Publicado el

Refugiado estos días bajo la sombra amistosa de las higueras me ha dado en pensar en lo siguiente: si algún día, a través de un agujero en la curva del espacio-tiempo, recibiésemos una visita de un hombre medieval, renacentista o ilustrado, una de las cosas que más le llamarían la atención de nuestra sociedad sería, sin duda, los espectáculos deportivos. El deporte, en su concepción moderna, resultaría para él una realidad totalmente ajena y extraña a sus categorías.

Sin embargo, si ese ficticio visitante procediese del mundo clásico (puestos a soñar soñemos en Tebas, Esparta, Mileto…) comprendería al instante la devoción, la admiración y el papel extraordinario que tienen los campeones del deporte en nuestro imaginario colectivo. Poco difiere del papel que ellos mismos les otorgaban en sus sociedades.  La educación física jugaba un papel fundamental en la educación de los niños (la paideia) y los campeones se convertían en verdaderos dioses en la tierra. Sin embargo, ¿cuáles eran los atributos que se admiraban en aquellos atletas?

Estas cualidades eran dos: agón y areté. Cultivadas tanto por los atletas consagrados en Olimpia, como por los niños recién ingresados en la palestra. Los conceptos de estas dos palabras son extremadamente confusos y abstractos. Podríamos afirmar que el agón se identifica con la fuerza, la competición contra los demás. Sin embargo, la areté (que podría traducirse como virtud) se refiere al perfeccionamiento, a virtudes como la templanza o la justicia: a la competición no contra los demás, sino contra uno mismo y sus propios límites. A la búsqueda de la excelencia.

Leyendo sobre estos temas en la monumental obra Paideia de Werner Jaeger me ha venido a la mente una posible analogía con la vida empresarial. Si entendemos el mercado como una competición universal (y durísima) ¿Cuánto de agón y cuanto de areté existe en la vida corporativa?

La lucha por los objetivos, el esfuerzo sin pausa, la competitividad, sin duda resultan de enorme importancia y forman parte del agón corporativo. Pero también lo son las lecciones sobre cómo manejar la victoria y la derrota, el respeto permanente al adversario y la gestión de los equipos.

Es en tiempos de crisis cuando resulta más importante que nunca que las empresas actúen con la necesaria areté. En tiempos de bonanza no suele haber problemas, todo el mundo está predispuesto a mostrar generosidad, afecto o compañerismo. Pero cuando vienen mal dadas, suele predominar la competitividad mal entendida y el actuar de forma más violenta. Suele olvidarnos de que, al igual que la victoria, la derrota también es de todos.

La Responsabilidad Social Corporativa puede tener algo de “guardianes de la areté”. Fomentemos y trabajemos la areté en nuestras organizaciones: La individual (referida a nuestra ética personal) la colectiva (todas las interacciones entre personas y departamentos) y la externa (cómo nos perciben los demás, nuestra reputación, nuestra forma de competir). Imaginemos una empresa que suma la areté a su identidad corporativa y un departamento encargado de extenderla, cuidarla, alimentarla y comunicarla.

Juntos (agón y areté) harán más factible el conseguir nuestros fines empresariales año tras año. Sin alguna de las dos falla , el pensar en objetivos a largo plazo para cualquier organización, será inviable.

Comparto con ustedes, amigos, estas impresiones de verano bosquejadas a vuela pluma. Si mueven a unos minutos de reflexión habrán cumplido su objetivo.


Que la areté os acompañe.

 

Werner JAEGER, “Paideia: los ideales de la cultura griega”.

Madrid. F.C.E. de España (2004).

(1.151 páginas; 22 cm.)

En este artículo se habla de:
Opinión

¡Comparte este contenido en redes!

Este sitio utiliza cookies de terceros para medir y mejorar su experiencia.
Tu decides si las aceptas o rechazas:
Más información sobre Cookies