Cuando hablamos del ego creo que todos tenemos una visión de qué estamos hablando. Y parecería que pasa otro tanto cuando hablamos del alter. Pero ese aspecto no lo tengo tan claro.
Porque el ego, o el yo, es esa figura de la cual estamos tan próximos todo el día. Yo, mi, me, conmigo, esa figura que es tan importante en nuestras vidas. Porque, no sé cuál es tu impresión, yo creo que este mundo funcionaría totalmente diferente si dejásemos de hacer yoyismo un 10% de nuestro tiempo. De repente paramos, nos dejamos de concentrar en nuestra historia, aventuras y desventuras, y nos calzamos los zapatos de un otro. De quién da lo mismo. Ese otro puede ser tu pareja, tu madre, tu padre, tu vecino, la hija de tu vecina, el sobrino del alcalde de tu pueblo, o la concejala de fiestas. También puede ser tu jefa o tu compañero de pupitre, tanto da.
El otro es una persona como tú, igual de preocupada por su ego en este mundo. A esa otredad también le gusta que le escuchen, que le muestren cariño, sentirse parte del grupo, aceptado, reconocida, dentro.
En los procesos de resolución de conflictos (qué rollo, el conflicto ya se ha producido), generalmente tenemos un desempeño muy pobre. Porque no sabemos o no nos han enseñado. A ponernos los zapatos ajenos, a desconectar de nuestro obsesivo yo, mi, me, conmigo. A juzgar que nuestras creencias bien pudieran ser falsas (acabo de releer el cuaderno de trabajo de los cuatro acuerdos, de Miguel Ruiz, que tiene la desfachatez de decir que el 90% de mis creencias son falsas, qué absurdo, si mis creencias están todas bien, las que están erradas son las tuyas), y que por lo tanto nuestras conclusiones son erróneas, o pudieran ser puestas en cuarentena.
Como no hemos tenido tiempo para mirar al otro, y ver qué se estaba originando, se ha producido una situación chunga, fea, un desencuentro profundo. Como seguimos sin tiempo, desafortunadamente, vamos a buscar una solución para salir del paso rápido. Se le llama negociación. En otros casos, estamos hablando de consenso. En ninguno de los dos casos el resultado suele ser óptimo. Por todo lo que comentamos. Por las prisas, por el corto-placismo, por no saber escuchar las necesidades subyacentes en la otredad, por no saber o tener miedo a expresar mis necesidades últimas en el proceso del re-encuentro.
Me acuerdo de unos peces que tenía Rafael en su consulta en Madrid, dos peces enfrentados entre sí, pero al nivel. Uno encima del otro en un cuadro con colorines fuertes, un poco estridentes incluso. El de arriba mirando a la izquierda, el de abajo mirando a la derecha. Yo entonces estaba en un proceso duro con mi pareja, que se confirmo como separación y divorcio. Rafael me explicaba que el cuadro representaba la alteridad, palabra rara que yo no había oído en mi vida. De lo que me acuerdo es de la importancia que le daba a vivir en los zapatos del otro, de ver la vida con sus anteojos, de sentir como él (en este caso ella), de hacer ese ejercicio desde el la otridad, el alter, el otro. Porque cuando dos ocupan ese espacio no hay otro resultado que el entendimiento. Desde el amor, si los dos están en ese sitio. Ese entendimiento, por seguir con el ejemplo de la pareja, no tiene que derivar en unión. Perfectamente puede derivar en ruptura, pero desde el amor.
Si sigo escarbando en esa línea, pienso qué poco altruistas somos, qué poco bien esparcemos en nuestro día. Cuánto tiempo pasamos trabajando en el yo-yo, y qué poquito trabajando en el otro.
Mucha competitividad, mucha productividad, que genera mucha confrontación y mucha lucha, y poca cooperación, poca alteridad y poco altruismo. Es normal que choquemos. Lo anormal sería lo otro.
Estaba brujuleando por el mercado rastrillo de los domingos en Navacerrada, un ejercicio que siempre es interesante, por relacionarnos con lo viejo (frente a la invasión de lo moderno), los restos y los despojos (frente a los manjares de primera mano), la naturaleza (frente a la urbe), y rendir homenaje al día con una cervecita, cuando me topé con una representación del cuadro de Rafael en pequeño. En el puesto de la salida (que es el mismo de la entrada pero cuando sales) nos encontramos con todo a 1 €, dos palillos chinos, 2 €, soportados en dos peces. Es muy curioso que no me fijé en los peces hasta después, bastante después. Son el regalo oculto en los palillos. Como la compra no desbarata mi economía, decidí correr el riesgo. Llegando a casa me di cuenta de lo que había comprado. Mi personal representación de la alteridad. O el respeto y cariño hacia el otro. Un otro que, como yo, tiene el 90% de sus creencias a la remanguillé, bien porque son falsas (no se basan en la verdad), porque son malas (no se fundamentan en el amor, sino en el temor) o son ajenas (no son suyas propias, sino adoptadas), no se reconoce o no se encuentra. Una otredad, que como yo, se encuentra despistada (o por lo menos en búsqueda) en el camino. Una otredad a la que le han enseñado que se tiene que mostrar fuerte y firme, porque si se muestra cálida y amable el mundo le va a dar por el saco. Porque en nuestra cultura la vulnerabilidad no vende, y mucho menos si eres hombre (porque las mujeres necesitan saber que debajo de todo ese hierro también hay un ser sensible, pero les da mucho miedo quedarse a vivir con un ser vulnerable).
En ese marco estamos para explorar con nuestros clientes la maravilla de la conversación Goetheana. Tres puestos más allá del puesto de entrada y salida donde me encontré los peces de los palillos chinos había una señora que vendía una copa para la menstruación, reutilizable, una especie de tetina de biberón, que se inventó en los años 60, ecológica, segura, limpia, cómoda. Sin embargo, no debía de ser negocio, frente a la cultura tampax (de usar y tirar) que impera. Todo parece indicar que lo más infrecuente no es peor, sino, muchas veces, todo lo contrario. Nosotros trabajamos con un enfoque precioso que facilita el encuentro entre diferentes. Cuando nuestro grupo de voluntarias ha crecido (tienen criterio propio), y se han encontrado con sus mayores (esas personas que ostentan la función con base en su experiencia y saber hacer demostrados), y se han comunicado mutuamente sus aproximaciones, creencias, desde dóndes y propuestas, se da, sin prisa pero sin pausa, un proceso de re-formulación de los supuestos y propuestas del otro, en un ir y venir, ahora yo, ahora tú, que permite que una entidad diferente, que no es tú, que no es yo, se manifieste. Aparece una otredad, un él, un ella, que hemos reconocido juntos, y que por lo tanto también es nosotros, un nuevo espacio de encuentro.
La magia se ha obrado. Un milagro como el de los panes y los peces. Porque cuando yo no tengo una posición fija que defender, cuando tú no tienes un "sine qua no" que acatar, todo es posible. Un milagro de multiplicación de posibilidades. Un milagro de comunicación, de comunión de quehaceres.
Cuando los peces hicieron su trabajo, los palillos nos esperan para que disfrutemos del guiso.
Este post es parte de la colección de community manager 3.0, organizaciones que cuentan cuentos, un nuevo desarrollo de oé corazón que conjugala tecnología (las redes sociales internas y externas), los cuentacuentos (con las claves para que una historia se te quede “pegada”) y la seducción (porque dejamos de vender para que nos compren, sea cual sea nuestro “producto”). Cuéntamelo otra vez, Sam.
Si quieres, también nos puedes acompañar en linkedIN, unidos dentro, qué bonito: community manager 3.0, organizaciones que cuentan cuentos, un movimiento natural como la vida misma.
Resumen ejecutivo:
cuando las partes están preparadas surge la posibilidad de una nueva comunicación. El yo-yo ha dejado su discurso de yo-mi-me-conmigo para dar paso a nuevas posibilidades, el criterio se ha formado. No somos iguales ni hace falta. Si la magia existe, un nuevo ser, que no es tú, y que no es yo aparece. Es el milagro que se da en el encuentro de dos seres, es el milagro de la pro-creación. Yo soy tú, tú eres yo, y construimos juntos, de hecho aparece, lo reconocemos, un nuevo Ser, que es él, que es ella, que somos nosotros.
un abrazo, Mikel
Aunque no lo parezca, no estoy hablando de eso, aunque algo de comunión (unión común) hay en el proceso, sino de comunicación entre iguales. O conversación Goetheana.