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La vicepresidenta del Consejo General de la ONCE, Teresa Palahí, conminó al Gobierno a adoptar resoluciones que fomenten y apuntalen la inclusión laboral de las mujeres con discapacidad: “Es urgente incorporar medidas para que las mujeres con discapacidad se incorporen al mercado laboral”.

Palahí formuló esta reivindicación en un acto organizado por ONCE y su Fundación con motivo del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y que tuvo como invitada a la filósofa y feminista Amelia Valcárcel, miembro del Consejo de Estado y vicepresidenta del Real Patronato del Museo de El Prado.

La vicepresidenta destacó el compromiso de la ONCE con la diversidad, recordando que en los años cuarenta, el 23 por ciento de la plantilla lo formaban personas con una discapacidad distinta a la ceguera. Asimismo, subrayó el deber de la institución para con las mujeres, aludiendo a que han tenido el mismo sueldo que los hombres. “Ya en los años sesenta se impulsaron fábricas para mujeres ciegas”, apuntó.


“LAS SEÑORITAS ESTUDIANTES"

Por su parte, Valcárcel, centro su exposición en el análisis de la situación de la mujer, tomando como referente temporal un  trabajo que le encomendaron y que llevaba por título “Cien años de igualdad”, lapso que puso en entredicho.

Recordó cómo en 1911 se autorizó a la mujeres que se matriculasen en la Universidad ya que hasta entonces, las universitarias, más que una excepción, constituían casi una extravagancia. Concepción Arenal, indicó Valcárcel, según cuentan las crónicas, tenía que asistir a clase vestida como un hombre. “Es decir, que el travestismo en aquella época era menos escandaloso que la presencia de una mujer en las aulas”, apostilló la filósofa, con esa ironía deliciosa que la caracteriza.

También recreó lo que supuso aquella fecha, 1911, para el valiente grupo de mujeres que reunieron el coraje suficiente para matricularle, mujeres a las que se llamaban, en ese lenguaje cursi de entonces, “señoritas estudiantes”: que fueran esperadas a la salida por un grupo de hombres que tuvo a bien apedrearlas, lo que motivó, a su vez, un incendiario artículo de Rosario Acuña, ‘Ruge la caverna’, que la propinó el destierro.

Aunque afirmó que la situación de la mujer hoy en día es mucho mejor que entonces, a su juicio “se ha avanzado con un ritmo regular”. “En es imposible que nos durmamos en los laureles porque no hay laureles sobre los que dormirse”, explicó la feminista.

Citó datos para una cierta satisfacción, como el mayor porcentaje de universitarias, el reconocimiento público de la capacidad discursiva de la mujer, la superior tasa de lectura y de consumo de cultura de la mujer frente al hombre… “Avanzamos poco a poco, pero por el camino del poco a poco se llega al valle del nunca jamás”, aseguró, haciendo uso del lema de una pancarta sugragista.

Según Valcárcel, la igualdad “es más una apariencia que una sustancia”. Se consiguen cosas, pero la brecha continúa abierta, casi a la misma distancia. Se podría decir, apuntó, “que estamos mejor que nunca y un poco como siempre”.

Asimismo, mostró un pesimismo explícito al hablar de la mujer en el mundo. “Nacer mujer según la geográfica es una condena, es no tener suerte” y habló de “humillación femenina planetaria”. Por ello, exhortó a hacer pública la situación de estas mujeres, de las mujeres que viven en países en los que la feminidad es una tacha porque “lo que no llega a la vista, queda lejos del corazón”.

“Lo tenemos difícil –prosiguió-, porque para deconstruir el patriarcado no hay libro de instrucciones, y cada vez que desmantelado parte de ese patriarcado, éste se reorganiza y reconstruye”. No habrá cambios si no se accede al poder, pero “el núcleo duro del poder sigue siendo excluyente y masculino, con excepciones, pero masculino”.
Concluyó su magistral intervención lamentándose de estos cien últimos años, “son cien años de victorias, pero sin cronistas”. 

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