
¿Es posible ser una gran empresa sin renunciar a generar un impacto real en la sociedad y en el planeta? ¿Es posible contribuir al crecimiento de un negocio sin que eso vaya en detrimento del bienestar social? ¿Es posible formar parte del tejido empresarial y velar por el activismo social al mismo tiempo? La respuesta es sí.

Mayo es el Mes Europeo de la Diversidad. Un momento clave para reflexionar, pero también para actuar. Para las organizaciones que viven el presente y miran hacia el futuro, la diversidad ya no es solo una cuestión de cumplimiento normativo o Responsabilidad Social Corporativa. Es una palanca estratégica de competitividad e innovación.

En mi labor diaria tengo la gran suerte de mantener contacto directo con CEOs, directores generales, presidentes y alta dirección en general, de compañías de distintos sectores, de distintos tamaños, cotizadas y no cotizadas, familiares y no familiares…que me confían sus preocupaciones, sus problemas y también lo que les puede generar satisfacción.

Hay quienes, desde la soberbia, juzgan que el hombre no guarda ya secreto alguno para la ciencia y la tecnología, en especial desde que se ha abierto la era de la inteligencia artificial. Sin embargo, vivir en relación con el misterio no solo no empobrece nuestro existir, sino que lo abre a la fecundidad de la confianza, de la esperanza, de la humildad, del asombro.

La dimensión social ha sido durante mucho tiempo la prima pobre de la inversión ESG, ya que la «E» de Medio Ambiente y la «G» de Gobernanza se llevaban la parte de la atención. Pero en 2020, la pandemia de la covid devolvió la «S» al centro del escenario. Las empresas y los inversores tomaron plena conciencia de la importancia de preservar la salud y la seguridad y de preocuparse por el bienestar de los empleados, ya que estos últimos impulsan la creación de valor.

Si fuera adolescente no me quedaría de brazos cruzados ante un título tan injusto y poco responsable como el de la serie de Netflix. No todo vale para llamar la atención, vender y hacer caja. Los títulos etiquetan, y las etiquetas, como los sambenitos, son difíciles de quitar. Se instalan en el imaginario colectivo, distorsionan la realidad y hacen mucho daño. Más cuando se viralizan de forma rápida y masiva.

La forma en que las empresas viven la inclusión laboral de personas con discapacidad dice mucho de ellas, porque a través de sus acciones, las compañías no solo tienen la oportunidad de ofrecer productos y servicios, sino también de marcar un cambio hacia el progreso de la sociedad. Mientras más conscientes somos en el mundo empresarial de que no estamos aislados de la realidad social o ambiental y que formamos parte de un todo, más positivas resultan las acciones para el colectivo. Mantener una postura ante lo social, es fundamental.

En marzo de 2024, la Unión Europea presentó su Estrategia Industrial de Defensa, con el objetivo de fomentar una mayor cooperación entre los países miembros para comprar armamento de manera más eficiente, impulsar la producción dentro de la Unión Europea y reducir la dependencia de potencias extranjeras. En paralelo, y como respuesta a las recientes tensiones geopolíticas, se está negociando un importante aumento del gasto en defensa, el cual podría superar los 200.000 millones de euros anuales en 2025.

En la encrucijada entre las exigencias del mercado y la creciente conciencia ambiental, la inteligencia artificial (IA) emerge como el gran arquitecto de una nueva era industrial. Con una capacidad sin precedentes para optimizar procesos y reducir el impacto ambiental, la IA no solo redefine la producción, sino que desafía la noción de que la innovación y la sostenibilidad son fuerzas opuestas.

El bienestar ocular es una prioridad para el desarrollo personal y colectivo, pero las dificultades de acceso de algunos colectivos vulnerables agravan las barreras sociales, lo que exige de la implicación del sector empresarial.