Publicado el
Cuidar el planeta desde los territorios

La crisis climática suele tratarse como un desafío ambiental, pero sus consecuencias revelan una realidad mucho más compleja. Lo que está en juego no es solo la salud de nuestros ecosistemas, sino también la capacidad de nuestros territorios para generar bienestar generar bienestar social y ofrecer oportunidades a las generaciones futuras: lo ambiental, social, y económico están estrechamente interconectados.

La policrisis que atravesamos ha dejado de ser  una advertencia de futuro para convertirse en una realidad que afecta a nuestras comunidades, empresas y territorios. El ‘Overshot Day’ o ‘Día de la Sobrecapacidad de la Tierra’ señala la fecha en la que la humanidad habrá consumido todos los recursos naturales que el planeta puede regenerar en un año. En 2025 la humanidad necesitó de media 1,75 planetas para satisfacer sus demandas de recursos naturales. Las consecuencias se manifiestan en forma de fenómenos cada vez más visibles generando olas de calor más intensas y frecuentes, sequías prolongadas, inundaciones más severas, incendios forestales de mayor magnitud, pérdida de biodiversidad, estrés hídrico y una creciente presión sobre los sistemas económicos y sociales. Ante esta situación, seguir abordando los problemas de manera fragmentada resulta insuficiente. Necesitamos comprender la realidad desde una perspectiva sistémica, entendiendo que lo económico está embebido en lo social, lo social en lo ambiental y lo ambiental se refleja en el desarrollo económico y social. Dependemos de los tres ejes para mirar al futuro de manera sostenible y con más optimismo.

El lema elegido este año por Naciones Unidas para el Día Mundial del Medio Ambiente, “Nuestro poder. Nuestro planeta”, apunta en esa dirección. Nos recuerda que la transformación no depende únicamente de decisiones globales o de avances tecnológicos. Depende también de nuestra capacidad para actuar colectivamente y generar las condiciones que permitan a los territorios adaptarse, evolucionar y prosperar.

Desde Impact Hub llevamos tiempo reflexionando sobre esta cuestión. En el proceso de escucha Futuros globales, impactos locales identificamos una conclusión clara. La innovación seguirá siendo una herramienta fundamental para afrontar los grandes desafíos de nuestro tiempo siempre que deje de producirse desde enfoques aislados. Requiere marcos colaborativos capaces de conectar organizaciones, administraciones públicas, empresas, ciudadanía y conocimiento.

Por eso hablamos cada vez más de innovación sistémica. De crear las condiciones para que los sistemas económicos, sociales y ambientales puedan evolucionar  conjuntamente. Como plantea el II Índice de Ecosistemas de Emprendimiento de Impacto, elaborado por Impact Hub Madrid e Impact Hub Donostia y que verá la luz el próximo 17 de junio, el reto ya no consiste en innovar dentro del sistema, sino en innovar el propio sistema.

Esta perspectiva nos lleva a prestar atención a aquello que sucede localmente. No puede existir un mundo viable sin territorios vitales. La resiliencia no se mide únicamente por indicadores macroeconómicos, sino por la capacidad de los lugares para regenerar los sistemas naturales y sociales que los sostienen. Lo local se convierte así en la unidad de medida de la resiliencia. 

Esa lógica aparece en muchas de las iniciativas que están surgiendo en distintos puntos de España. Proyectos que conectan transición ecológica, desarrollo económico y fortalecimiento comunitario, y que entienden que la sostenibilidad ambiental no puede separarse de la cohesión social ni de la creación de oportunidades económicas.

Un ejemplo ilustrativo es el desarrollo de modelos como los biopolígonos, donde los residuos agrarios, la energía renovable y los procesos circulares se integran para generar nuevos materiales y nuevas oportunidades de desarrollo. Son iniciativas que muestran cómo la innovación puede contribuir simultáneamente a la regeneración ambiental, la actividad económica y la resiliencia territorial. También vemos  avances significativos en nuevas formas de gobernanza y colaboración. Las Agendas Compartidas impulsadas en Cataluña, proyectos como Lleida Alimenta o la red de Centros de Innovación Territorial demuestran que las administraciones públicas están comenzando a actuar de otra manera. Más que dirigir la transformación desde arriba, facilitan estructuras de soporte, capacitación y cooperación capaces de activar el potencial de cada territorio. 

En este contexto, el emprendimiento adquiere una relevancia especial. No solo como motor económico, sino como herramienta para fortalecer ecosistemas vivos, resilientes y capaces de evolucionar. El Índice de Ecosistemas de Emprendimiento de Impacto parte precisamente de esta idea. Los territorios más preparados para afrontar el futuro serán aquellos capaces de equilibrar salud económica, salud social y salud ecológica, fortaleciendo simultáneamente su vitalidad, su viabilidad y su capacidad de evolución. 

La buena noticia es que contamos con el conocimiento, experiencias y capacidades necesarias para avanzar en esa dirección. Ahora debemos acelerar la colaboración entre actores diversos, abandonar miradas fragmentadas y asumir que los desafíos ambientales no pueden resolverse al margen de los sistemas económicos y sociales que los generan.

Nuestro poder no reside únicamente en producir energía más limpia, reciclar más o reducir emisiones. También  en ser capaces de regenerar los territorios que habitamos, fortalecer las relaciones que los sostienen y construir ecosistemas preparados para afrontar las transiciones que ya están en marcha.

Proteger el planeta también es aprender a cuidar los lugares donde vivimos. Buena parte de nuestro futuro colectivo dependerá de esa capacidad.

En este artículo se habla de:
Opinión#medioambiente2026

¡Comparte este contenido en redes!

Este sitio utiliza cookies de terceros para medir y mejorar su experiencia.
Tu decides si las aceptas o rechazas:
Más información sobre Cookies