Han pasado ya varios días desde que me encontré el artículo escrito para el diario El País, de la extraordinaria Adela Cortina. Sus palabras siempre me han conmovido por la honestidad que encuentro en ellas. Es la sirena de la filosofía, y su pluma encantadora termina por convencerme de que siempre es posible ejercer el derecho a un mundo mejor.
Bajo el título ¿El fracaso de la educación? la autora hace alusión a una tangible desmotivación moral y se cuestiona en torno a la posibilidad de intervenir el cerebro como opción para “mejorar moralmente la especie humana”. Debo agradecerle esas letras que han inspirado las mías.
Con sincero respeto, quiero expresar que reniego de los mundos felices, el “hombre nuevo” que se ha visualizado en diferentes épocas y que, la impecabilidad moral me hace temblar: colapsa todo lo que entiendo sobre esta especie, la desnaturaliza. Comprendo que frente a esta última palabra más de uno sufrirá un espasmo discrepante e intentaré aliviarlo.
Determinismos aparte, creo profundamente en los múltiples discursos que cruzan la existencia de una persona. Por alguna razón nos hemos hecho hábiles en el arte de negar constantemente esas otras caras que nos conforman. No hemos sabido abrazar y mucho menos integrar lo más indeseable de cada uno. Criticamos y, llenos de autoridad, emitimos juicios cuando nos acorralan ejemplos terroríficos de lo que, se admita o no, visto en la carne del prójimo reconocemos en nosotros mismos.
Avergüenza enormemente que llamen humanos a quienes contaminan, roban, matan, trafican, especulan y, en general, mutilan descaradamente el bienestar y la dignidad humana. Sin embargo, quizá nunca como en este presente convulso, sin referentes, caótico y raptado por el cinismo y la locura, mis posturas frente a la vida y el “otro” se han aclarado tanto. ¿Ocurrirá lo mismo con otros congéneres? ¿Es el dolor y la propia destrucción medicina contra la ancestral cojera ética de los humanos?
No me atrevo a responder pero sí sé con certeza que me resulta tan inútil como peligrosa la búsqueda miope de virtuosismo y perfección. Echo de menos las miradas más humildes que ayuden a entendernos como seres limitados y egoístas pero capaces de reinventarse.
Y ¿qué nos queda entonces? Me cobijo bajo las palabras de Cortina: “[...] la paciente formación voluntaria del carácter de las personas, de las instituciones y de los pueblos”. Es decir, si interpreto correctamente, apostar por la educación. Pero...¿qué educación? ¿La de los discursos unilaterales que entrenan para callar y adaptarse? ¿La que fabrica adoctrinados? ¿La que evita y asfixia el pensamiento? ¿Aquella que reproduce sociedades y justifica desigualdades? Siendo así tiene sentido el título del artículo citado.
Preguntaría por qué esa “educación” sigue preparando a nuevas conciencias para un mundo que no existe, si se necesitan soldados en esta guerra contra la miseria humana armados con lucidez, fe y el valor de soñar pero también la conciencia y determinación para dar pasos más arriesgados que construyan futuros diferentes.
En fin, que ¡no seamos buenos por favor! Aspiremos a ser menos malos fijando los límites permisibles para nuestra supervivencia. Transitemos por un camino medio que no exija renunciar a la verdad sino resignificarla. Confío en que la grandeza del ser humano sigue reposando en su capacidad de elegir.
Nada nunca está del todo escrito en el haber de la humanidad, así pues sigamos escribiendo esas páginas aunque para ello sea preciso corregir lo andado.