Los medios de comunicación nos bombardean para mostrarnos como se van desmoronando los castillos de arena que como las olas en la orilla, la crisis destruye esas construcciones que se han levantado con el beneplácito del poder, de las entidades legitimadas aunque con el lenguaje de poder fáctico a veces.
Nos sentimos piezas de un dominó que ha empezado a caer y no sabemos donde nos han colocado. No podemos, no sabemos parar esta inercia que nos demolerá y no encontramos quien puede hacerlo.
Llámenme ingenua, pero no entiendo qué nos ha llevado hasta aquí, hasta esta situación cada vez más caótica y además a esa falta de esperanza de que haya quien o quienes pueden enderezar tal realidad.
Me creo el discurso de la sostenibilidad en el que se basa la responsabilidad social, ¡faltaría más!, y aunque tiene detractores imagino desde mis resquicios tal vez demasiado infantiles, que hay quien vela porque el mundo siga un curso lo más justo posible, que hay quien piensa más allá de sus propios intereses trabajando por el bien común.
Me cuesta pensar que hay quien pudiera haber sabido las consecuencias de las estrategias económicas que durante años utilizamos y aún así no hubiera hecho nada por evitarlo.
Y mucho me temo que alguien sabía que las cosas se estaban haciendo mal porque hay profesionales muy preparados y que pueden ver más allá del presente, porque 2+2 son cuatro en economía ¿verdad? ¿O tampoco esto es así?
No me vale que me digan que todos somos responsables. A la gente de a pie nos hicieron pensar que podíamos comprar pisos, coches, ir de vacaciones...con dinero que no teníamos. Algunos fuimos prudentes, otros no tanto y hubo quien se columpió en demasía.
Los curritos y curritas fuimos víctimas y estamos pagando los préstamos y las consecuencias de quien nos hizo creer que todo el monte era orégano. Nos lo vendieron muy bien.
Una sigue pensando que tal vez existan los monstruos, pero no se parecen a los de los sueños infantiles sino que son individuos que están detrás de mesas de despacho y que juegan al teatro de marionetas, moviendo hilos con un claro objetivo que se basa en acumular poder, conservar la posición que tienen desde siempre. A lo Dios.
Y si pienso que esto es así no sé si meter la cabeza bajo la almohada, llamar a mi mamá para que me diga que estoy soñando o cabrearme con el mundo.
Y parece que nos dejen jugar con la responsabilidad social controlando que no vaya más allá de lo controlable, con la democracia, los 15M y otros juguetitos para que creamos que tenemos ese poder de cambiar las cosas. ¿Ingenuos?
Lo más terrible de tal situación es que estamos a las puertas de unas elecciones y no es que no sepamos qué votar, es que los discursos son tan vacíos que la desesperación es enorme y te quedas con la cara que Truman puso cuando vió que estaba en un decorado y que su vida era un guión de telenovela.
Denme un pañuelo que esto es para llorar aunque una vez secadas las lágrimas, de rabia que no de tristeza, una se levante para seguir avanzando.
Quien descubra que el entorno es de cartón piedra que avise a los demás, como mínimo, más que nada para no seguir haciendo el ridículo, pero por si no es un escenario ¿qué tal si movemos el trasero y echamos a mediocres y charlatanes para construir algo mejor?
Y hablo de esos personajillos que están en todas partes: en nuestras mesas en Navidad, en nuestro trabajo, en nuestro consistorio, en nuestro bloque...
Y este es un trabajo de cada una y cada uno, una tarea lenta pero segura y la herramienta se llama responsabilidad social que es, al fin y al cabo, responsabilidad ciudadana y personal