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Esta crisis, como circunstancia extrema que es, está sacando lo mejor y peor de nosotros. En momentos complicados es donde la verdadera naturaleza de las personas sale a relucir. 

También la de las empresas. Porque con la crisis como excusa universal, se amparan comportamientos irresponsables -no solo de empresas, sino de todo tipo de instituciones y organizaciones, incluidas ONG y administraciones públicas- sin el afamado 'riesgo reputacional', que yo personalmente empiezo a dudar que exista.

 

Por eso creo que ha llegado el momento de volver a las bases de la RSE, porque de otro modo, estamos condenando entre todos a este aglutinador de buenas intenciones a una muerte por suicidio.  La RSE tiene la oportunidad de bajarse del tren de reputación, medición y reporting y volver a lo que debió ser siempre: que la empresa entienda que es un motor de cambio, que quiera o no quiera tiene impacto ambiental, social y económico, que su supervivencia en el tiempo depende de la supervivencia del medioambiente, de las personas, del bienestar social...en definitiva, que tome las riendas de su futuro y asuma con honestidad y transparencia la responsabilidad de sus actividades y de sus acciones.

Para renacer, hay que morir previamente. En eso estamos avanzando con paso firme. Ahora mismo la RSE está tomando caminos que dinamitan su propio futuro. El primero, el de la reputación como argumento. Bajo el discurso de 'es la manera de que las empresas empiecen en RSE' o 'mejor que lo hagan por reputación a que no hagan nada' estamos perpetuando los comportamientos que la RSE debe derribar. Damos por hecho que explicarle a un directivo o empresario cual es el impacto de su empresa no sirve para nada, porque es una persona despiadada e insensible. Por eso intentamos convencerle por la vía de la reputación: "si haces acciones de RSE, fortalecerás tu marca, venderás más y podrás seguir siendo despiadado e insensible con más dinero". La reputación nos da la percepción que los demás tienen de nosotros y eso depende mucho de lo que mostremos. Por eso al final, si la finalidad es la reputación, el énfasis se pondrá en mostrar u ocultar, no en hacer. Aunque para mostrar debes hacer, eso está claro, las acciones se elegirán por su potencial impacto comunicativo, no por su potencial impacto social.

La vía del reporting es igual de contraproducente. Lanzamos el mensaje de que hay que destinar recursos a 'competir' en RSE, lo que es una contradicción en sí misma ¿Por qué es bueno que las empresas compitan en indicadores ambientales o  sociales? Con este tipo de impulsos no promovemos la colaboración entre empresas competidoras, que sí es RSE. Además se incentiva poner el foco en el indicador y no en la acción en sí. Si no impulsamos la colaboración entre empresas ¿Dónde queda entonces la Responsabilidad Social de un sector? ¿y la Responsabilidad del tejido empresarial de una región?

Esto nos lleva a la tercera vía de suicidio que la RSE está con entusiasmo abrazando. La de la medición. Dice el dicho que lo que es medible no es opinable. Pues bien, la Responsabilidad de una empresa sí es opinable. Porque tiene un contexto, porque no hay una respuesta universal y porque ante conflictos de interés de nuestro stakehoders la solución puede ser la menos mala y que no guste a nadie. Si intentamos convencer a un empresario de que haga RSE por el impacto en la cuenta de resultados, estamos convirtiendo el medio en un fin. Se medirá la consecución del objetivo medible marcado y se olvidará el porqué del objetivo. Y así es como tenemos bancos españoles que mientras desahucian a familias, financian proyectos de emprendimientos social: están cumpliendo con su plan de RSE. O empresas españolas que financian una incubadora de empresas en Bogotá, incrementan beneficios al mismo tiempo, pero no dejan de hacer un ERE salvaje sin explorar otras alternativas: están cumpliendo con su plan de RSE.

 La clave está en distinguir las utilidades de la RSE de su finalidad. Es lícito que los comportamientos responsables se comuniquen, y si ayudan a la reputación mejor. Es bueno, si se puede, marcarse objetivos de RSE y medir su evolución. Pero eso son utilidades, ‘efectos secundarios deseados’, no podemos hacerlos fines a conseguir. Yo como profesional de la RSE, asumo mi parte de responsabilidad en esto, y es que yo también pasé por esos discursos, creía realmente que era mejor que las empresas hagan poco, o mucho por lo motivos erróneos, a que no hagan nada. Pero ahora veo que así solo conseguimos alimentar ese círculo vicioso y nunca saldremos de él. Nos toca a los que creemos en la 'RSE auténtica' asumir riesgos y defender el modelo que queremos que perdure y no conformarnos con menos ¿Imposible? Solo si no lo intentamos.

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