
La cuenta atrás para el Mundial de Fútbol 2026 ya ha comenzado. La cita deportiva, que se celebrará entre Estados Unidos, México y Canadá, marcará un antes y un después en la historia de la competición por su tamaño: será la primera edición con 48 selecciones y un total de 104 partidos, frente a los 64 encuentros que se disputaban hasta ahora.
La ampliación del torneo responde al objetivo de dar cabida a más países y aumentar el alcance global del fútbol. Sin embargo, esta expansión también plantea interrogantes sobre el coste ambiental de un evento que movilizará a millones de personas a lo largo de un territorio de enormes dimensiones.
Uno de los principales factores de impacto será el transporte. A diferencia de otros mundiales concentrados en un único país, la edición de 2026 se desarrollará en tres naciones y en numerosas ciudades separadas por miles de kilómetros. Esto implicará un aumento significativo de los desplazamientos aéreos tanto de las selecciones como de los equipos técnicos, medios de comunicación y aficionados.
Los viajes internacionales y los trayectos internos suelen representar la mayor parte de las emisiones asociadas a los grandes eventos deportivos. En este caso, la dispersión geográfica de las sedes convierte la movilidad en uno de los principales retos desde el punto de vista climático.
A ello se suma el consumo energético asociado a los estadios, las infraestructuras, los sistemas de transporte, los alojamientos y la retransmisión de los encuentros a escala global. Aunque muchas ciudades anfitrionas han incorporado medidas de eficiencia energética y uso de energías renovables, la magnitud del torneo incrementará la demanda de recursos durante varias semanas.
La gestión del agua también aparece como un aspecto relevante. Algunas de las sedes se encuentran en regiones que afrontan situaciones de estrés hídrico recurrente, una circunstancia que ha impulsado la adopción de sistemas de riego más eficientes, reutilización de agua y tecnologías de monitorización del consumo.
El debate sobre la sostenibilidad de los grandes acontecimientos deportivos no es nuevo, pero el Mundial 2026 lo sitúa nuevamente en primer plano. La creciente preocupación por la crisis climática ha llevado a organizaciones, expertos y ciudadanos a reclamar que los compromisos ambientales asociados a estos eventos vayan más allá de las declaraciones y se traduzcan en medidas concretas y verificables.
La celebración del mayor Mundial de la historia representa, por tanto, una oportunidad para demostrar que el crecimiento de los grandes espectáculos deportivos puede avanzar de la mano de la sostenibilidad. Al mismo tiempo, pone sobre la mesa una cuestión cada vez más presente en el debate público: cómo compatibilizar eventos globales de enorme escala con los objetivos de reducción de emisiones y adaptación al cambio climático.