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¿A dónde me llevas?

La pregunta que una madre puede realizar a cualquiera de sus vástagos en un momento en el que no se ve en un lugar adecuado, es exactamente la misma que la Madre Tierra nos podría realizar a cualquiera de los más de 8.000 millones de personas que habitamos en el planeta, cifra alcanzada en el mes de noviembre del año pasado.

Aunque parezca llamativo el símil empleado anteriormente, no lo es tanto si analizamos el porqué de dicha afirmación. ¿Estamos haciendo lo correcto para que el planeta se mantenga en las mismas condiciones en las que vivían nuestros abuelos? ¿Por qué dirigimos al planeta a una situación nunca jamás visto antes? Los escépticos, los incrédulos, los que no quieren ver la realidad, pueden ser muchos o pocos, harán poco ruido o serán muy ruidosos, pero lo que es evidente es que, a día de hoy, pocos ponen pone en duda las consecuencias sobre el cambio climático que estamos sufriendo por un mal comportamiento, y que incluso se avecinan tiempos peores.

Hemos llegado hasta aquí sencillamente porque el ser humano es el mayor devorador de recursos del planeta con la vista puesta siempre en el crecimiento económico, sin valorar las consecuencias que eso puede traer si se hace de la manera repetida en la que se viene haciendo.

Lo que es evidente es que nuestro único modelo de consumo, hasta hace poco tiempo, basado en la linealidad más absoluta de usar y tirar, y que emana principalmente de la Revolución Industrial, trajo consigo ligeros incrementos en las emisiones del principal gas de efecto invernadero a partir de mediados del siglo XIX, y hasta un siglo después, y aunque la pendiente de crecimiento era alta, no era en ningún caso la tendencia desbocada, exponencial y asintótica en la que desde entonces se dirige.

Con el análisis de los datos registrados se puede afirmar, con clara rotundidad, que más de la mitad de las emisiones totales a nivel mundial de dióxido de carbono a lo largo de toda la historia de la humanidad han ocurrido desde el año 1990, es decir, en poco más de tres décadas el ser humano ha sido capaz de influir tanto sobre el planeta que las evidencias de dicho castigo se vienen notando de una manera muy contundente desde entonces.

Lo que realmente ha provocado este incremento de emisiones ha sido principalmente la utilización de combustibles fósiles (primero el carbón, posteriormente el petróleo, y en último término el gas natural) para la generación de energía, pero también el sector empresarial que produce bienes y servicios y cuyas principales fuentes de energía han sido los recursos convencionales, el transporte donde el petróleo está monopolizando el consumo, la tala de masas forestales, etc., han sido los desencadenantes para que a día de hoy estemos en la situación en la que nos encontramos.

Las consecuencias se pueden agrupar en dos principalmente: el cambio de los patrones climáticos y las alteraciones en el equilibrio de la naturaleza. De manera particular el incremento de las temperaturas medias, el aumento de precipitaciones tormentosas y concentradas en el tiempo, el incremento de los períodos de sequía, el aumento del nivel del mar, la pérdida de biodiversidad, las alteraciones en las cosechas de productos alimenticios, mayores riesgos para la salud por la proliferación de plagas y enfermedades, así como la pobreza y los movimientos migratorios, son sólo algunos ejemplos más que evidentes del cada vez más temido cambio climático, principal amenaza para el ser humano en este siglo XXI.

Hace apenas unos días, a mediados del mes de marzo, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) dio a conocer el Informe de Síntesis de su Sexto Informe de Evaluación, y algunas de las cuestiones que en él se recogen no nos deben dejar indiferentes. La sociedad debe tomar medidas inmediatas con la idea de que progrese la mitigación y la adaptación, de lo contrario, el futuro es completamente incierto.

La tarea que nos queda es ardua, no es fácil, y sobre todo cuando en obtener el resultado esperado sobre la base de unos objetivos claros y cuantificables, dependen de tantos países, con intereses contrapuestos, con niveles de desarrollo distintos y con dirigentes tan dispares. Nos quedan todavía muchas cosas por hacer, pero lo que no nos sobra es tiempo. Debemos actuar y tenemos que hacerlo ya.

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