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Al poco tiempo de haber tomado yo conciencia de la existencia de la Inteligencia Artificial Generativa -sorprendente circunstancia que ya evoqué en una tribuna anterior-, recuerdo haber recibido un correo electrónico en el que se hablaba a las claras de la trascendencia que la novedosa realidad estaba despertando en el mundo académico a escala internacional.
Consideraciones antropológicas respecto al Saber: La capacidad humana para formular preguntas y la Inteligencia Artificial Generativa

Era allá por los últimos días del mes de enero de 2023 y el Inspiring Minds, uno de los boletines que me hacen llegar cada semana desde la Harvard University, venía en aquella ocasión dedicado de manera monográfica a dar cuenta, no tanto del hecho de que ya teníamos a nuestra disposición aquella novísima herramienta, sino más bien a advertirnos de cuál podría acabar siendo el impacto que estaba en condiciones de tener en la Academia. Se nos animaba a enviar nuestras reflexiones y comentarios respecto a cómo habríamos de tratar de encajar ChatGPT y similares en el quehacer universitario. Y básicamente, se nos solicitaba opinión fundamentada al respecto.

Tras haber reflexionado sobre el asunto con cierta calma y recordando lecturas muy bien asimiladas desde la juventud -habiéndolas “vuelto a pasar por el corazón”, que eso significa el verbo “re-cordar”, en su significado literal-, vine a concluir en un par intuiciones que quisiera compartir con el lector de esta tribuna. En todo caso, me limitaré a enunciarlas, simplemente, dejando para ocasión más propicia la tarea de, si acaso, desarrollarlas más por menudo.

La primera aserción, era una mera conjetura: me surgía desde un tono marcadamente hipotético, pero de amplio radio en su alcance socio-antropológico, y la acabé formulando de esta manera: “Parece como que estuviéramos abocados a vivir en un mundo cada vez más fragmentado y dividido, donde la brecha digital -en principio, cuestión meramente tecnológica-, podría acabar generando otras diferencias más sustanciales y preocupantes porque podrían dar lugar a divisiones cualitativas globales, no sólo en el marco social, sino incluso en lo que tiene que ver con la propia índole y sustancia del ser humano en cuanto tal”.

En este punto resonaron en mi interior algunos pasajes de mis incursiones juveniles por la literatura distópica: En efecto, a primeros de los ya lejanos años70, en el marco de la asignatura de Filosofía y de la mano de un maestro innovador en los abordajes metodológicos, hube de toparme con aquella novela de Aldoux Husley -Un Mundo Feliz- donde, junto a otras cosas que también me sorprendieron, había unos personajes que me resultaron curiosos en extremo y respecto de los cuales tuve ocasión de dialogar e incluso debatir a fondo con el profesor. Eran aquellos sujetos a los que se les etiquetaba como “Hombres Épsilon” y que, pese a tener que encargarse de las tareas más desdeñables, tediosas y molestas en aquel Brave new World, sin embargo, curiosamente, estaban completamente felices –“ni envidiosos ni envidiados”, que diría el poeta- y encantados de llevar la vida que llevaban. “¿Cómo así?” le preguntaba yo a don Manuel, el profesor responsable de que hubiéramos tenido que leer la novela… La respuesta que vinimos a sacar en conclusión por entonces -y que, aunque a mí, en principio no me disgustaba, a él sí; y por eso tuvo que hacerme recapacitar acerca de las consecuencias y, sobre todo, de los intereses en juego con un diseño de aquel tipo- era que los Épsilon vivían contentos, ubicados como estaban en el último lugar de la escala social, precisamente porque estaban programados para ser individuos de “quinta división”. Así me los figuraba y así acabé calificándolos yo cuando pensaba en ellos desde la perspectiva recién adquirida, al paso que echaba las cuentas con los dedos de la mano derecha y comprobaba el lugar que la letra épsilon ocupaba en el alfabeto griego.

La segunda afirmación que me vino a la cabeza, al hilo del reto recibido de los colegas de Harvard, constituía una tesis, propiamente tal; y, aunque tenía un cariz mucho más reducido, acotado al ámbito académico, sin embargo, me resultaba todavía más inquietante, habida cuenta de la verosimilitud con que se me presentaba el resultado al que nos podríamos estar abocando. En este caso, utilizando un tono más desenfadado y coloquial di en formular aquella intuición en los términos siguientes: “No les arriendo la ganancia a los que opten por abdicar del ejercicio del pensamiento, fiados en las bondades y en la inmediatez de la Inteligencia Artificial Generativa, puesto que en el pecado acabarán llevando la penitencia, encaminados como van hacia el punto donde no  sólo se haya de perder el hábito de pensar por cuenta propia, sino incluso la costumbre y la capacidad de, simplemente, pensar”.

En este caso las resonancias no eran meramente literarias, sino que constituían reminiscencias abiertamente filosóficas. Era lógico, contando con la índole peculiar del propio background, esa especie de fondo de armario intelectual que todos vamos estableciendo, al paso que aprendemos cosas y, sobre todo, cuando las asimilamos y pasan a formar parte de las propias vivencias. Por consiguiente, ¿cómo no iba a rememorar yo aquel magistral relato de “la dialéctica del amo y el esclavo” que Hegel presenta en unas páginas lapidarias de la Fenomenología del Espíritu… una obra en cuya lectura, estudio y meditación había empleado yo más de tres meses, bien cumplidos, aquella primavera del año en el que cursaba tercero de Filosofía?

Y en efecto, en cuanto me ponía a considerar algunas de las consecuencias más previsibles a partir del uso de las tecnologías, de inmediato, sin esfuerzo alguno y como la cosa más natural del mundo, volvía a mi mente aquella circunstancia que en su día tanto había llamado mi atención. A saber, el hecho de cómo el amo acababa siendo esclavo de su esclavo, por haberse entregado -de forma “alegre”, despreocupada e imprudente- en manos de quien llevaba a efecto “el duro trabajo del concepto” y sin cuyo concurso el primero ya no sabría vivir.

Otra vuelta de tuerca al mismo asunto me la proporcionaba aquella especie de mantra del Sapere Aude que, traducido, al castellano, literalmente aconseja: Atrévete a Saber; pero que permite también otras versiones, del tipo: “¡Piensa por ti mismo!”

Se trata de un venerable lema clásico, formulado en su día por Horacio y que Kant se encargó de popularizar urbi et orbi en un opúsculo titulado Was ist Aufklärung -¿Qué es la Ilustración? Pues, precisamente en el Sapere Aude es donde a su entender se venía a cifrar la esencia de la Ilustración. Y abundando en ello, venía a decirse que ese ejercicio del pensar era la única vía a disposición del ser humano para escapar de aquella culpable minoría de edad en la que, si se queda quieto, vive infantilizado, cuando no entontecido; y, seguramente, al servicio de intereses espurios, no siempre del todo declarados. Y ello, por más que sean tan compartidos que, a veces incluso puedan pasar por una suerte de “pensamiento único” que no habría de resistir un examen crítico medianamente riguroso.

Por eso, quienes pensamos que la educación -en todas sus etapas: desde Parvulitos hasta la universidad y más allá, con todo el proceso del Life Long Learning- debe atender a una doble meta y que, junto al momento cognoscitivo, de transmisión de conocimientos, debe tener en cuenta la dimensión formativa y emancipadora del saber, no podemos dejar pasar por alto un riesgo tan serio. A saber: el que podría acabar representando el hecho de que la gente, en términos generales, aceptara conformarse con una nueva versión de la servidumbre voluntaria. En este caso, con la posibilidad de acceder a los datos -a muchos datos, a los macro datos, a los famosos Big Data- a la par que se opta por una especie de subcontratación a los mecanismos de la Inteligencia Artificial Generativa de la tarea más sutil, compleja y creativa de convertir los datos en información, con vistas a transformarlos en conocimiento. Ello, además, asumiendo en todo caso, que tampoco el conocimiento constituye la última meta del proceso: ésta no puede venir representada sino por una aspiración mucho más ambiciosa. A saber: la que apunta hacia la sabiduría. Esta clave de lectura, por lo demás, no es nada nueva: el mismo Aristóteles nos la dejó explicitada en la primera frase del libro alfa -A- de la Metafísica cuando se arrancó con aquella lapidaria sentencia según la cual: “Todos los hombres por naturaleza desean saber”.

Este deseo de saber, identificado como rasgo antropológico sustantivo -y por tanto, irrenunciable, salvo que se esté dispuesto a abdicar de algo esencial- representa un reto siempre abierto para la inteligencia natural, propia de la racionalidad humana. Una racionalidad que, ante todo, se caracteriza por la necesidad ineludible de plantearse preguntas para tratar de responderlas. A las cuestiones categoriales de la Lógica -quis, quid, ubi, per quod, quoties, cur, quomodo, quibus auxiliis, cuando- seguro que podemos añadir otras muchas más: cualitativas unas, cuantitativas otras, mixtas muchas más.

De hecho, en esta capacidad de preguntar y cuestionarse, en la habilidad para formular buenas preguntas de investigación -las famosas Research Questions de los trabajos académicos- radica precisamente la grandeza de la Inteligencia Humana; la dignidad de una Inteligencia Sentiente que, al decir de Xabier Zubiri, nos faculta para captar “la realidad” en cuanto tal; y, con ello, le permite definir al ser humano como “animal de realidades”, con todas las implicaciones que esta circunstancia conlleva. Se trata de una inteligencia limitada, falible, inexacta, emotiva… pero, al fin y al cabo, Humana y Natural. Una instancia que, por lo demás, ha sido la fuente capaz de desarrollar la Inteligencia Artificial. Es evidente que, contando con este avance, la dinámica vitral y las interacciones sociales y profesionales van a ir conociendo una revolucionaria transformación en muchísimos campos del saber y del actuar.

Con todo, no habríamos de perder de vista el hecho de que la realidad objetiva que la Inteligencia Artificial constituye -y que, acabamos de afirmar, no es que haya nacido ni espontánea ni naturalmente, sino como resultado y producto del quehacer de la inteligencia humana-, merece ser abordada sin prejuicios ni demasiados temores. De lo que se trata es de comprender su funcionamiento y sus potencialidades. A partir de ahí, si la conseguimos orientar a favor de obra -esto es, al servicio de las personas y de lo humano-, seguramente podríamos estar en condiciones de esperar la puesta en funcionamiento de maneras más plenas de vivir la vida.

La oportunidad, en consecuencia, está servida y la sinergia entre ambas inteligencias resulta palmaria desde el mismo momento en el que -quien accede a ChatGPT, a Bing o a cualquier otra versión de Inteligencia Artificial Generativa- se topa con un escueto mensaje, elocuente sobremanera, que dice: “Pregúntame cualquier cosa”.

Según vengo diciendo, en la capacidad de preguntar -este rasgo antropológico que daría para calificar a la especie humana como de “Homo Inquisitor”- está la posibilidad de ampliar progresivamente el límite del conocimiento y de transitar del dato a la información, de la información al conocimiento y del conocimiento, en aproximación asintótica, hacia la sabiduría, ubicada como meta asintótica a la que merece la pena tratar de aproximarse en el mayor grado que en nuestra mano esté.

La Inteligencia Artificial Generativa tiene archivados los datos, pero le ocurre lo mismo que le pasaba al genio dormido en las cuerdas del harpa de la novia de Becquer. Estaba aquel instrumento olvidado en el ángulo oscuro del salón, incapaz de hacerse oír y esperando la mano de nieve que pudiera despertar las notas dormidas en sus cuerdas, como el pájaro duerme en las ramas, al decir del vate.

En simetría con la anterior evocación poética, cabe abrochar la idea con broche transdisciplinar, aludiendo a una suerte de adaptación al ámbito de la Inteligencia Artificial Generativa del famoso teorema de la Incompletitud que Karl Gödel demostró desde la Lógica para las Matemáticas. Porque, en efecto, a tenor de lo que va dicho -y dejando para ocasión más oportuna el tratar de extraer algunas conclusiones que van implícitas en ello- podemos afirmar que -al menos por el momento y rebus sic stantibus- la única espoleta capaz de dar ignición al mecanismo generador de información a partir de unos datos previamente almacenados, no está, en absoluto, al alcance del propio mecanismo generativo de la Inteligencia Artificial, sino en la capacidad de preguntarse. Y ésta, repitámoslo, es algo exclusivamente humano, que en última instancia tiende a brotar o bien de la admiración -el Thaumasein platónico como origen del filosofar- o de la duda metódica y sistemática, que Descartes nos propuso como manera alternativa y complementaria de pensar, esto es, de sopesar y de considerar…de criticar no sólo datos, sino, sobre todo, supuestos y narrativas.

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