
A diferencia del vidrio, el papel o los envases, los metales no cuentan habitualmente con un contenedor doméstico propio ni con un color que permita identificarlos fácilmente como residuos reciclables. Sin embargo, detrás de una lata, un cable de cobre, un electrodoméstico fuera de uso o una pieza de automóvil existe un importante potencial de recuperación de materiales.
El desarrollo tecnológico está permitiendo que el reciclaje metálico sea cada vez más preciso y que una gran parte de los materiales presentes en productos desechados pueda separarse para volver a utilizarse. El resultado es doble: se reduce el impacto ambiental asociado a la extracción y transformación de nuevas materias primas y, al mismo tiempo, los residuos adquieren un nuevo valor económico.
Según informa BBVA, esta capacidad resulta especialmente relevante para Europa por su dependencia exterior de determinadas materias primas. Joaquín Cano, director general de Regulator y desarrollador de PICVISA, explica que el continente no dispone de grandes yacimientos de algunas materias estratégicas, entre ellas tierras raras y otros recursos como el cobalto. Recuperar los materiales contenidos en productos que han llegado al final de su vida útil se convierte así en una alternativa para aprovechar recursos ya presentes en la economía.
La magnitud de este flujo de residuos ayuda a comprender su importancia. De acuerdo con los últimos datos disponibles del Instituto Nacional de Estadística (INE) recogidos por BBVA, de los 110,1 millones de toneladas de residuos generados en España, 6,04 millones correspondieron a residuos metálicos, aproximadamente un 5,3 % del total. En Estados Unidos, los últimos datos disponibles de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) sitúan esta proporción en el 8,8 %.
Pero hablar de metales engloba materiales muy diferentes. Para su reciclaje pueden distinguirse tres grandes categorías. Los metales ferrosos comprenden el hierro y sus aleaciones, como el acero y la fundición. Según explica la Xunta de Galicia, son ampliamente utilizados por su bajo coste de extracción y obtención. El hierro constituye alrededor del 5 % de la corteza terrestre y aparece combinado con otros elementos en minerales como la magnetita, la siderita o la hematita.
Los metales no ferrosos, por su parte, no contienen hierro e incluyen materiales como aluminio, cobre, níquel o zinc. Una de las diferencias respecto a los ferrosos es que estos últimos presentan una mayor facilidad para oxidarse y corroerse. A ellos se suman los metales preciosos, como oro, plata, platino o paladio, que pueden considerarse dentro del grupo de los no ferrosos. El titanio, por ejemplo, se encuentra en una posición diferente al tratarse de un metal de transición.
La complejidad del reciclaje se aprecia especialmente en los aparatos eléctricos y electrónicos. Un microondas puede reunir aluminio en su exterior, hierro en algunos componentes mecánicos, aleaciones metálicas en su estructura y diferentes materiales en sus componentes electrónicos.
Su placa puede contener, además, cobre, oro, titanio y otros metales presentes en condensadores, microprocesadores y elementos destinados a transmitir electricidad. Es decir, aquello que para una persona es un único residuo constituye en realidad una combinación de numerosos recursos potencialmente recuperables.
La tecnología de separación resulta fundamental para volver a individualizarlos. Cano explica a BBVA que el primer paso consiste en introducir el objeto en una gran trituradora hasta reducirlo a fragmentos de entre 10 y 20 milímetros, aproximadamente el tamaño de una moneda de euro.
A partir de ahí pueden retirarse materiales como el vidrio mediante procesos de separación por densidad o tamaño. Para los componentes metálicos comienza entonces una clasificación mucho más específica. Los materiales ferrosos pueden extraerse mediante imanes permanentes o electroimanes. Los fragmentos avanzan por sistemas similares a una cinta transportadora mientras los elementos con hierro son separados del resto. Posteriormente, estos metales se concentran y llegan a fundición. Durante esta etapa se eliminan materiales ajenos al metal, como restos de pintura o barnices, para que el hierro pueda volver a utilizarse.
El proceso incorpora además mecanismos de trazabilidad, una característica especialmente relevante para avanzar hacia modelos productivos circulares. Según Cano, un fabricante de una viga de acero puede llegar a conocer qué porcentaje de material reciclado ha empleado en su elaboración. De esta manera, aquello que inicialmente se consideraba un residuo vuelve a convertirse en materia prima.
El desafío aumenta cuando se trabaja con metales no ferrosos. El aluminio es un buen ejemplo porque no todas sus aleaciones presentan la misma composición: una pieza procedente de un automóvil puede ser diferente de la utilizada en un edificio o un electrodoméstico.
Por eso, además de separar el aluminio de otros materiales, es necesario determinar qué aleación contiene cada fragmento. El procedimiento descrito por Cano comienza con la preparación del material y continúa con una separación magnética. La fase final incorpora tecnologías de visión artificial combinadas con sistemas infrarrojos y láser.
Los sensores analizan los materiales y permiten obtener información sobre su composición. Así, pueden identificar, por ejemplo, una aleación formada por un 97 % de aluminio, un 2 % de titanio y un 1 % de manganeso. Esta clasificación facilita separar los materiales atendiendo a sus características concretas, aumentando su valor y haciendo más sencilla su posterior reincorporación a nuevos procesos industriales.
Una de las ventajas de los metales es que el proceso de recuperación no implica necesariamente una pérdida de sus propiedades. El comportamiento depende de cada material y de sus aleaciones, pero Cano destaca que el aluminio, por ejemplo, puede reciclarse sin perder sus propiedades.
Este aspecto convierte al reciclaje metálico en una pieza relevante de la economía circular, un modelo que busca mantener los recursos en uso durante el mayor tiempo posible y reducir tanto la generación de residuos como la necesidad de utilizar nuevas materias primas.
Además, la recuperación genera actividad en diferentes eslabones: desde las compañías dedicadas a recoger los materiales hasta las empresas que los clasifican y procesan y las industrias que posteriormente los compran para incorporarlos a nuevos productos. El uso de materiales reciclados también puede contribuir a reducir la huella de dióxido de carbono asociada a la producción de las empresas compradoras.
El sector presenta, además, importantes perspectivas económicas. Según una estimación de Fact.MR recogida por BBVA, los ingresos de los servicios de reciclaje de chatarra en Europa podían alcanzar los 17.680 millones de dólares en 2024. La previsión apunta a una tasa de crecimiento anual compuesta del 5,5 %, hasta llegar a un valor de 30.210 millones de dólares a finales de 2034.
El beneficio ambiental va más allá de evitar que los metales terminen convertidos en residuos. Su recuperación permite disminuir la necesidad de extraer y procesar materiales vírgenes, operaciones que requieren recursos y energía. Entre sus principales ventajas se encuentra la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Según la información citada por BBVA, el aluminio reciclado genera un impacto contaminante un 95 % inferior al del aluminio virgen.
A ello se añade la posibilidad de disminuir la huella de carbono de la industria metalúrgica, recuperar materiales estratégicos especialmente escasos en Europa y favorecer la creación de empleo verde y nuevas actividades empresariales.
En un contexto en el que el acceso a determinadas materias primas se ha convertido en un desafío para Europa, el reciclaje de metales muestra que la economía circular no consiste únicamente en gestionar mejor los residuos. También implica reconocer el valor de los recursos que ya están presentes en productos y materiales aparentemente agotados y desarrollar la tecnología necesaria para devolverlos al sistema productivo.
El reto pasa así por dejar de contemplar una pieza metálica desechada exclusivamente como basura. Dentro de ella puede encontrarse hierro, aluminio, cobre e incluso pequeñas cantidades de metales de alto valor que todavía tienen capacidad para volver a producir, generar actividad económica y evitar parte del impacto ambiental asociado a comenzar nuevamente desde la extracción.