diarioresponsable.com Rosario es médico y boliviana, una excelente profesional que siempre está sonriendo y se honra de haber ocupado cargos de responsabilidad pública en su país, desde un personal y profundo compromiso social en el que sigue y se afana cada día. No tiene duda de que los dos asuntos/problemas por los que Bolivia tiene que trabajar sin descanso en los próximos años son la educación y la salud: “Es nuestra gran asignatura pendiente”, me dice, “y los dos arietes con los que se podría abrir brecha y romper la desigualdad profunda que separa a nuestros compatriotas y en cuya lucha no avanzamos como quisiéramos, o como al menos nos gustaría”.

Conversamos a bordo de una barcaza a motor que, patroneada por don Enrique (que se metió a dirigente comunitario hace mas de 20 años), navega aguas abajo por el río Ichilo, un caudaloso afluente del Amazonas en una de cuyas orillas se asienta el núcleo indígena yuracare Tres Islas, distrito Chimore, departamento de Cochabamba en el trópico boliviano. El viaje por el río dura más de dos horas, pero merece la pena. Conocer a los hombres, mujeres y niños que habitan en ese poblado, estar con ellos, saber de sus circunstancias de vida y hablar con las personas que les ayudan en muy difíciles condiciones (maestros, médicos, enfermeros, técnicos...) y con sus representantes comunitarios, los caciques, es una experiencia inolvidable y una lección para los orgullosos europeos que, muchas veces, nos creemos el ombligo del mundo: la realidad resulta en estos casos más elocuente que las palabras.

Desde hace 10 años, bajo el mandato de Evo Morales –que el pasado año fue reelegido presidente hasta 2020–, la economía de Bolivia ha crecido un 5% de media anual, gracias, sobre todo, a los altos precios de algunas materias primas y de los hidrocarburos, un sector que sigue captando recursos nacionales y la inversión extranjera, casi 2.500 millones de dólares entre 2013 y 2014, aunque ahora comienza a descender.

La caña de azúcar es la líder de los cultivos agrícolas, con más de 32.000 kilómetros cuadrados de zafra, para hacernos una idea aproximada, la extensión conjunta de las provincias españolas de Ciudad Real y Jaén. El territorio boliviano ocupa más de un millón de kilómetros cuadrados para una población de poco más de 10 millones de personas que hablan 36 lenguas que, así se reconoció constitucionalmente, son tan oficiales como el español, y se revitalizan, desarrollan y protegen a través de una entidad pública dependiente del Ministerio de Educación, el novedoso Instituto Plurinacional de Estudio de Lenguas y Culturas (IPELC), con sede en Santa Cruz de la Sierra, la ciudad más industrial, moderna y poblada del país, capital del departamento del mismo nombre que aporta la mitad al PIB boliviano y es el motor de su crecimiento.

El FMI ha pronosticado que este año Bolivia crecerá el 4,3%, muy por encima de la media de América Latina, que alcanzará el 0,9% tan solo. Muchos bolivianos –y sus políticos y empresarios, claro– saben que su economía se sustenta con desempleo muy bajo, es cierto, pero como recoge El Día, uno de sus periódicos más representativos, “Bolivia tiene una economía muy particular y los índices de crecimiento oficiales no suelen ser garantía suficiente para reflejar lo bien o mal que le va a la gente de a pie. Nuestras cadenas productivas no están suficientemente globalizadas y en más de un 70% los medios de vida de la gente son informales”.

A pesar de que su partido ha perdido las alcaldías más importantes (La Paz, Santa Cruz, Cochabamba y El Alto), en la nación con más población indígena de América, el presidente Evo Morales sigue atesorando un liderazgo incuestionable que pesa demasiado y que, por ahora, no tiene recambio, algo que reconoce el vicepresidente Álvaro García Linera, a quien todos califican como el ideólogo en la sombra y, quizás, candidato a presidente a partir de 2020.

Evo Morales ha comprometido a su Gobierno en la difícil lucha contra el narcotráfico y la enquistada corrupción, todavía sin demasiado éxito, y sabe que tiene un compromiso ineludible para reducir la brecha de pobreza y desigualdad: se lo debe a Bolivia.

Un 20% de la población se debate en la extrema pobreza y casi el doble se puede clasificar como pobre, con grandes diferencias según las áreas geográficas, el género o la etnia. Gran parte de la población joven de Bolivia, en particular los niños y niñas que viven en áreas rurales, son pobres y sufren exclusión y graves violaciones de sus derechos. Persiste una alta tasa de mortalidad neonatal, materna e infantil, con notoria incidencia en los embarazos de adolescentes.

En las zonas rurales, solo seis de cada diez personas tienen acceso al agua potable, y en el conjunto del país, solo la mitad de los bolivianos disfruta de un sistema de saneamiento. Aunque el trabajo de los menores está prohibido (con puntuales excepciones) hasta los 14 años, los datos disponibles sugieren que alrededor de un 12% de los niños y niñas lo practican por imposición familiar. Precisamente por eso, hay que destacar que, gracias a la tarea y esfuerzo de Unicef y de sus consultores, de algunas ONG que trabajan en Bolivia y de personas comprometidas que prestan su apoyo en los procesos de inclusión social, una empresa privada como la azucarera Guabira haya sido capaz de implementar un moderno programa de responsabilidad social y de ser la primera empresa boliviana en obtener la certificación del Triple sello, lo que supone la garantía –contrastada internacionalmente– de que los productos de ese ingenio azucarero están libres de trabajo infantil, libres de trabajo forzoso y, asimismo, libres de discriminación.

Hay que ayudar, empresas y particulares, a la cooperación en Bolivia. En 2015, y en su país, muchos bolivianos –centenares de miles viven en España –dan ejemplo y siguen trabajando duramente por un futuro mejor para su tierra, sabedores, como escribió el ahora desaparecido y siempre grande Eduardo Galeano, de que “la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces, para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

Imagen de Peter Adams/zefa/CORBIS

 

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