Cuando hablamos de ética enseguida nos trasladamos al espectro de lo etéreo, de las grandes y profundas reflexiones que nos llevan a los marcos filosóficos y que nos alejan de nuestro día a día. Y esta concepción sitúa la disciplina fuera de las prioridades y urgencias de las organizaciones. Con la que está cayendo – podemos pensar – no estamos para grandes reflexiones. Este es un grave error que puede conllevar importantes costes en el futuro. Porque la gestión conlleva acción y al añadirle el atributo de “ética” enfocamos esta gestión desde la perspectiva de la integridad, la coherencia, el cuidado de nuestros equipos, la conexión con el entorno, la toma de decisiones compartida y, en definitiva, la aplicación de los valores en cada una de nuestras actuaciones cotidianas.