Estados Unidos está viviendo el arranque de una nueva medida destinada a estimular ala actividad económica. En este caso no se trata de un programa que impulse el gobierno con cargo a los presupuestos del estado, no son recortes fiscales o un programa de inversión pública en la economía real. Lo que esta apunto de ponerse en marcha se denomina “expansión cuantitativa” y consiste en la compra de Deuda Publica americana por parte de su propio Banco Central, buscando el efecto de que llegue más financiación y en mejores condiciones a la actividad real.
José Roselló

Estados Unidos está viviendo el arranque de una nueva medida destinada a estimular ala actividad económica. En este caso no se trata de un programa que impulse el gobierno con cargo a los presupuestos del estado, no son recortes fiscales o un programa de inversión pública en la economía real. Lo que esta apunto de ponerse en marcha se denomina “expansión cuantitativa” y consiste en la compra de Deuda Publica americana por parte de su propio Banco Central, buscando el efecto de que llegue más financiación y en mejores condiciones a la actividad real.
O sea, la autoridad monetaria independiente de una economía en crisis actúa en consecuencia con medidas que tratan de impulsar la salida de ésta.
A este lado del Atlántico, en cambio, seguimos un poco como el libro de Eduardo de Mendoza, es decir “Sin (muchas) noticias de Gurb”. ¿A qué se debe esta diferencia?. Como siempre, todo es deudo de un contexto.
Lo primero que hay que decir es que la autoridad monetaria norteamericana tiene en su mandato el ejecutar la política más adecuada a las condiciones económicas del país, es decir, es un actor muy importante con responsabilidades muy grandes. Sin embargo, el Banco Central Europeo, según el mandato que recibe al crearlo, debe atender primaria y principalmente al control de la inflación, esto lo convierte en una presencia más orientada al control y al poner riendas que a algo con responsabilidad de quitarse la corbata y empujar.
Este diferente propósito bien puede originarse en las diferentes circunstancias que rodean a su creación. La Reserva Federal americana toma su actual forma fundamentalmente después de la crisis del 29 y su difícil digestión, en plena vigencia del paradigma keynesiano que otorgaba al Estado, el papel de actuar contra las crisis y cuya bestia negra a batir era el paro. Por contra, el BCE tiene su germen varias décadas después. Es una institución ligada a constituir una unión monetaria, bajo un paradigma económico distinto donde los dragones principales que deben batirse son cosas como la inflación, el déficit etc.
Asimismo no puede aislarse el diseño del BCE del peculiar espíritu que siempre ha caracterizado el proceso de unificación en Europa. Hablando a vuelapluma, aun en los momentos de mayor frenesí , ha primado por parte de los estados grandes, en particular Alemania, una cierta cautela a perder realmente todo el poder y toda la capacidad de actuar en sus economías. Aunque no lo reconozcan muchos buenos y ortodoxos alemanes-alemanes, sufrirían un síncope si viesen un día que quien está al cargo de decidir sus tipos de interés fuese un francés, no digamos ya un italiano, o, no lo permita la providencia, un español.
Esta costumbre no ha hecho más que crecer desde el gran éxito, para los que nunca estuvieron a gusto con la idea de una Europa realmente fuerte y unida, que supuso la adhesión de todo el este de tacada y sin anestesia.
En la Unión europea nos hemos empezado a aficionar en exceso a los organismos sin poder real, o a los responsables tipo Van Rompuy cuya principal virtud consiste en no enturbiar el ambiente y no hacer ruido ninguno, vamos, como si en lugar de un presidente lo que se estuviese buscando fuera un acondicionador de aire.
Este tipo de componendas en tela de araña, de mecanismos contrapesados y de no crear entes demasiado poderosos puede funcionar a las mil maravillas cuando la situación está en calma, pero tiene un coste alto cuando son necesarias decisiones trascendentales. Este coste lo estamos pagando, y lo vamos pagar aún un poco más, los ciudadanos europeos.
La actuación de Europa como unión y de sus organismos competentes esta siendo absolutamente decepcionante, cuando no contraproducente, a la hora de actuar contra la mayor crisis económica que ha vivido este continente desde la segunda guerra mundial. Es un juicio duro, pero me temo que es un juicio cierto. Revisando las actuaciones a escala continental desde el inicio de la crisis menudean las pequeñas decepciones constantes y los acuerdos de mínimos que los planes decididos destinados a solucionar en vez de a parchear.
Empezó el asunto con una acertadisima subida del tipo de interés en julio de 2008, que queda en anécdota a tenor de lo que vino después, pero que marca la pauta de como actúa nuestro banco central. Hubo un cierto resquicio a la esperanza cuando en 2009 se unificaron las garantías depósito y, en mayor o menor medida hubo que acudir al rescate de las entidades financieras, pero aquello pasó rápido y volvieron las inveteradas hipercautelas algo ombliguistas. El último acto de doble cara ocurrió cuando se creó el fondo destinado a salvaguardar el fallido de la deuda griega. Si el acuerdo en este sentido puede considerarse bueno, también marcó el principio del “se acabó lo que se daba”.
A renglón seguido la Canciller Merkel, asustada por el coste electoral que podía tener el poner dinero para Grecia, recogió velamen y tiró de austeridad obligándonos a toda Europa a ser más papistas que el papa si no queríamos vernos en el ojo de la siguiente tormenta de deuda. Pura guerra de recortes para no quedar retratado. Puede ser buena en términos electorales, discutible en términos de economía a largo plazo, absolutamente inadecuada en un contexto económico recesivo.
A día de hoy, Europa sin meditarlo y sin acuerdo, está hundida hasta las rodillas en la política del rigor presupuestario y del control de los déficit sin otra opción. Todos los países tienen tasas de paro muy superiores a sus medias históricas, hay serios indicios de que hubiera sido necesario prolongar el estímulo al menos durante este año. La obsesión debería ser actividad-actividad-actividad.
Mientras tanto la preocupación fundamental de los países comunitarios y los pertenecientes al área euro no puede ser otra, hoy por hoy, que, en lugar de luchar contra el paro e impulsar la inversión y el crecimiento económico, cuadrar las cuentas a costa de lo que sea.
En otros lugares se preocupan de reactivar sus economías, con todos sus peros, y aquí , alguno que otro, suspiramos con envidia.