminación, la escasez de recursos y otros. Este proceso de conversión ha dado lugar a lo que conocemos como Smart Cities, que son aquellas ciudades que utilizan Tecnologías de la Información y la Comunicación (las famosas TIC) para gestionar de forma eficaz y sostenible sus infraestructuras y servicios, lo que incluye transporte público, gestión de residuos sólidos, eficiencia energética, etc. Todo esto contribuye a alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, especialmente el número 11 que es el titulado “Ciudades y Comunidades Sostenibles”.

En este ámbito digital, también cabe mencionar las opciones que ofrece la tecnología blockchain. Al final esto se trata de un base de datos compartida para registrar transacciones de cualquier tipo. Estamos más acostumbrados a que sean transacciones de tipo económico, pero también pueden ser de tipo medioambiental. De hecho, existe un informe llamado “Building block(chains) for a better planet”, publicado en 2018, que incide en el potencial de esta tecnología para proteger el medio ambiente. Algunas de las iniciativas mencionadas en este informe tienen que ver con incentivar prácticas de economía circular, monitorizar la calidad del agua y del aire o mejorar la coordinación de las partes implicadas en la preparación y respuesta ante desastres naturales.

Esta gestión de datos tiene un potencial particularmente grande en el ámbito de la economía circular, especialmente en una rama de esta que se conoce como simbiosis industrial y que consiste en crear redes de cooperación en las que dos o más empresas establecen una relación de beneficio mutuo. Existen diversas formas de simbiosis industrial. Aunque quizá la más clara es aquella en la que una empresa utiliza como materia prima lo que es un residuo para otra, también existen otros mecanismos en los que se hace un uso compartido de instalaciones, equipamientos o recursos. El hecho de disponer de bases de datos compartidas donde se conozca lo que genera, produce y utilizan distintas empresas puede tener diversos beneficios ambientales debido a la reutilización de materiales o al aprovechamiento compartido de servicios e instalaciones.

Si nos vamos a algo más tangible, a nivel de producto está la tecnología de impresión 3D, que está provocando una revolución en los métodos de fabricación. En términos de huella ecológica, la impresión 3D tiene la ventaja de la reducción de residuos; es decir, sólo hace uso del material necesario para la pieza o elemento a fabricar. Además, las piezas son, en general, más ligeras por la naturaleza de los materiales utilizados. Por tanto, esto suele conllevar una reducción en el consumo de energía y en las emisiones, especialmente en las asociadas al transporte. También se produce una simplificación logística, porque el stock de piezas dejar de ser físico para convertirse en digital. En otras palabras, se tiene un diseño asistido por computadora y sólo se fabrica cuando se necesita la pieza en cuestión.

La tecnología de impresión también tiene cosas positivas que decir en cuanto a reciclado. En este sentido, cada vez se están avanzando más en el aprovechamiento de plásticos para generar filamentos válidos para la impresión 3D. Esta tecnología también tiene su utilidad a nivel reactivo ante problemas ambientales. Me refiero, por ejemplo, a su uso como ayuda ante los efectos de desastres naturales. Se han dado casos en que la impresión 3D ha sido utilizada para fabricar piezas concretas para reparar conexiones de servicios básicos como el agua, cuya red de suministro había sido dañado por la acción de terremotos. Aunque es una tecnología a la que le queda recorrido por hacer, es ya una realidad y una con bastantes beneficios ambientales asociados.

Repasados estos ejemplos, me permito acabar citando a Shakespeare: “No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace parecer así”. Esto quizá no suene muy revelador hoy en día, pero, cientos de años después, es de perfecta aplicación a este contexto. La tecnología no tiene por qué ser mala o buena per se para el medio ambiente, sino que depende del uso que se haga de ella. No solo es posible que el desarrollo tecnológico sea respetuoso con el medio ambiente, sino que puede contribuir a su mejora.

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