El reto de gestionar la naturaleza en las empresas

La naturaleza además de ser esencial para la vida, es la base de nuestras actividades. Se estima que la mitad del producto interior bruto mundial depende de ella.

Por tanto, no es de extrañar que la naturaleza, al igual que está ocurriendo con el cambio climático, se encuentre cada vez más presente entre los asuntos materiales de las empresas, incluyéndose como una de las variables a considerar en la toma de decisiones.

Y es que de igual forma que existen riesgos y oportunidades derivadas del cambio climático, también la degradación de los ecosistemas y la pérdida de biodiversidad implica unos riesgos y oportunidades que deben gestionarse.

Si consideramos la naturaleza como un capital más, de igual forma que consideramos el capital humano o el financiero, podremos evaluar en qué medida el valor de los recursos naturales y procesos que proporciona la naturaleza varía (incrementa, disminuye o se transforma) con las actividades, ya sean las actividades actuales o futuras (potenciales oportunidades de negocio), de la compañía o de su cadena de valor, y actuar en consecuencia.

Para llevar este enfoque a la práctica, es necesario determinar cuáles son las dependencias e impactos que la compañía tiene en la naturaleza, tanto a nivel global y a efectos del modelo de negocio, como a nivel local, en términos de instalaciones o infraestructuras.

En el caso de determinados sectores como la agricultura, alimentación o bebidas, identificar las dependencias de la naturaleza derivadas de la necesidad de recursos naturales puede ser bastante sencilla (tierra, agua, minerales, etc). Sin embargo, en otros sectores puede no estar tan clara. Por ello es útil entender que la naturaleza nos proporciona unos servicios, los llamados servicios ecosistémicos, que resultan del propio funcionamiento de los ecosistemas. Por un lado, nos procura materias primas, alimentos o medicamentos, y además, regula el clima a través de los bosques, poliniza y fertiliza cultivos, produce agua limpia, transforma residuos en recursos, etc, proporcionándonos salud y bienestar.

En este sentido, ya hay varias empresas que están realizando ejercicios de valoración del capital natural, evaluando en qué medida dependen de determinados servicios que proporciona la naturaleza para poder desarrollar sus actividades y cómo con sus actividades están impactando en esos u otros servicios ecosistémicos. Esto les permite una identificación y priorización de sus iniciativas de preservación y restauración de ecosistemas en términos de impacto.

Las compañías más avanzadas en sostenibilidad, además están monetizando dichas valoraciones, calculando su deuda de capital natural, como herramienta para equiparar los aspectos de la naturaleza a los de otros capitales que son más sencillos de cuantificar como el financiero y poder incluir dicha variable en la toma de decisiones de forma cuantitativa.

Aunque es cierto que aún queda mucho camino por recorrer, principalmente en materia de métricas y estandarización de los asuntos relativos a la naturaleza, el contexto actual, la creciente regulación y una cada vez mayor conciencia social,  han conseguido poner en primer plano la necesidad de acelerar la acción para evitar la degradación de la naturaleza y situar la restauración de los ecosistemas como uno de los ejes clave del desarrollo sostenible.

Esperamos poder ir viendo cómo el creciente número de empresas comprometidas y trabajando ya en estos asuntos, se traduce en los resultados que necesitamos para poder superar el gran reto de este Decenio de las Naciones Unidas sobre la Restauración de los Ecosistemas que comienza ahora en 2021.

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