Justicia anestesiada

Muy pocos niegan que la injusticia social está tan instalada entre nosotros que forma parte intrínseca de nuestro modelo social del bienestar. Del mismo modo, muy pocos reconocen que esa injusticia se ha vuelto tan cotidiana, tan invasiva, que estamos anestesiados frente a ella. Ya ni siquiera nos espanta. Su abrumadora ubicuidad simplemente nos aburre. No llama nuestra atención. Está normalizada.

Si realmente existiera una Corte Penal Internacional sobre Justicia Social, es decir, un sólido grupo de juristas cuya misión fuera enjuiciar a las personas, instituciones y empresas causantes de esa reverberante injusticia, su primera misión, seguramente, sería la de tipificar como delito esa anestesia, para poder juzgar así a los agentes que la provocan. La mayor parte de los medios de comunicación, entre otros muchos actores sociales, acabarían en el banquillo.

Los medios de comunicación fueron capaces, en pleno asedio criminal de ETA, de limitar la difusión de imágenes de las sangrientas escenas que provocaban los actos de la banda terrorista. El caso de Irene Villa, cuya familia tuvo que rogar que se dejaran de usar en las televisiones y periódicos las imágenes de la niña mutilada por aquel atentado de 1991, supuso una tímida tentativa de inaugurar una nueva ética mediática: la del control sobre la explotación del dolor ajeno.

Algo así sería imprescindible para des-anestesiar nuestras sensibilidades frente a la sobre-explotación de las imágenes generadas por tanta y tan arraigada injusticia social. La exhibición permanente de los sintecho envueltos en cartones –solo son ejemplos–, la profusión de inmigrantes ahogados, las colas del hambre que hacen nuestros vecinos, los niños asediados por las moscas o la imagen de esos esqueletitos barrigudos provocados por la desnutrición, pasarían así de ser meras ilustraciones de los textos periodísticos a convertirse en precisas y calculadas informaciones gráficas cuyo impacto sobre la línea de flotación de lo éticamente soportable resultaría explosiva.

La oportuna e inteligente gestión de la fotografía del bebé kurdo Alan Kurdi, que apareció ahogado en una playa de Turquía, movilizó más conciencia sobre el alcance inhumano de la injusticia social provocada por el conflicto sirio que los millones de palabras e imágenes sobre la crisis migratoria publicadas en los años anteriores. A eso me refiero.

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