Amigo Hipster...he visto cosas que tu no creerías: atacar naves de la policía en llamas más allá de O'donnell. He visto rayos P (de Policía) brillar en la oscuridad cerca de la Puerta del Sol. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia, sin embargo: ¿es tu hora de morir?
Amigo hipster biciclista: tu vida (y la mía) peligra

Hace como un mes, un jóven - da igual que fuera hipster o no- mientras bajaba en moto por la calle de Carranza- con el semáforo en verde- encontreme súbitamente con un bicilista que surgía de la calle de San Andrés. Frené para no comérmelo y tras una pirueta digna de Chuck Norris, me fuí al suelo. No fue un gran golpe y el joven, una buena persona - que poseía una envidiable y poblada barba - se deshizo en excusas, me ayudó a levantar “La Máquina” y se portó como un caballero, es más hasta nos quedamos de charla cosa, por otro lado, extraña en mí.

Hace dos dias me ocurrió algo similar. En la también madrileña calle de Cartagena, por la noche. Sin embargo, esta vez no caí. Pude esquivar al indocumentado que tras ver que nada grave ocurría - o no - forzó la marcha pedaleando ávidamente sobre su velocípedo para huir de la escena del crimen. Hete aquí que el rufián desconocía la capacidad de recuperación de mi inigualable, ágil, versátil y económica Honda 250, "Ramonciña" para los amigos, con la que hemos pasado innumerables venturas - junto a hermosos molinos - que no procede plasmar en este legajo binario.

Cuando lo acorralé, y éste si que iba sobrao, en el siguiente semáforo- otro más que se iba a saltar como el que no quiere la cosa- le metí una chapa descomunal sobre su desprecio a su vida y a la de los demás. Total, que mientras le explicaba (de forma vehemente) la importancia de una seguridad vial, mínima, el zangolotino barbudo me observaba - con ojos inexpresivos- como si yo fuera ET.

Cuando el semáforo se puso en verde mi vista tropezó con sus auriculares, color carne, perfectamente insertados en sus oídos bajo su casco. Acto seguido, alzó las cejas, levantó su mano izquierda y mientras impávido sonreía, sin prisa, alzó todos los dedos - menos el pulgar- y juntandolos de forma repetida hizo el signo de bla, bla, bla.

Sonrió como un amorcillo, se metió por una calle prohibida y desapareció.

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