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Desde hace tiempo somos muchos los que nos preguntamos si la Responsabilidad social Corporativa (RSC) tiene la fuerza y el vigor suficiente para ir marcando una hoja de ruta alternativa al modelo económico imperante. Y esta inquietud se ha ido acrecentando a medida que la fuerza de los acontecimientos económicos en España ha ido ahondando la brecha social provocada por el divorcio entre lo macro y lo micro, entre las políticas públicas y las aspiraciones de los ciudadanos, entre los intereses de la mayoría y los de ciertos grupos de interés.

Más allá de definiciones y de su justificación voluntaria u obligatoria, el desarrollo sostenible es la auténtica razón de ser de la RSE. La RSE surgió como un nuevo paradigma económico, ético y vital, donde todos, y no sólo las empresas, estamos implicados. Una suerte de destrucción creativa que requiere de cambios tecnológicos y de nuevos modelos productivos pero también de innovación institucional y educación para el cambio.

De ahí que el Business case de la RSE y el moral case sean compatibles y necesarios, sencillamente porque estamos hablando de niveles distintos de la responsabilidad social y de incentivos para aclimatarnos al nuevo modelo. Desde un punto de vista estratégico, la sostenibilidad que queremos conseguir es un bien público, y los bienes públicos necesitan de esfuerzos cooperativos  a todos los niveles, incluido el ineludible compromiso personal.

Es aquí precisamente donde han surgido las mayores reticencias empresariales a la RSE y donde se está fallando. La libertad de empresa se esgrime entre bambalinas como dogma negador de las bondades de la RSE, aunque éstas sean tan persuasivas como la reducción de costes, tan empáticas como el compromiso de los trabajadores, o tan atractivas como la fidelización de los clientes. La libertad de empresa como motor de modelos de gestión empresarial autónomos y excluyentes de la competencia.

Es por esto que la responsabilidad social no se haya identificado con la gestión de los bienes públicos, y la gestión de riesgos a nivel macroeconómico, o se haya hecho de forma a todas luces insuficiente. La responsabilidad social ha de identificarse prioritariamente con la gestión de los riegos a nivel macro y micro y una promoción decidida de la coherencia de políticas a través de la evaluación de costes. La transparencia sin duda facilitará la construcción de puentes entre ambos niveles.

Es necesaria una estrategia coordinada a nivel macro que sepa identificar prioridades complementarias de actuación. Sin embargo, la penetración del discurso de la RSC en políticas públicas vitales para la recuperación económica ha sido nula. No es una cuestión de recursos económicos y humanos, sino de contraste entre lo proclamado como necesario y los medios disponibles para alcanzarlo.

A nivel micro, la RSC en las grandes empresas se ha quedado atascada en el gobierno corporativo. Y no se aprecia una especial conciencia a favor del desarrollo sostenible por parte de ninguna gran organización empresarial; basta con leer los informes o estudios de estas entidades o las declaraciones de sus líderes o presidentes. Y ello en gran parte por desconocimiento de su utilidad.

La RSC necesita de perfecta capilaridad para avanzar. Las pymes aparecen capturadas en muchas ocasiones por medidas legislativas que tienen un desigual impacto en las grandes, medianas y pequeñas empresas. Cuando hablemos de incentivos para la RSE y de un nuevo marco institucional hay que tener todo esto en cuenta.

La RSE no crecerá sólo movida por un efecto top-down sino también bottom-up. La RSE ha de fluir por todos los poros de la sociedad. Y ahora es el momento.

No hay que huir de los fallos de la RSC sorteándola o desviando la atención a través de la promoción de la innovación o de los emprendimientos. Una y otros son necesarios pero forman también parte de la RSC, junto con el buen gobierno corporativo, las políticas laborales o la integración de los Derechos Humanos en la cadena de valor.  No son sustitutivos ni hay que renunciar a unos a favor de otros más amables, menos arriesgados o másrentables en la cuenta de resultados.

Pero no pasemos página. No matemos a la RSE antes de que nazca.

Helena Ancos

@helenaancos

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