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El caso de la “Cueva-Museo Antonio y Matilde”

La Ley de Bases de Régimen Local, en su árticulo 25.2, establece que entre las competencias de los municipios se establece la “(…) protección y gestión del patrimonio histórico.” De igual modo, la Llei de Patrimoni Cultural Valencià (Ley de Patrimonio Cultural Valenciano) deja claro en su artículo 4.2 que “las entidades locales están obligadas a proteger y dar a conocer los valores del patrimonio cultural existente en su respectivo ámbito territorial.” Y especialmente “adoptar las medidas cautelares necesarias para evitar el deterioro, pérdida o destrucción de los bienes del patrimonio cultural.”

Es arisco comenzar un artículo transcribiendo artículos de textos jurídicos, pero creo que es la mejor forma de recalcar las obligaciones de la administración local en materia de protección del patrimonio cultural: garantizar su protección. Ni más ni menos.

En Crevillent, localidad del sur de la provincia de Alicante, muy cercana a Elche, también deberían regir las señaladas disposiciones legales para que la administración local de este municipio se ocupara efectivamente de aplicar sus competencias en materia de patrimonio cultural. Sin embargo, de lo dispuesto legalmente a la realidad existente, en ocasiones –quizás demasiadas- media un abismo. Esta referencia a Crevillent me permite hablar de cómo la dejadez la administración en  relación con la protección del patrimonio acaba teniendo efectos muy negativos sobre la vida de los barrios y las ciudades.diarioresponsable.com

Son típicas de esta ciudad unas viviendas de características peculiares, casas excavadas en la roca que todavía hoy, en algunos casos, siguen  habitadas. Estas cuevas –“coves” en valenciano- o “viviendas trogloditas” son un tipo de construcción que comenzó a extenderse en Crevillent durante el siglo XVIII, como consecuencia del contexto social y demográfico, construyéndose en las laderas de los barrancos, creando un paisaje peculiar y pintoresco. Del mismo modo, también forma parte del acervo cultural de esta tierra el trabajo en esparto, presente ya desde tiempos de presencia árabe, a partir del cual floreció una potente industria alfombrera, que casi hasta la actualidad ha marcado la estructura productiva y económica de Crevillent.

Ahora que ya hemos identificado dos de los elementos más característicos y que representan la identidad cultural y antropológica de Crevillent, imaginemos que podamos aunarlos en un único pack para recuperar parte de la historia, de la tradición y de la cultura de todo un pueblo,  que podamos crear una marca –o como está de moda denominarlo un brand- dotándolo con un buen plan de comunicación y márketing para darlo a conocer y, por último, podamos darle vida dotándolo de contenido pedagógico, didáctico, práctico, construyendo un producto vendible en el que podamos encuadrar dentro del turismo experiencial, ofreciendo tanto al visitante como al lugareño, un espacio donde aprender sobre un modo de vida ya desparecido y en un tipo de hábitat que, de no poner solución, pronto desaparecerá.

Pues bien, ese espacio existe. Una pequeña cueva repleta de objetos de artesanía. Cientos, quizás miles, de artilugios creados a mano durante décadas, de forma artesana por gentes expertas, que han dejado un legado inigualable e inimaginable que nos ofrecen informaciones precisas sobre el modo de vida de las personas que nos precedieron: cestas, juguetes, capazos, sarnachos, alpargatas… objetos todos ellos que se manufacturaban para venderse y poder asegurar la subsistencia de las gente que se dedicaba a ello. Y si se vendían era porque había demanda. Si había demanda era porque eran objetos que iban a ser usados, considerados útiles y valorados, y, por tanto, nos pueden ofrecer gran información sobre tiempos pasados.

diarioresponsable.com Si a esta ingente cantidad de elementos artesanales e incluso etnográficos le añadimos, como hemos señalado anteriormente, un complemento experiencial para los visitantes, tendríamos un potencial producto turístico de calidad. Por ejemplo, imaginemos que a los visitantes se les ofreciesen talleres para confeccionar su propia pieza de esparto y, que además de la visita, el visitante se llevase a casa un objeto fabricado por él mismo, con sus propias manos al modo tradicional.

Con ello, se podría conseguir volver a dar un uso a un bien inmueble, y el uso es la mejor manera de asegurar la supervivencia de un espacio, y, junto a ello, se podría revitalizar el barrio en el que se encuentra. Un barrio que a día de hoy carece, prácticamente, de vida, sin comercios, habitado mayoritariamente por personas muy mayores, pero que sin embargo guarda en sus calles y en sus casas, y sus cuevas, una decadente belleza digna apreciar.

Si, como decíamos al principio, la administración local se hubiese tomado en serio sus obligaciones legales con relación a la protección del patrimonio cultural, posiblemente hoy existiría en Crevillent un bonito centro de interpretación, o una bella casa-cueva museo, al estilo de los existentes en Guadix o el Sacromonte granadino.  O quizás, por qué no, todo un bonito barrio restaurado, utilizado y lleno de vida, gracias a las visitas de turistas y viajeros, que, además, supondrían un empuje para la actividad económica del barrio y, por extensión del municipio. Existen programas de subvenciones y programastanto a nivel autonómico como estatal y, especialmente, europeo –como los fondos FEDER-, para poder llevar a la práctica proyectos de esta índole. Y no es una idea descabellada, teniendo en cuenta la proximidad de ciudades como Elche y Alicante, con gran afluencia de visitantes, o la zona costera, sólo a 25 km de distancia. 

A pesar de ello, esta cueva, con todos sus tesoros malvive, abriendo sus puertas los dueños de la misma, descendientes de aquellas personas que nos dejaron en sus trabajos una buena muestra de cultura y tradición popular, a toda aquella persona que solicita verla. Pero –avisan- que ello no podrá durar mucho si no reciben ayuda. Solamente con voluntad y con un buen proyecto de musealización y de interpretación, se habría ganado mucho: conocer nuestro pasado y nuestra cultura, haciendo de ello una herramienta más para dinamizar la economía de una localidad y una sociedad que, tras el proceso de desindustrialización sufrido en los últimos veinte años, deben ser capaz de reiventarse para sobrevivir. Y un uso inteligente de su patrimonio puede ser el inicio de ese proceso.

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