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Alianzas por la sostenibilidad global

Si caminas solo, irás más rápido. Si caminas acompañado, llegarás más lejos. ¿Queremos una sostenibilidad real? Indudablemente, esta aspiración debe ir de la mano de planes de acción conjuntos. De alianzas para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS 17) que la ONU ya puso sobre la mesa en 2015.

Establecer la Agenda 2030, ambiciosa pero imprescindible, fue un primer paso. Pero sacarla adelante necesita medidas únicamente concebibles bajo el marco de la colaboración entre socios, y de la integración de las esferas públicas, privadas y de la sociedad civil.

Hablamos, entre otras cosas, de trabajar por la movilización de recursos y la coordinación de políticas que fomenten la financiación de los países con menos recursos. De la promoción de los sistemas de inversión, y de la mejora de la cooperación norte-sur en materia de ciencia, tecnología e innovación. Del aumento del intercambio de conocimiento, de promover un sistema de comercio equitativo y no discriminatorio y, en general, de aumentar la estabilidad macroeconómica mundial.

Solo así los programas de desarrollo podrán superar el plano de la entelequia. Y es que las grandes metas globales tienen la mala costumbre de acercarse más al postureo que a los planes de acción con verdadera vocación de cambio. Resulta sencillo enarbolar las banderas de grandes valores universales desde la comodidad de la autogestión. Sin embargo, las alianzas implican compromiso, asumir una parte de responsabilidad dentro un plan para alcanzar un objetivo común. Y “firmar ese papel”, ya no es tan sencillo.

¿Estamos a tiempo de cumplir con la Agenda 2030? Sería de ingenuos contestar con un sí rotundo a esa pregunta. Pero el “Efecto Pigmalión” (o de la profecía autocumplida), dar por hecho el fracaso antes siquiera de haberlo intentado, es también una de las grandes trabas del progreso. Por ello, parece más prudente, e incluso esperanzador, pensar que, todo paso firme en la buena dirección, es un paso bien dado.

A estos efectos, un territorio esencial es el de la información. Las sociedades del conocimiento, que contribuyen al desarrollo de individuos informados y con sentido crítico, poseen el potencial de lograr impactos positivos y duraderos en la educación, el desarrollo económico y la cultura de la sostenibilidad. La Libertad de Expresión y el Derecho a la Información, amparados por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, son indispensables para edificar democracias prósperas y fomentar la implicación de los ciudadanos en la Agenda de Sostenibilidad mundial. Por tanto, el acceso universal a la información, el desarrollo de los medios de comunicación y la protección de los periodistas y su profesión, son ejes irrenunciables.

Por otra parte, los criterios ESG (Environmental, Social and Governance) ya comienzan a ser parte del ADN de muchas empresas e instituciones, orientando su actividad con un propósito movilizador de cambios positivos, dentro y fuera de sus organizaciones. En este contexto, las consultoras de comunicación y asuntos públicos han resultado ser un aliado estratégico, no solo por ofrecer orientación dentro del complejo entramado regulatorio, sino por poseer las herramientas que permiten trasladar esos territorios de conversación a los grupos de interés.

En resumen, asumir que, caminado juntos, con una verdadera voluntad de progreso, seremos más fuertes y llegaremos más lejos, debe ser la palanca que nos impulse hacia la meta. Una actitud comprometida obliga a ser coherentes con las banderas que ondeamos. Y a veces implicará incomodidad y dudas. Pero los grandes retos nunca fueron conquistados desde la resignación y la autocomplacencia, sino desde el esfuerzo y la valentía.

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Opinión#8aniversarioODS

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