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¿Qué revela la expresión "libertad de voto"?

 

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Josep María Lozano

 [Nota previa para los lectores que no sigan la política catalana y/o española: hace pocos meses el Parlament de Catalunya votó –y aprobó- una ley por la que se prohiben las corridas de toros en Catalunya a partir de 2012. Para esta votación, algunos partidos dieron "libertad de voto" a sus parlamentarios]

 

Si fuéramos diputados en el Parlamento hay algo que nos hubiera dejado mal sabor de boca después de la famosa votación sobre la prohibición de las carreras de toros. Y ese algo no es ni el resultado final, ni la resonancia obtenida, ni el uso mediático que algunos hicieron de ella. Lo que resulta preocupante es el tipo de razones que se ventilaron con el fin de justificar el procedimiento de la votación.

 

En primer lugar, esta reveladora expresión que nos habla de la "libertad de voto". Libertad graciosamente y excepcionalmente concedida por quien tiene el poder de hacerlo. Es lamentable constatar explícitamente y sin ambages que la situación parlamentaria habitual es no tener libertad, esperamos que sólo sea de voto. De hecho, hace pocas semanas, cuando se produjo en Madrid una situación como ésta pero en sentido contrario (un diputado del PSOE votó diferente, y por lo tanto libremente, de la mayoría de su grupo parlamentario cuando no se le había concedido el permiso de hacerlo), el jefe de filas de su grupo parlamentario comentó, al sancionarlo, que la opinión era libre, pero la lealtad era obligada. Desdichadamente, no aclaró qué tipo de lealtad y hacia quién. Queda claro, pues, que los electores de un diputado no son las personas que lo votan, sino el secretario general del partido, el de organización y las eufemistamente denominadas "comisiones de listas", que son los que deciden el orden en las listas. Lealtad... y obediencia debida a quien decide cuándo puedes hacer uso de tu libertad. No estamos propugnando un funcionamiento caótico e imprevisible de los partidos, estamos -simplemente- preguntando qué revela el hecho que, de una manera plácida y confortable, se hable en determinados casos de conceder la mencionada "libertad de voto". Piensen tan sólo cuál podría ser su antónimo.

 

Y si el término resulta revelador, pintorescas son algunas razones aducidas para justificarlo. En primer lugar, el intento de quitar hierro a la situación diciendo que no se debía politizar una cuestión que más bien respondía a razones de valores o de conciencia. ¡Por el amor de Dios! ¿Despolitizar una votación en el Parlamento? ¿Pero no se va allí a hacer política? Todo lo que ocurre allí tiene una dimensión política, ¡faltaría más!. En el fondo, cuando se habla de "despolitizar" es peor el remedio que la enfermedad, porque se asume otra vez que hacer política es algo malicioso, de vuelo gallináceo, turbio, que pringa todo lo que toca. Politizar lo que sea ya se ha convertido en sí mismo en una descalificación. Cuando alguien toma cualquier iniciativa, si sus adversarios consiguen hacer creer que está "politizada", puede estar absolutamente seguro de que tiene todas las de perder. Una cosa son los movimientos tácticos y manipuladores que se puedan hacer a veces desde el partido político que sea, y otra cosa es llamarle a eso politización. Porque así seguimos alimentando el descrédito y la minusvaloració de la política, dicho así en general, algo que ninguna sociedad con dos dedos de frente se puede permitir. Lo dijimos aquí en otra ocasión: lo que se opone a la mala política es la buena política, y no la no-política. Acabaremos como aquella señora que, con una franqueza ingenua pero reveladora de un estado de opinión que tiene más densidad de la deseable, declaraba delante de un micrófono que a ella no le gustaban los partidos políticos... ¡porque estaban demasiado politizados!

 

La otra esquizofrenia con que nos han obsequiado es esta asociación entre la excepcionalidad de la libertad de voto y el votar de acuerdo con los valores y la conciencia. Ya estamos otra vez con el mito de que los valores son el reino de la pureza, y la conciencia la fortaleza inaccesible a cualquier crítica o discusión (¿por qué será que tanta gente que ha hecho alguna desgracia aduce que tiene una gran tranquilidad de conciencia?). ¿Y si se tratara exactamente de lo contrario? ¿Y si se tratara de hacer el trabajo -¡político!- "a conciencia", es decir, de ir explicitando como las decisiones que se toman no son nunca simples decisiones, sino que encarnan una diversidad de valores y preferencias de la manera que parece más adecuada posible, y que se está dispuesto a argumentarlo y discutirlo? ¿La política no es más bien la capacidad de mostrar con hechos y decisiones cómo se entreveran valores, preferencias, resolución de conflictos y negociaciones de intereses? ¿Y la conciencia no debería ir más allá del silencio íntimo y ser capaz de explicar este proceso de manera creíble? ¿O es que preferimos políticos inconscientes?

 

Puestos a escoger, nosotros preferiríamos que la abolición de las carreras de toros se hubiera votado con disciplina de partido a cambio de saber qué votarían en conciencia y con libertad nuestros diputados y diputadas cuando votan, por ejemplo, partidas presupuestarias u otras leyes controvertidas. Y, puestos a preguntar, también cuando votan al candidato a presidente de la Generalitat.

 

[Artículo publicado conjuntamente con Àngel Castiñeira en el diario AVUI el 23 de octubre].


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