Hay que volver una y otra vez a Chillida-Leku. Como volvemos a los olores de la infancia, a los besos de la persona amada, a la oscura luminosidad de la propia intimidad, a la nostalgia del futuro. Hay que volver a Chillida-Leku, donde es posible ver con las manos y tocar con los ojos. Hay que volver a ese espacio abierto, como una ermita vacía y sin paredes, donde es posible ensanchar la mirada y recoger el espíritu.
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Hay que volver una y otra vez a Chillida-Leku. Como volvemos a los olores de la infancia, a los besos de la persona amada, a la oscura luminosidad de la propia intimidad, a la nostalgia del futuro. Hay que volver a Chillida-Leku, donde es posible ver con las manos y tocar con los ojos. Hay que volver a ese espacio abierto, como una ermita vacía y sin paredes, donde es posible ensanchar la mirada y recoger el espíritu. Ese espacio donde llega un momento en el que los robles devienen esculturas y esculturas palpitan, llenas de vida. Donde el ocre del acero y la palidez impura del alabastro se funden con la turgencia del verde. En este museo –si es que podemos seguirle llamando museo- la obra es el todo y, a la vez, cada pieza crea misteriosamente su propio espacio, como cada visitante crea su propio itinerario: al fin y al cabo, lo que hace vivir a escultura es el itinerario de quien se acerca a ella respetuosamente, y se mueve a su alrededor, y penetra en ella.
Contemplamos esculturas de 20 toneladas que maravillan por su levedad, sólidamente asentadas y ligeras a la vez. Ya lo dijo Chillida: parece una contradicción terrible la lucha contra la gravedad desde el peso. Pero esta lucha es la materia de la que está hecha la vida. Nuestra vida. De ahí sus reiteradas, casi obsesivas -y a la vez singulares- ingrávidasgravitaciones. No escapamos del peso y de lo que nos pesa, pero no dejamos de aspirar a luchar contra la gravedad, una lucha que no es más que aceptarla plenamente, totalmente, más allá de ella misma. Lo duro, lo pesado, lo rígido puede transmutarse (sin dejar de serlo) en lo flexible, lo grácil, lo ligero. Chillida es un arquitecto del vacío, que nos recuerda constantemente que la arquitectura es una respuesta, y la escultura una pregunta. Creador de espacios no funcionales, ellos son la morada del espíritu. Crear un espacio es crear y aceptar un límite, y habitarlo, y no flotar en la indeterminación ("el límite es el verdadero protagonista del espacio como el presente, otro límite, es el verdadero protagonista del tiempo"). Pero un espacio no dominado por lo funcional, no modulado por la avidez de lo utilizable, sino configurado por una dialéctica entre materia y espíritu mediante la cual penetrar en la escultura es acceder al lugar donde habita el espíritu. Y entonces empezamos a aprehender algo que Chillida repite a menudo: lo profundo es el aire.
Chillida dirá: me mido a diario para ver si he crecido, no para conocer mi estatura. Desconcertantes, incómodas palabras, para unos tiempos en los que solo nos preocupamos de medir lo que producimos o lo que nos permite compararnos con los demás, y nos olvidamos de ver si hemos crecido. ¿Quién se ocupa hoy de ver, radicalmente, auténticamente, si ha crecido? Chillida se remite a menudo a una afirmación de Kierkegaard: no se trata sino de buscar el lugar desde el que hay que ver. Es difícil encontrar una aproximación más precisa a nuestro destino como humanos: adentrarse en una mirada atenta, receptiva, capaz de ver. La acción humana (algo muy diferente de la actividad y, más aún, del activismo) se nutre del proceso de encontrar y construir nuestro lugar en el mundo, el lugar desde el que hay que ver y, por lo mismo, actuar. La mirada atenta y la acción transformadora son los dos nombres de un único espacio habitado, donde mora lo humano. Por eso Chillida repite una y otra vez que prefiere el conocer al conocimiento, algo que chirría en unos tiempos en los que incluso tenemos la petulancia de calificar a la sociedad emergente como sociedad del conocimiento. Donde sobreabunda el conocimiento (y los conocimentos), ¿dónde queda el conocer? Porque conocer es, por encima de todo, indagar, pero apostando la vida en la indagación. Confrontémonos con un comentario de Chillida, indigerible para los tiempos y los hábitos que corren hoy: "se pregunta cuando no se sabe; no hay pregunta honrada cuando se sabe la respuesta". En medio del ruido de tanta pregunta que no es más que retórica, esgrima, disimulo o agresión se yergue la interpelación de Chillida: no hay pregunta honrada cuando se sabe la respuesta. ¿Podemos tolerar semejante reto y estamos dispuestos a afrontarlo? Me temo que nuestras inercias nos llevan a renunciar cada día o a preguntar o la honradez…
Llegados a este punto, no me resisto a reproducir una larga cita de Chillida, que debería repartirse a todo estudiante el día que inicia cualquier curso, y que debería leerse en voz alta en la clausura de cualquier programa de formación. Ajústense los cinturones, que ahí va: "Yo dibujaba bastante bien. Dominaba el oficio. Almacenaba dibujos en mi cuarto. Un día, mirando aquello me dije: el arte no puede ser esto, no puede ser un problema tan fácil. No sabía como resolver el dilema, aunque yo notaba que mi mano iba demasiado rápida. En cinco minutos hacía dos dibujos. Pensé que eso no era bueno y, desde luego, que no era arte. Pensé que tenía que frenar esa facilidad y se me ocurrió dibujar con la mano izquierda para que mi inteligencia y mi sensibilidad no fueran por detrás de mi mano. Quería invertir el proceso. Quise que mi mano fuera un instrumento al servicio de todo lo demás. Nunca me ha gustado la facilidad, y ésa es una norma que está en toda mi vida y que se ve en los materiales con los que trabajo, en las formas que elijo". Aprender a dibujar con la izquierda para poder ir más despacio, para esquivar la facilidad. Y, sobre todo, para que la inteligencia y la sensibilidad no vayan por detrás de la mano, sino para que la mano sea un instrumento al servicio de todo lo demás. Esamano derecha a la que no hay que renunciar pero a la que tampoco hay que someterse es la gran metáfora de nuestro tiempo, llámese tecnología, recursos naturales, mercados, gestión, liderazgo… ¿están al servicio de la inteligencia y la sensibilidad o, por el contrario, las han abducido y arrinconado en la acelerada facilidad con la se reproducen? ¿Cuál sería el nombre –personal, profesional, organizativo, social- de esa mano izquierda con la que hemos de re-aprender a dibujar si queremos actuar al servicio de la inteligencia y la sensibilidad?
Volvamos a Chillida-Leku. Buscando la luz se yergue solemne y sutil, como una invitación amable y discreta, en una especie de punto central inexistente de Chillida-Leku. Cuando desciendes hacia ella por la suave ondulación del cerro se antoja maciza, densa, sólida, consistente. Cuando te acercas a ella subiendo por la ligera pendiente no hay más que vacío y un espacio matricial que te acoge y te impulsa hacia el infinito. Un límite que es todo él apertura. Buscando la luz, una condensación de lo que es la condición humana, en la que tal vez podemos escuchar, como un eco, la voz de A. Machado: "así voy yo, borracho melancólico, / guitarrista lunático, poeta, / y pobre hombre en sueños, / siempre buscando a Dios entre la niebla".Buscando la luz: materia y vacío condensados, indisociables; ofrecidos, percibidos y recibidos como dos aproximaciones a una única realidad. Buscando la luz, otra vez la lucha contra la gravedad desde el peso como invitación a un itinerario vital.
Se trata de someterse a los límites de la materia, y de aceptarlos. Pero habitar un espacio –el propio espacio- es transformar dicho sometimiento y aceptación en apertura y disponibilidad, es flexibilizar la rigidez y la dureza del acero hasta convertirlas en un abrazo, es peinar al viento, es una perpetua indagación del horizonte. Es hacer del límite un Elogio del horizonte, una obra contenida y desbordante, que no puedes dominar ni controlar con la mirada, puesto que debes aceptar que sea ella la que te abraza y te invita no solo a contemplar el horizonte, sino a hacer de la mirada atenta un elogio de todo lo que la llena. Como Rothko, que pretendía, con las dimensiones de sus telas, que no las mirarámos desde la distancia, (que no convirtiéramos el mirar en un ejercicio de dominación) sino que entráramos en ellas: no se trata de ver la obra, sino de ver desde la obra. No hay vida humana fuera de algún límite. Pero no hay vida humana que no se arraigue en algún elogio del horizonte y se nutra de él. Y eso abarca todas las dimensiones vitales, desde lo prosaico a lo sublime y, en último término, el compromiso de la acción (ya lo dijo el propio Chillida: yo soy ciudadano del mundo, pero desde San Sebastián).
¿Prosaico? ¿Sublime? ¿Podemos seguir jugando letalmente con estas contraposiciones? Chillida nos avisa: "He leído mucho sobre la mística, la alemana, la india, pero también la oriental y la cristiana en general. He de confesarle que pienso que mi trabajo tiene mucho que ver con este pensamiento. Lo que uno experimenta dentro, puede comunicarlo hacia fuera. Es de esto de lo que se ocupa la mística: de que dominemos las fuerzas contrapuestas que nos estiran hacia arriba y hacia abajo, que les demos forma, y que al hacerlo sobrepasemos los límites, los límites del espacio y del tiempo, los límites del momento que nadie puede medir". Convertirse en servidor de esa transformación creadora es la mística; esa transmutación de la piedra, la madera y el acero sin que dejen de ser piedra, madera y acero, eso es la mística. Esa transmutación del carácter, el trabajo y las relaciones, sin que dejen de ser carácter, trabajo y relaciones, eso es la mística.
Porque al final… al final dejemos hablar al propio Chillida: "En el extremo de lo agudo el silencio. Atravesar el espacio silenciosamente. Conseguir la vibración muda".
[Coda: hace pocas semanas me golpeó la noticia de que Chillida Leku cerrará en enero, porque no es viable económicamente. Parece que ha habido algunos movimientos para intentar evitarlo. Si finalmente se confirma el cierre habremos dado un paso más hacia la barbarie].