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Más de dos tercios del océano quedan fuera de las fronteras nacionales y cumplen una función decisiva en la regulación del clima y la protección de la biodiversidad. Entender por qué la alta mar es clave para el futuro del planeta ayuda a situar en su justa dimensión los avances recientes en su gobernanza y los retos que aún quedan por delante.
Por qué la alta mar es clave para el clima y la biodiversidad

Cuando se habla de cambio climático, la atención suele centrarse en lo que ocurre en tierra firme. Sin embargo, una parte esencial de la respuesta está en el océano y, en concreto, en la alta mar: ese inmenso espacio marino que comienza más allá de las aguas jurisdiccionales de los Estados y que permanece, en gran medida, fuera del foco del debate público.

La alta mar representa más de dos tercios de la superficie oceánica y concentra más del 90 % del hábitat del planeta en términos de volumen. No es solo un reservorio de vida marina, sino también uno de los principales aliados naturales frente al calentamiento global. Los océanos absorben una parte significativa del exceso de calor y del dióxido de carbono generado por la actividad humana, actuando como un enorme regulador climático.

Un ecosistema clave… y frágil

Este papel esencial contrasta con la fragilidad de los ecosistemas marinos que habitan la alta mar. Durante décadas, la falta de normas claras ha favorecido la sobreexplotación de recursos, la pesca intensiva y el avance de actividades con un elevado impacto ambiental. La degradación de estos espacios no solo pone en riesgo la biodiversidad, sino que debilita una de las principales barreras naturales frente a la crisis climática.

Proteger la alta mar, por tanto, no es solo una cuestión ambiental, sino también climática, económica y social. La salud de los océanos está directamente relacionada con la seguridad alimentaria, los medios de vida de millones de personas y la estabilidad de los sistemas naturales de los que depende la vida en la Tierra.

Gobernar lo que no tiene fronteras

En este contexto, la comunidad internacional ha comenzado a dar pasos para dotar de reglas a un espacio que históricamente ha sido tierra —o mejor dicho, agua— de nadie. Según informa Naciones Unidas, la reciente entrada en vigor del Acuerdo sobre la Biodiversidad Más Allá de la Jurisdicción Nacional (BBNJ) supone un avance clave en la gobernanza de la alta mar.

Más allá del hito jurídico, este tratado refleja un cambio de enfoque: reconocer que los océanos son un bien común global y que su protección requiere cooperación internacional, evaluaciones de impacto ambiental y mecanismos para conservar los ecosistemas más vulnerables.

Países como China, Alemania, Japón, Francia y Brasil ya han ratificado el acuerdo, lo que ha permitido su puesta en marcha. El verdadero desafío, sin embargo, será traducir los compromisos en acciones efectivas que frenen la degradación del océano y refuercen su capacidad para mitigar el cambio climático. Expertos y organizaciones ambientales coinciden en que la clave estará en el seguimiento, la financiación y la voluntad política para garantizar que la alta mar deje de ser un espacio sin control y pase a gestionarse con criterios de sostenibilidad y equidad.

Mirar al océano para proteger la vida en tierra

La alta mar puede parecer lejana e invisible para la mayoría de la población, pero su estado de salud tiene consecuencias directas sobre la vida cotidiana. Desde el clima hasta la alimentación, pasando por la biodiversidad y la economía global, lo que ocurre en estos espacios marinos afecta a todo el planeta.

Poner el foco en la alta mar es, en definitiva, una invitación a ampliar la mirada y a entender que la lucha contra la crisis climática no se libra solo en tierra firme. Proteger el océano más allá de las fronteras es una condición imprescindible para garantizar un futuro sostenible y justo para las próximas generaciones.

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