La ONU declaró el 25 de Noviembre de 1999 como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia de Género.
Me parece importante que existan estos días y sueño con que algún día dejen de existir.
Para dejar de existir deberíamos hablar de las distintas formas que tiene la violencia.
Me parece un buen enlace el siguiente: http://en.wikipedia.org/wiki/Violence básicamente por las referencias bibliográficas que le acompañan.
Cuando hablamos de violencia de género, recurrimos a visualizar imágenes de agresiones físicas o psicológicas en un entorno doméstico –seguramente, por la influencia de distintas campañas- . Y, a menudo, nos olvidamos de las diferentes formas de violencia que algunas mujeres (hablaré de la violencia que atañe a mi género, que es el que conozco en primera persona) todavía soportamos en el mundo profesional. Y me refiero al abuso continuado de aquellos factores femeninos que las mujeres incorporamos a la operatividad de las organizaciones y que, a menudo, son menospreciados o ignorados para ver cómo, con el paso de los años, adoptan una significancia irrenunciable.
Las mujeres, a menudo, recurrimos a difundir conocimiento y sabiduría sin ponerle un nombre a aquello que inventamos. Véase un ejemplo de la diferencia cuando todos los descubrimientos físicos, médicos o farmacéuticos que son bautizados con los apellidos del hombre que tuvo la oportunidad de patentar el recurso. Por norma general, el estilo de las mujeres no se ve exclusivamente limitado a aspectos técnicos, matemáticos, racionales y normativos fijados de antemano por otros hombres. Normalmente incluye aspectos filosóficos, espirituales, humanos, con herramientas útiles, prácticas y operativas. Pero no le ponemos nombre. No nos “apropiamos” del conocimiento. Entendemos que debe ser libre.
Y hasta que no se entienda esto, no se eliminará cualquier tipo de violencia en las organizaciones. Feminizar una organización significa abandonar cualquier tipo de violencia.
Adoptar una postura respetuosa y generosa. Con todas las personas.
Si actuara como un hombre, recordaría con insistencia lo generosa que fui cuando, hace años en una cena que ofrecí, salió de mi boca que sin Amor no era posible la Responsabilidad Social en cualquier tipo de organización, y que, ahora, algunos lo adoptan como propio y exclusivo. Casi como su marca personal. Y cuando escribí de integrar la responsabilidad en el ADN de las empresas sin haberlo leído antes o el día que hablé de R-Evolución y en pocas horas empecé a verlo extendido por la red coincidiendo con el 15M.
Las mujeres somos así, no le ponemos marca a nada. Entendemos que todo es de tod@s. Somos generosas y respetuosas. En nuestra naturaleza está vivir en un mundo “Happy Flowers”. El conflicto viene cuando nos sentimos agredidas violentamente y nos vemos obligadas a actuar de una forma antinatural en nosotras mismas. Nos convertimos en seres andróginos, obligadas por las circunstancias. Y nos convertimos en hostiles con nosotras mismas. O cuando agreden –es decir, actúan sin Amor- a lo que más queremos.
Por eso cada vez que escucho a un hombre hablar de que las mujeres no podemos trabajar juntas, me rebelo. Son ellos los que nos lo hacen creer. Nuestro estilo cooperativo, colaborativo, práctico, modesto y humilde es lo único que salvará a las organizaciones de la crisis en particular, y a la especie humana, en general.
Debemos ser nosotras mismas las que acabemos con la violencia. Esa es nuestra responsabilidad individual. Y yo, utilizaré todas las herramientas que tenga en mis manos para ello. Si hace falta, construiré casas de LEGO (sin recurrir al EGO, como sugiere mi amiga Mireia ;))