Se ha dedicado, dedica y dedicará mucho de tiempo a afinar definiciones de la RSE, a dicutirlas y a justificarlas. Es una tarea importante y necesaria, pero también subordinada y, hasta cierto punto, secundaria. Porque el problema no es la definición de la RSE, sino el modelo de empresa.
Deberíamos empezar a considerar que lo que hemos vivido y vivimos no es simplemente una crisis económica y financiera (que lo es); ni una crisis moral y de determinados valores (que también lo es). No saldremos adelante si no aceptamos que también es (y quizás por encima de todo) una crisis cognitiva. Una crisis cognitiva que envuelve y sostiene todas las demás crisis. Una crisis que apunta, directamente, a nuestra concepción de aquello que las cosas son. Y, en concreto, en nuestro caso, a aquello que es una empresa. El problema no es partir de determinadas asunciones sobre lo que es una empresa: el problema es convertir a la asunción en una verdad, más allá de la cual no hay otra cosa que el vacío y el abismo. El problema no es tener asunciones: el problema es que las asunciones le tengan a uno. Ya hace un cierto tiempo que U. Beck habló de conceptos zombis: conceptos que son auténticos «muertos vivientes», conceptos que fueron útiles y tuvieron vitalidad en el pasado, pero que ahora sólo perviven en nuestras mentes, sin ningún contacto con la realidad pero absorbiendo nuestra energía. Por eso ninguna definición de RSE no resolverá por sí misma los debates que ella misma pone en marcha. Porque el debate se no se juega en el terreno de la RSE, sino en el terreno de lo que se considera que es una empresa. Todas las resistencias y apologías de la RSE y de la diversidad de sus prácticas no se apoyan en estar más o menos convencidos de lo que sea la RSE, sino que se explican en la medida en que encajan -o no- en la comprensión previa que se tiene de lo que es una empresa. Es verdad que una reflexión afinada sobre la RSE y su sentido ha generado a veces cambios en las concepciones empresariales. Pero en general el discurso de la RSE se reabsorbe en los discursos pre-existentes sobre lo que es (como máximo, los suaviza o embellece), y por eso no nos ha de sorprender asistir tan a menudo a discursos sobre la RSE perfectamente engarzados en una visión plenamente convencional de lo que es una empresa. Porque no hay nada que inmunice más al cambio que considerar a una perspectiva como una verdad en sí misma, como una descripción de la realidad.
Pongamos cuatro ejemplos: no es lo mismo afirmar que the business of business is business (frase habitualmente atribuida a M. Friedman, aunque se discute la autoría); que afirmar que una empresa es una fábrica de hacer facturas (D. Lecanda); que decir que el objetivo de una empresa es hacer posible una idea, convertirla en un proyecto que sea viable económicamente y que tenga impacto social (A. Cornella, en su imprescindible Visionomics); que considerar que una empresa es una historia de amor con el mundo (M. Carme Bufí i Planas, Euroquímica). Todos nos dicen qué es una empresa, y todos nos dicen cosas bien diferentes. No hay que añadir que su permabilidad a la RSE será bien diferente en cada caso. Y no tan sólo su permeabilidad: su comprensión y su argumentación a favor o en contra de la RSE dependerá de su asunción previa de aquello que sea una empresa. Por eso, dicho sea de paso, son tan difíciles -y, en el límite, imposibles- los seminarios y programas sobre la RSE: porque parten inevitablemente del supuesto de que, cuando se dice RSE, todo el mundo está hablando de lo mismo en lo que se refiere a la E. Consiguientemente, cualquier elaboración sobre la RSE que no apunte a trabajar sobre las diversas comprensiones sobre la empresa de que se parte, a hacerlas aflorar, a ponerlas en evidencia y a trabajarlas como lo que son (asunciones, y no evidencias) se acerca bastante en lo que coloquialmente denominamos una pérdida de tiempo.
Lo que sí que hay que agradecerle a la RSE es que ha puesto de manifiesto que lo que la atraviesa, de principio a fin, es una batalla de ideas, y no una discusión sobre actividades empresariales. Pero no de ideas sobre la RSE, sino de ideas sobre la empresa. Y éste es un debate que, inevitablemente, es y ha de ser abierto: económico, social, público y -ya sé que ahora es una palabra maldita- político. No es una debate sobre el ser o no ser de la empresa. Es un debate sobre maneras de entender la empresa, su legitimidad, su plausibilidad. Es un debate sobre preferencias. No es un debate sobre la empresa en singular (que es a dónde lo quieren llevar todos los que quieren consolidar la inmunidad al cambio: a un debate a favor o en contra de la empresa); es un debate sobre las empresas (en plural... y a favor de unos tipos de empresa y en contra de otros tipos de empresa). Un debate que reconozca y explicite que, cuando se dice "empresa" uno no siempre está pensando en lo mismo en lo que piensa su interlocutor cuándo usa la misma palabra. Porque tal vez lo que a uno le parece plausible desde el punto de vista empresarial al otro le parece inconcebible... desde el punto de vista empresarial.
Por eso tan a menudo aclarar la definición de la RSE no sirve de nada. Porque hay mucha "empresa" zombi circulante por el mundo de las ideas y en las mentes de los que han sido abducidos por ellas.
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