
En la isla de Bali, Indonesia, los arrozales se riegan desde hace más de mil años con un sistema comunitario llamado subak. Unas 1.200 asociaciones de agricultores se organizan en torno a los templos del agua y deciden juntas cuándo inundar los campos y cuándo dejarlos descansar. Es un sistema de inteligencia colectiva que, al coordinar turnos a lo largo de cuencas enteras, consigue algo que nadie lograría por su cuenta: que el agua llegue a todos y que las plagas se queden sin alimento. La UNESCO declaró su paisaje cultural Patrimonio Mundial en 2012.
El sistema estuvo a punto de perderse. En los años setenta llegó la llamada revolución verde, y con ella nuevas variedades de arroz, fertilizantes y calendarios de cultivo decididos lejos de los campos. Detrás vinieron las plagas y el desorden en el reparto del agua. A finales de los ochenta, el antropólogo Stephen Lansing y el ecólogo Jim Kremer demostraron con un modelo informático lo que los agricultores ya sabían: su manera de coordinarse funcionaba mejor que las soluciones impuestas desde fuera. Aquel trabajo ayudó a que los templos recuperaran el control del agua.
La misma idea aparece en otros rincones del planeta. En Omán siguen funcionando miles de aflaj, canales que conducen el agua por gravedad, muchos de ellos bajo tierra, y que las comunidades se reparten por turnos desde hace siglos. En Irán, los qanats, de los que derivan muchos aflaj, llevan milenios sosteniendo la vida en zonas áridas. Una selección de ambos sistemas está declarada Patrimonio Mundial. Y en la sierra de Lima, varias comunidades andinas están recuperando las amunas, una técnica preincaica para “sembrar” el agua de lluvia en la montaña y “cosecharla” meses después, cuando más falta hace.
Mucho más cerca de nosotros, en Valencia, cada jueves a las doce se reúnen ante la Puerta de los Apóstoles de la catedral los ocho síndicos del Tribunal de las Aguas. Los eligen los regantes de la huerta, y resuelven de viva voz los conflictos por el agua de las acequias. La UNESCO lo reconoció como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2009.
Culturas muy distintas, en lugares muy alejados entre sí, llegaron a la misma conclusión: un recurso valioso y escaso se cuida mejor entre todos, con reglas que todo el mundo conoce y decisiones que se toman de manera transparente.
El Día Internacional contra el Cambio Climático se celebra cada 24 de octubre desde 2009, y es un buen momento para volver la vista hacia esa sabiduría. La jornada nació como una llamada a la acción colectiva frente al calentamiento global. Adaptarnos a sus efectos nos va a exigir exactamente eso: ponernos de acuerdo, entre muchos, sobre cómo cuidar el agua, la tierra y a las personas más vulnerables.
Los regantes de Valencia o de Bali se conocen, comparten un mismo río y pueden mirarse a la cara cada semana. La adaptación al cambio climático, en cambio, se juega a una escala que ningún tribunal de las aguas puede abarcar: ciudades enteras, cuencas que cruzan fronteras, decisiones que afectan a millones de personas. Y el conocimiento que necesitamos para tomarlas está disperso en miles de estudios, leyes y noticias, y en la memoria de cada comunidad. Lo que toca ahora es llevar aquella inteligencia colectiva a esa escala.
Aquí la inteligencia artificial puede tener una contribución importantísima. Diseñada con cuidado, es capaz de reunir y ordenar ese conocimiento disperso y ponerlo al alcance de cualquier comunidad, de forma comprensible y transparente, para que pueda prepararse mejor ante lo que viene. También puede hacer lo contrario: concentrar ese conocimiento en pocas manos y alimentar la desinformación, al tiempo que consume cada vez más agua y energía. Que sirva para una cosa o para la otra depende de que respete las reglas que han sostenido a los regantes durante siglos: información a la vista de todos, normas claras y decisiones compartidas.
Europa ya ha dado importantes pasos en esa dirección con su AI Act, y el debate sigue abierto a nivel global. A principios de octubre, el Consejo Asesor Internacional de Inteligencia Artificial del Gobierno de España, presentó el Manifiesto de Madrid por una IA Responsable. Entre sus firmantes está la directora de Re-Imagine Europa, Erika Staël von Holstein. El texto defiende el papel de las democracias en la gobernanza de esta tecnología frente a la autorregulación, y pide una regulación clara, más transparencia y mejor rendición de cuentas. Unos principios que reconocerían enseguida los agricultores de Bali y los regantes de Valencia.
Con esas reglas trabajamos en NEUROCLIMA, uno de los proyectos con los que Re-Imagine Europa lleva años impulsando una tecnología que refuerce la resiliencia y la adaptación al cambio climático. Combinamos la inteligencia artificial con las ciencias del comportamiento para reunir conocimiento procedente de miles de fuentes validadas (investigación científica, regulación, noticias…) y ponerlo en manos de la ciudadanía. Y lo probamos sobre el terreno, trabajando con educadores, jóvenes de centros comunitarios, festivales, ayuntamientos, redacciones informativas y todo tipo de colectivos.
En un centro social de Portugal, una veintena de niños de seis y siete años se sentaron con personas mayores, con fotos antiguas sobre la mesa, para preguntarles cómo iban a la escuela o dónde iban a buscar el agua cuando ellos eran pequeños. En un valle de los Alpes italianos todavía marcado por la tormenta Vaia, vecinos y visitantes diseñaron juntos la montaña en la que querrían vivir. En Irlanda, concejales y organizaciones locales debatieron qué significa realmente poner en marcha una transición justa. Y en Bélgica, Grecia y Chipre investigaron cómo está afectando el cambio climático a la seguridad alimentaria europea.
Los regantes de Bali y de Valencia llevan siglos demostrando que los bienes comunes se cuidan mejor cuando todos tienen acceso al conocimiento y todos tienen voz. Usada con esas mismas reglas, la inteligencia artificial puede ayudarnos a llevar esa lección a escuelas, barrios, redacciones y ayuntamientos de todo el mundo.