“¿Quién está dispuesto a desplazarse, a desaforarse, a descentrarse, a descubrirse?” – Julio Cortázar
A veces me pregunto si cuando hablamos de RSE hablamos en glíglico, ese lenguaje musical, exclusivo, compartido por los enamorados, en el que son capaces de crear su propio mundo.
Tal vez quienes nos enamoramos de la sostenibilidad y la responsabilidad social y empresarial, acabemos manejando un dialecto especial y un tanto alocado, que nos aleje del resto del mundo y, paradójicamente, nos haga estar mucho más en contacto con él. O quizás sea esa hermosa locura la más valiosa de las virtudes para conseguir el cambio que deseamos.
Como Cortázar, me cuestiono quién está dispuesta/o a desplazaRSE, a salir de su zona de confort, a dejar de hacer las cosas como siempre, a adquirir otros puntos de vista, a innovar, a transformar, a caminar al lugar donde se encuentra la responsabilidad y la justicia social.
Me pregunto quién apuesta por desaforaRSE, por buscar distintas opciones a las ya establecidas, por desmarcarse del camino fijado, por romper con la tradición y las viejas normativas que no se ajustan a la realidad.
Me pregunto quién cree en descentraRSE, en liberarse de lo que considera su único centro, en perder su silla, en ir más allá, en crear otro tipo de redes, en abandonar el singular para abordar las cuestiones desde el equipo.
Quién está dispuesta/o a descubriRSE, a conocerse, a saber lo que desea, lo que necesita, las razones por las que trabaja, sus valores, sus estrategias y motivaciones.
De un tiempo a esta parte es común encontrar en las páginas web de las entidades su Misión, Visión y Valores. Ahora bien, ¿son esas verdaderamente sus señas de identidad? ¿En qué medida tanto el personal técnico como las personas propietarias de las compañías se identifican con la idiosincrasia corporativa? ¿Realmente estos distintivos se encuentran integrados de manera trasversal en todos los departamentos de la empresa?
Hay ocasiones en las que, ante la falta de aceptación de la realidad, los órganos de gobierno miran a otro lado, acogiéndose al adagio: “como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos”. Cerrar los ojos, mirar hacia otro lado, imaginar lo que quisieran que hubiese sido… Estrategias todas ellas que acaban envolviendo con el lazo del marketing algún que otro pescado podrido…
Seamos conscientes de que la responsabilidad ha de hacerse por ética, no por estética; por valores, no por intereses; por convicción, no por conveniencia; por justicia, no por justificaciones. Seamos responsables como forma, no como meta, arriesgando y asumiendo la responsabilidad social “como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos”.
Gloria González