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Mi tía Carmen que, como dice su médico, es un caso muy llamativo de inteligente señora mayor que goza de una espléndida salud y, además, está hecha un brazo de mar, ha sido abducida -como tantos- por el mundial de fútbol, hasta el punto de que se ha visto la mayoría de los partidos de la selección española. Una tarde, cuando llegué a casa, me la encontré frente al televisor y le pregunté cómo iba la cosa. “Están ganando los dos”, me dijo. “¿Y cómo es eso?”, insistí. “Van uno a uno”, contestó, y se quedó tan ancha y tan feliz.

 

Juan José Almagro

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Mi tía Carmen que, como dice su médico, es un caso muy llamativo de inteligente señora mayor que goza de una espléndida salud y, además, está hecha un brazo de mar, ha sido abducida -como tantos- por el mundial de fútbol, hasta el punto de que se ha visto la mayoría de los partidos de la selección española. Una tarde, cuando llegué a casa, me la encontré frente al televisor y le pregunté cómo iba la cosa. “Están ganando los dos”, me dijo. “¿Y cómo es eso?”, insistí. “Van uno a uno”, contestó, y se quedó tan ancha y tan feliz.

Según se mire, el empate puede ser un buen resultado porque, cuando tal ocurre, se termina igual, sin ganar ni perder o bien, y no es descabellado, ganando los dos, como diría la tía Carmen. En determinados ámbitos del llamado “management” a eso se le llama ahora con gran prosopopeya “win/ win” (ganar/ganar), o todos ganan y nadie pierde, cosa que es difícil y compleja; sobre todo porque, en estos tiempos que corren, el olvido se impone como pena accesoria para los que no alcanzan sus objetivos y, por ende, dejan por el camino el reconocimiento público inmediato, la satisfacción sublime y el ascenso al estrellato. Esta Sociedad tan rara nos cambia el discurso porque parece que, sin triunfo, de nada sirve el amor por las cosas bien hechas y el cuidado de los detalles, el esfuerzo diario, el cumplimiento del deber, la decencia y buscar sin descanso un horizonte que no se acaba donde alcanzan los ojos. Reflexionar sobre lo que pudo ser pero no se concretó siempre nos llena de recuerdos y nos obliga a jugar con el pretérito porque, lo escribe José Ángel Valente, “la memoria nos abre luminosos/ corredores de sombra”.

 

Cuento esto al hilo de una noticia de la que extrañamente sólo se han hecho eco algunos medios; este mismo, por ejemplo. Como muchos lectores recordarán, la SEC, el organismo regulador de los mercados norteamericanos, interpuso en abril pasado una demanda judicial contra Goldman Sachs, acusando al superbanco de fraude por la venta que la entidad hizo a determinados inversores de ciertos productos financieros ligados a títulos hipotecarios; es decir, por empaquetar hipotecas basura a través de un polémico fondo de inversión del que lo único que merecía la pena era su nombre: Abacus. Como huir de pleitos es prioritario en todas las latitudes, después de muchas discusiones y batallas, la SEC y Goldman Sachs han llegado a un acuerdo por el que (y como es habitual en estos casos), sin reconocer responsabilidad alguna, el glorioso banco de inversión pagará en total 550 millones de dólares, trescientos de multa y el resto destinado a restituir las pérdidas de los inversores que, como también ocurre, habían confiado en la inexistente profesionalidad del banco concernido que, eso sí, en el convenio extrajudicial alcanzado, y según cuentan los papeles, se ha comprometido a reforzar la educación y el entrenamiento de los empleados del área de negocio bancaria comprometida por la demanda. Se supone, faltaría más, que la instrucción tendrá como finalidad no engañar a los clientes nunca más… hasta que la ocasión sea propicia. Por cierto, como se supone que todos son muy listos, de enseñar y formar a los jefes y directivos no se dice nada.

 

Este episodio es un claro ejemplo del ganar/ganar que antes mencionaba, y de la filosofía futbolera de tía Carmen aplicada a los negocios: el peculiar banco gana porque con el arreglo evita un pleito de consecuencias imprevisibles y eventualmente una indemnización supermegamillonaria; los inversores engañados recuperan su dinerito y la SEC se embolsa trescientos millones de dólares de multa y da un puñetazo encima de la mesa para que lo oigan el resto de entidades financieras, aquellas que han seguido creyendo que su negocio es un fin en sí mismo, olvidando que el sistema financiero debería ser un medio para conseguir fines, y un instrumento para alcanzar más altas, necesarias y solidarias metas, como salir de la crisis que, además de una obligación, es ya un camino sin retorno, y una tarea a la que deberíamos entregarnos todos y, especialmente, con urgencia y sin dilación alguna los que cobran por solucionar los problemas públicos y todavía no quieren oírnos. Hemos entrado en la era de la problematización generalizada, del liderazgo solidario (no solitario) y del fin de los grandes mitos, aunque seguramente vendrán otros que nos seguirán engañando. Como escribe Edgar Morin, han nacido las nociones de “modernidad tardía” o de “postmodernidad” y la mayoría de las soluciones se han convertido en problemas, sin dejar por ello de ser soluciones.

En fin, hablando de temas monetarios, conviene no olvidar a nuestro llorado Benedetti y su repetido y hermoso soneto del dinero cuando el poeta se pregunta por qué el vil metal es un maleficio: “el dinero no tiene desperdicio/ los más grandes lo ganan con paciencia/ y los más ricos por correspondencia/ o sobornando a ruines sin perjuicio”



Juan José Almagro


19-7-2010

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