Me refugio en Seneca ("El galardón de las buenas obras es haberlas hecho. No hay, fuera de ellas, otro premio digno") y una vez más recuerdo a Lucio Quincio Cincinato, aquel ejemplar cónsul romano del que dice la tradición que, por encargo del Senado, en el 458 a.C. derroto a los ecuos que habían sitiado y acosaban al ejército del cónsul Minucio en el monte Álgido. Cumplida su tarea, Cincinato abandono la magistratura a los 16 días, volviendo a sus labores agricolas y renunciando a honores y recompensas. Es decir, cumplió con su deber e hizo aquello a lo que se había comprometido.
Cuento esto porque el desasosiego se apodera de mi cuando leo unas recientes declaraciones de Christine Lagarde, directora del FMI: "Continuamos proyectando una recuperación gradual, pero el crecimiento global probablemente sea algo más débil de lo que habíamos anticipado incluso en julio (2012), y nuestras proyecciones han tendido a la baja en los últimos doce meses." Como la señora Lagarde, que es inteligente, ya se ha dado cuenta de la tremenda utilidad practica que tiene la verdad (sobre todo para salvar los muebles y el cargo), señala con el dedo a los responsables del retraso, y no se esconde al decir que el mayor factor que pesa sobre economía mundial es la incertidumbre de los inversores sobre sí en las economías avanzadas las autoridades cumplirán sus promesas.
La gran preocupación de los ciudadanos, que en estos tiempos parecemos -cada vez mas- subditos sin derechos, no es porque nos retrasemos en la ansiada recuperación, anunciada desde hace ya tanto tiempo que, como nunca acaba de concretarse, siempre parece lejana y, para algunos, imposible. La cuestion es que nuestras elites siguen ocupadas solo en sus intereses y nuestros dirigentes instalados en el cortoplacismo sin capacidad para enhebrar soluciones válidas que nos ayuden a progresar y crear empleo; y, por sí fuera poco, la cabeza visible de un organismo internacional tan importante como el Fondo Monetario, que forma parte de la "troika" que controla y acogota a los países con dificultades económicas, parece no saber sí los políticos -ella también lo es y esta en el núcleo duro de las decisiones- podrán atender sus compromisos, que son públicos, en ocasiones han servido de soporte para ganar elecciones, se cumplieran o no, y siempre se han anunciado a bombo y platillo como sí nos vendieran el bálsamo de Fierabras que todo lo cura. Y los ciudadanos, a comprarlo; queramos o no, lo necesitemos o tampoco, conscientes de que la medicina que nos recetan nuestros dirigentes no sirve ni como placebo. Y la gente sufre innecesariamente: muchas empresas y multitud de personas y familias de forma muy especial.
Desafortunadamente, muchas entidades financieras, que son parte importante del problema, parecen seguir envanecidas (las empresas y sus dirigentes) de su tamaño y rentabilidad, olvidando que un sistema financiero debería ser siempre un instrumento para conseguir objetivos concretos, y nunca un fin en sí mismo. Seria muy conveniente, que los beneficios de un sector, el financiero precisamente, sobredimensionado y sin el adecuado control no se obtengan a costa de la prosperidad, el desarrollo y la eficiencia del resto de la economía. Tenemos que ser capaces de democratizar las instituciones globales, regularlas en su funcionamiento y, al propio tiempo, preocuparnos por las condiciones de vida de las personas. Es verdad que a esta crisis, como a todas las que el mundo ha padecido, solo la sobrevivíran los que más formados/preparados estén o mejor se adapten. Pero hay que olvidarse del pasado y tomar con decisión una ruta diferente. La crisis exige, por tanto, transformación: variar conductas, olvidar viejos paradigmas y desterrar comportamientos, sobre todo comportamientos inertes e interesados que nos atan al pasado y nos arrastran al agotamiento y a la destrucción. Es momento de ayudar, de comprometerse solidariamente y de exigir responsabilidades a los que nos engatusaron y prometieron llevarnos a la tierra prometida, y también a los que se titulaban guias y con ignorante incompetencia nos perdieron o nos abandonaron por el camino.
Para solucionar los problemas que nos acosan no vale esconderse y/o reunirse en los despachos alfombrados con ventanas a prueba de ruidos, esten en Bruselas, en Frankfurt o vaya usted a saber donde. Para buscar soluciones a este maremagnum economico, los políticos y los grandes dirigentes economicos, que intercambian sus papeles con demasiada frecuencia, se han olvidado de las demandas ciudadanas y han seguido instalados en una pretendida sabiduria que solo es fruto de una soberbia estupida. Es absolutamente necesario que los mandamases y los representantes de las instituciones abran las ventanas de sus despachos para escuchar a las gentes y conocer lo que sienten/sufren/padecen. Los que nos gobiernan se han olvidado de que el paso decisivo de la libertad natural a la libertad civil (hacer lo que libremente queremos cumpliendo la ley) pasa por una convención que nos legítima como ciudadanos y que, hace ahora doscientos cincuenta años, Rousseau definió como el contrato social: "Cada uno, uniendose a todos, solo se obedece, sin embargo, a sí mismo y sigue siendo tan libre como antes." Ese mensaje, por universal, sigue siendo el futuro.