Estas siete palabras llegaron al corazón de todos los que seguían la noticia de los mineros atrapados en una mina de la III Región de Chile. Los trabajadores siguen a más de 700 metros de profundidad, pero el domingo enviaron un papel que fue un desahogo que nos hizo vivir una verdadera resurrección.
Maximiliano Echeverría
Estas siete palabras llegaron al corazón de todos los que seguían la noticia de los mineros atrapados en una mina de la III Región de Chile. Los trabajadores siguen a más de 700 metros de profundidad, pero el domingo enviaron un papel que fue un desahogo que nos hizo vivir una verdadera resurrección.
Cuando se dimensionó la gravedad del accidente, inmediatamente máquinas de última tecnología y expertos trabajaron incansablemente por una señal de la vida de estos 33 mineros, pero parecía que se buscaba algo más. Desde la superficie se desplegó un operativo de rescate para sus vidas y también para buscar una nueva oportunidad, quizás la última, de desarrollar empresas sustentablemente.
El crecimiento de China ha catapultado el precio del cobre a valores más allá de los mejores pronósticos, escenario que le ha significado a Chile ingresos suficientes como para navegar la crisis financiera de 2008 y el terremoto sin grandes sobresaltos. Los reconocimientos internacionales al manejo de la macroeconomía del país son merecidos, pero esos aplausos algo callaban, un ruido, un zumbido o derechamente gritos ante los cuales era mejor hacerse el sordo.
El 5 de agosto comenzó un alarido incansable de 17 días. El gigantesco terremoto de Chile ya había generado vergonzosos saqueos que sólo demostraron que miles de personas optaron por robar sólo porque nadie los controlaba. Ese estruendo fue aplacado por la fiebre mundialera y el consuelo de los valiosos actos de solidaridad, así, el país nuevamente retomaba su marcha.

Poco más de cinco meses después, sólo se necesitaron 33 mudas voces para volver a gritar camino equivocado. Ahora era una empresa la que usaba el mismo molde: actuar mal porque nadie los controlaba. ¿Cuántas más? La pregunta rondaba en los tristes y angustiados rostros de un país que quería volver a despegar, pero el silencioso grito era insoportable, desgarrador, no permitía retomar la normalidad. Desde el fondo de la tierra 33 personas se habían convertido en víctimas de decisiones insustentables. Desde arriba todo un país hubiese hecho lo imposible por no haberlas enviado al sacrificio.
Cuando el domingo 22 llegó a la superficie el mensaje “ESTAMOS BIEN EN EL REFUGIO LOS 33”, el grito paró. Ahora Chile volverá a caminar, ojalá ahora definitivamente, por la senda de la sustentabilidad.