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Cada día te levantas, bajas los pies al suelo y el frío te hiela la sangre. No te puedes permitir levantarlos para esconderlos bajo las mantas, otro día te afrenta y tu no puedes fallar. 

 

Tu marido en el paro desde hace ya..., no me acuerdo. Se fundió en el sillón a los tres meses de estar parado y nunca más supimos de él. Arranca un día más para acudir a la puerta de esa empresa que, escondiendo a los que nos quieren dar lecciones de cómo tenemos que ser y hacer, nos rechaza o acepta cada día. En una imagen en blanco y negro te dicen: hoy entras tres horas, hoy no trabajas pero no te separes del teléfono por si cambio de opinión. Servilismo, dependencia, ingratitud, menosprecio,... somos muchos los tratados así, y sabemos que eso es consuelo de tontos.

Con el día sobre tu espalda te vas al hospital donde tu hija, con una depresión, se encuentra en tratamiento sin ver colores ni espacio a su alrededor. Y mientras vas de camino al hospital te preparas la intervención en la asamblea del barrio. Hoy tengo que ser capaz de transmitir a mis vecinos la necesidad de reaccionar.

Creo que no puedo más pero no es así, puedo hoy y mañana también, pero... ¿hasta cuándo?

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Has llegado al aula antes de la hora, como tantos días. Te encuentras con tus tres alumnos, llevan ya un rato en el aula pegados a la estufa recuperando el calor que durante la noche perdieron en sus oscuras casas donde la electricidad, esa que enriquece a corruptos y ladrones, desapareció hace ya tiempo. Sacas de tu bolsa leche y galletas para compartir.

Cada día desayuno con ellos antes de que lleguen sus compañeros pero... ¿hasta cuándo? ¿hasta dónde?

Los que mandan de la escuela pública viven hoy lejos de sus alumnos, de las realidades de la calle, de las necesidades, de los profesores comprometidos, de la humanidad. ¿Cómo aprender historia o matemáticas con el estómago vacío, el frío en los huesos y la tristeza en los ojos? Difícil... ¿no crees?

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“Bueno, no será para tanto, yo no vivo eso. No voy a decir que mientas pero no es lo normal. Mantengo mi trabajo, y sí, me han bajado el sueldo pero porque todos debemos colaborar para salir de la crisis. Admito que los recortes no me gustan, pero son necesarios, nos los imponen los mercados. He vivido épocas mejores pero yo me esforcé y por eso hoy tengo trabajo. Por la noche, aunque cuando llego los niños ya duermen, se que mi familia está bien.

¿Por qué me miras así? ¿Qué quieres que haga, que pierda mi trabajo por reclamar justicia para todos? ¡Ellos sabrán qué hicieron cuando yo trabajaba y trabajaba!”
 
Montañas de noticias alborotan en su cabeza hasta que la saciedad le tapa los oídos y solo ve delante de sus ojos un suceder de imágenes. Sólo quiere que a su familia no le llegue, ellos no se lo merecen.
 
Muchas personas sufren esta triste discapacidad social transitoria quedándose inmóviles e inhibidos ante vejaciones y miserias. Sólo el miedo, el terror a que yo sea el próximo explica, que no excusa, este comportamiento. No se dan cuenta que nosotros, todos nosotros, somos super-héroes y que podemos decir:
 
HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO!!!
 
Luchamos día y noche, nos aguantamos los unos en los otros, sobrevivimos compartiendo las alegrías y lo que tenemos, nos levantamos tras cada caída y lo hacemos aunque las rodillas nos sangren y las heridas nos dificulten el siguiente paso. El poder es nuestro, el mundo es nuestro, el verdadero valor está en nuestras vidas. Somos nosotros los que podemos o no dar valor a ficciones como el mercado, las deudas de mi país, la fortaleza de la moneda, la confianza en la prima de riesgo, o justificar la necesidad de privar de comida a mi vecino o hermano desde nuestra responsabilidad con los pobres bancos. Bancos que recibiendo nuestros rescates porque iban a quebrar, sacan beneficios que distribuyen entre sus accionistas.
 
NADIE TIENE PODER SI NO SE LO DAMOS.
 
O lo que nos lleva a lo mismo
 
PODEMOS EMPODERARNOS CADA UNO DE NOSOTROS PORQUE SOMOS FUERTES, CAPACES Y NOS HEMOS LEVANTADO SOBRE AUTÉNTICOS VALORES.
 
NITTÚA
Raúl Contreras
Núria González
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Opinión

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