Si uno da una vuelta por la hemeroteca de la prensa económica internacional encontrará un buen número de situaciones de crisis empresariales cuya mala gestión les dañó seriamente su reputación. Compañías que tuvieron incidentes graves en materia de seguridad alimentaria, o emisiones incontroladas de productos altamente contaminantes, malas prácticas contables, sobornos, explotación infantil… cualquiera de nosotros podría nombrar, al menos, un ejemplo.
No cabe duda que cualquier empresa que se precie debería realizarse chequeos periódicos, con la finalidad de analizar, diagnosticar y prevenir los posibles riesgos empresariales asociados a su actividad, sector o contexto. Pero evidentemente, existirán riesgos que no es posible prevenir, esos riesgos irreducibles, o reducibles, son los que pueden ocasionar las crisis más perjudiciales para la reputación de la empresa; y del talento para gestionarlas va a depender el que salgan a flote y eviten hundirse...
Para minimizar las consecuencias de las crisis lo mejor es prevenirlas, preparar un enorme flotador que les permita salir airosos. Y ¿qué pueden hacer las organizaciones? Lo primero es introducir en sus procesos de planeamiento, ejecución y control de su gestión, mecanismos que les permitan prevenir, intuir y anticipar amenazas y vulnerabilidades que puedan desembocar en crisis. Es mucho más provechoso, y más económico, para una empresa realizar una eficaz gestión de riesgos para reducir la probabilidad de tener que recurrir a una gestión de crisis no prevista.
Con una correcta planificación de crisis las empresas podrán responder rápidamente y de manera controlada e incluso aprovechar las crisis para reforzar su reputación.
La planificación deberá incluir planes contingentes y planes de comunicación. En los planes contingentes especificaremos cada una de las acciones a realizar y la forma de desarrollarlas para neutralizar eficazmente las crisis más probables según la actividad, sector y contexto de la empresa. Con el plan de comunicación daremos una respuesta de comunicación inmediata, evitando el silencio que suele ser traducido por culpabilidad o inactividad; en una crisis grave, por norma, suele ser interpretado como una huida y la reputación de la empresa puede resultar fuertemente dañada.
Lo que es evidente es que el secreto, la simulación, la opacidad o la falta de transparencia no son las mejores fórmulas para gestionar las crisis empresariales, y parece que todavía muchas empresas no saben reaccionar ante las crisis.