Mi amigo Antonio, que sin saberlo se hizo sabio desde que era joven, decía con evidente sorna, en contra de lo que afirma la sabiduría popular, que el saber si ocupa lugar porque, lo que no ocupa sitio alguno, es el no saber, el no tener idea de nada. Y algo de verdad hay en esa afirmación tan rotunda y tan feliz. Los que no estudian y no quieren conocer, los que no aprenden o se creen mas listos que nadie, o los que se olvidan de la historia, la falsean o la desprecian, tarde o temprano se condenan a si mismos sin remedio.
Lo malo es que si los que no se forman y pierden a propósito la memoria o engañan son los dirigentes, al final –y como siempre- pagan las consecuencias los pueblos, los ciudadanos de buena fe que confiaron en sus lideres porque, teóricamente, ellos tenían que marcarles el camino que les llevara hacia el progreso y la búsqueda de la felicidad, como reclamaba para los españoles la constitución gaditana de 1812, cosa que no es ninguna tontería.
Cuento esto después de visitar Shanghai, una ciudad de veinte millones de habitantes que impresiona, apabulla y, al menos a mi, sorprende: en competencia directa con Nueva York y Tokio, o con Singapur, separados por el río Huangpu, en los distritos de Bung y de Puxi se alzan rascacielos por doquier, centenares de grandes edificios liderados por el impresionante Shanghai World Financial Center y sus casi quinientos metros de altura. La planificación funciona (no nos olvidemos de que China es un régimen comunista) y se han trazado calles y avenidas enormes, con amplias aceras, jardines muy cuidados y una sorprendente limpieza; los habitantes de esta megaciudad disfrutan de casi quinientos kilómetros de metro y de un puerto que es el primero del mundo por volumen de carga, además de un tren de alta velocidad y de un parque automovilístico nuevo y, en general, de media/alta gama. Para que la realidad pareciese de película, solo faltarían las naves espaciales que transportasen de un lugar a otro a los habitantes de la macro urbe que, sobre todo, presumen con razón de un poderío económico espectacular que no es nuevo: aunque se nos olvide, hasta mediados del siglo pasado, Shanghai era ya un centro de referencia en el mundo de los negocios a escala global, y todavía quedan en sus calles algunos ejemplos de aquella hermosa arquitectura urbana, preciosos edificios donde se instalaron bancos, navieras y multinacionales de la época. Llegados aquí, como, según dicen, quien tuvo retuvo, podríamos afirmar que Shanghai (donde mucho talento extranjero que ayuda al desarrollo) es el futuro, y a lo mejor lo es. Yo no estoy tan seguro, y me debato, y me aturullo y doy vueltas a dos reflexiones:
La primera es sencilla: porque alguien lo ha querido así, la apertura economica china hizo que Shanghai sea ahora, pero a lo grande, tan occidental como Madrid, Londres, Paris o Buenos Aires, y el desarrollo de la ciudad (y de China en su conjunto) ha provocado, como en muchos otros lugares del planeta, que el aumento permanente de las rentas del capital incremente las desigualdades, además de la maldita corrupción, que parece extenderse como mancha de aceite. Seguramente no hay crecimiento sin desarrollo y viceversa, pero, como dijo Kenneth Boulding, “quien crea que el crecimiento exponencial puede durar siempre en un mundo finito o es un loco o es un economista”.
Segunda reflexión, que trae causa de la anterior: si China es ya una superpotencia y podría ser el gran líder mundial (y eso parece), sus dirigentes deberían tener en cuenta que la historia casi siempre se repite y que el declive de los imperios, desde que la humanidad es tal, ocurre casi siempre por las mismas razones, algunas de ellas señaladas por Loel Zwecker y otras añadidas por mi. Como consecuencia de las notorias desigualdades, la sociedad se escinde porque los privilegiados se distancian y se alejan de los mas humildes y menos pudientes; se fomentan las actividades políticas improductivas, siempre con un alto coste; prima lo material (en la calle Nanjing de Shanghai, peatonal y llena de comercios, las joyerías estaban abarrotadas a todas horas) y el culto al dinero; las pequeñas y medianas empresas se postergan y los dirigentes mandamases se alejan de la realidad; en el siglo XXI, una moderna y poderosa razón es que lo financiero se ha convertido en un fin en si mismo y, además, han desaparecido los valores, arrullados por el facilismo (todo hay que conseguirlo aquí y ahora) y la impaciencia del capital.
Y, como decía Borges, aunque la suerte no exista, esta claro que detrás del desarrollo de China y de Shanghai, su gran estandarte, hay algo de fortuna pero mucho más de esfuerzo, horas de trabajo sin limite y, singularmente, una actitud extraordinariamente positiva, a pesar de los déficits de formación que todavía persisten. Hay muchas ganas de hacer las cosas cada vez mejor, sin perderse en discusiones bizantinas, aunque estas sean importantes o se llamen democracia, cuya llegada ni se vislumbra. De cualquier manera, a mi lo que más me sorprende de Shanghai, con más de veinte millones de habitantes, es que, cuando abres el grifo, sale agua. Eso si que es progreso.