
Y quizá una de las conclusiones más relevantes sea que muchos de ellos son, en realidad, desafíos sistémicos: problemas complejos, interdependientes y resistentes a soluciones aisladas.
Desde la economía de impacto, esta constatación tiene implicaciones profundas. Porque si los retos son sistémicos, también deben serlo las respuestas. Y eso nos lleva inevitablemente a poner el foco en una cuestión que probablemente marcará los próximos años: la capacidad de construir alianzas entre actores que tradicionalmente han operado en espacios distintos.
Cuando los problemas dejan de caber en una organización
Cada vez es más frecuente encontrar inversores trabajando con cooperativas y empresas sociales, fundaciones utilizando herramientas de financiación para ampliar el alcance de su acción, administraciones públicas colaborando con organizaciones sociales para diseñar soluciones o empresas que incorporan a entidades del tercer sector como socios estratégicos y no solo como aliados puntuales.
Lo novedoso no es la colaboración en sí misma. Lo verdaderamente relevante es que empieza a producirse desde una lógica de interdependencia.
Las empresas aportan capacidad de gestión, innovación y escalabilidad. Las entidades sociales conocen de primera mano las necesidades y barreras que afrontan las personas. Las administraciones cuentan con capacidad regulatoria y de articulación territorial. Las fundaciones pueden asumir riesgos y explorar soluciones emergentes. Los inversores aportan recursos y visión de largo plazo.
Por separado, todos generan valor. Pero es en la combinación de esas capacidades donde surgen las oportunidades de transformación más profundas.
No obstante, construir estas alianzas sigue siendo uno de los mayores desafíos. Cada actor trabaja con tiempos, incentivos, métricas y culturas organizativas distintas. Mientras una administración opera condicionada por ciclos políticos, una empresa responde a dinámicas de mercado y una entidad social suele enfrentarse a necesidades que requieren respuestas inmediatas.
La colaboración exige algo más que voluntad; exige confianza, aprendizaje mutuo y la capacidad de construir objetivos compartidos entre organizaciones que hablan lenguajes diferentes.
No es casualidad que esta cuestión esté ganando protagonismo precisamente ahora. A medida que los desafíos se vuelven más complejos, también resulta más evidente que ninguna organización controla por sí sola las variables necesarias para resolverlos. La vivienda depende de regulación, financiación, capacidad constructiva y cohesión social. La transición ecológica requiere innovación empresarial, marcos públicos adecuados y cambios en el comportamiento de consumidores y ciudadanos. El desarrollo territorial exige coordinación entre actores locales, administraciones, tejido empresarial e inversores. Cuanto más sistémico es el problema, mayor es la necesidad de colaboración.
Del impacto individual al impacto sistémico
Esta reflexión conecta directamente con uno de los debates que probablemente marcarán los próximos años: el paso del impacto individual al impacto sistémico.
Durante mucho tiempo hemos puesto el foco en financiar proyectos capaces de generar resultados positivos y medibles. Ese esfuerzo seguirá siendo imprescindible. Pero cada vez entendemos mejor que muchos de los desafíos que afrontamos tienen raíces estructurales y que, por tanto, requieren cambios que van más allá del éxito de una iniciativa concreta.
La inversión de impacto sistémica parte precisamente de esa idea. No busca únicamente financiar organizaciones o proyectos. Busca fortalecer ecosistemas, modificar incentivos, crear capacidades y favorecer dinámicas de colaboración que permitan cambios duraderos.
La diferencia es importante. Un proyecto puede mejorar una realidad concreta. Un cambio sistémico puede modificar las condiciones que generan esa realidad para que la mejora sea sostenible, replicable y capaz de extenderse mucho más allá de la intervención inicial. Y, para ello, se requiere la participación coordinada de quienes financian, regulan, innovan, ejecutan y conocen las necesidades de los territorios y las comunidades.
Por eso, quizá, la pregunta más importante no sea cuáles serán los próximos objetivos globales, sino qué condiciones necesitamos para alcanzarlos. Sin duda necesitaremos seguir movilizando capital, pero también tendremos que invertir más en relaciones, en confianza y en mecanismos de colaboración. No solo en proyectos, sino en los ecosistemas que permiten que esos proyectos prosperen, escalen y generen transformaciones duraderas.
Porque los grandes desafíos de nuestro tiempo no encontrarán respuesta en organizaciones heroicas actuando en solitario. La encontrarán en actores capaces de colaborar más allá de sus diferencias para transformar sistemas complejos.
Si algo nos deja la recta final hacia 2030 es la constatación de que los retos sociales y ambientales no desaparecen al llegar una fecha determinada. Seguirán exigiendo respuestas ambiciosas, innovación y recursos. Pero también exigirán una mayor capacidad para construir puentes entre sectores, intereses y formas distintas de entender el cambio.
Tal vez por eso la próxima década no sea únicamente la década del impacto, sino, sobre todo, la década de las alianzas improbables.
Mercedes Valcárcel, Directora General de SpainNAB, Inversión de Impacto y María Molina, directora de alianzas y ecosistema de impacto