
En este contexto, el informe PISA, elaborado por el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes, recuerda que el rendimiento del alumnado sigue muy condicionado por el contexto socioeconómico y cultural de las familias. Por ello, cuando hablamos de acercar la ciencia a la infancia, también se ha de procurar que el lugar donde nace un niño no determine hasta dónde se atreve a imaginar.
Durante mucho tiempo hemos presentado la ciencia como algo complejo y lejano, casi reservado a quienes ya sabían que querían dedicarse a ella. Sin embargo, la ciencia empieza mucho antes de un laboratorio. Aparece en una pregunta sencilla, en un dibujo, en una prueba que falla o en una idea aparentemente imposible. Ahí es donde el enfoque STEAM tiene una fuerza enorme, ya que permite unir conocimiento y emoción sin separar la razón de la imaginación.
Bajo esta perspectiva, fomentar las vocaciones STEAM significa que un niño entienda que puede construir una solución con sus propias manos y que equivocarse le acerca al aprendizaje, no le resta valor.
Ante esta situación, es fundamental llevar este enfoque a quienes menos oportunidades tienen de acceder a él. En zonas rurales, barrios vulnerables o entornos con menos recursos, una actividad científica puede ser la primera vez que un niño se siente parte de algo que hasta entonces veía lejos.
Asimismo, el enfoque STEAM comparte valores que hoy son imprescindibles para cualquier vida, no solo para una futura profesión científica. Enseña perseverancia, pues pocas ideas funcionan a la primera; colaboración, porque los problemas importantes rara vez se resuelven en soledad; pensamiento crítico, puesto que no basta con aceptar una respuesta si podemos preguntarnos por qué; y creatividad, porque imaginar alternativas también es una forma de conocimiento.
A este respecto, actividades como la impulsada por Bolboreta Innova Group junto a la Fundación Margarita Salas, a través del taller inspiracional Construir un sueño, demuestran el valor de acercar la ciencia desde experiencias vividas y cercanas. Gracias a ello, niños y niñas en situación de vulnerabilidad han trabajado conceptos como el equilibrio, la aerodinámica o la sustentación mediante prototipos creados con metodología Design Thinking. Pero lo verdaderamente relevante no está solo en lo que construyeron, sino en lo que descubrieron mientras lo hacían: que una idea puede mejorar; que un error quizá abre otro camino; que la imaginación también necesita esfuerzo; o que cada intento cuenta.
Este tipo de iniciativas tiene valor porque no convierte la ciencia en una lección pasajera, sino en una experiencia que toca algo más profundo. Cuando un niño prueba, falla, ajusta y vuelve a intentarlo, está aprendiendo física, pero también está aprendiendo a sostener la frustración. Si comparte una idea con otros, está aprendiendo a construir en equipo. En el momento en que ve que su propuesta funciona, aunque sea de forma imperfecta, está aprendiendo algo que ningún libro es capaz de explicar del todo.
Y esa es quizá una de las responsabilidades más bonitas de quienes trabajamos para conectar ciencia y sociedad. Conseguir que el conocimiento no se quede encerrado donde solo llegan unos pocos. Hacer que salga, circule, entre en las aulas y llegue también a quienes no siempre tienen acceso a este tipo de experiencias. El talento aparece en cualquier lugar, pero necesita oportunidades para crecer.
En definitiva, la ciencia del futuro dependerá, más allá de grandes avances tecnológicos, de si somos capaces de cuidar la curiosidad de quienes hoy empiezan a mirar el mundo. Si queremos una sociedad más justa, más preparada y más humana, debemos empezar por permitir que todos los niños puedan hacerse preguntas. Y por recordarles, desde muy pronto, que ningún sueño debería quedarse en tierra solo porque alguien no tuvo la oportunidad de intentarlo.