
Puede parecer una anécdota trivial, pero este pequeño gesto ha transformado la manera en la que nos relacionamos: alrededor de esos dulces surgen conversaciones que, de otro modo, atrapados por la inercia de la urgencia, nunca hubiesen existido. Lo cual pone de relieve dos evidencias: la primera, que un pequeño gesto puede catalizar cambios positivos; la segunda, que el contexto —más que la intención— es determinante a la hora de tomar decisiones.
Esta lógica, conocida en economía como la teoría del empujoncito, explica que nuestras decisiones no son puramente racionales, sino que están profundamente condicionadas por nuestro entorno. Así que, si queremos ayudar a alguien a tomar mejores decisiones, es importante recordar que influir no puede ser sinónimo de imponer, sino de construir el espacio donde emerjan de forma casi natural. No se trata de apelar a lo épico, sino de conseguir que la mejor decisión sea, sencillamente, la más fácil.
Desde el ámbito de la sostenibilidad y el consumo responsable hemos pecado precisamente de eso: de sobrerrepresentar la épica y subestimar el contexto. Durante años hemos hablado del consumidor responsable casi como de una figura heroica capaz de tomar decisiones informadas, coherentes y sostenibles en cada acto de compra. Alguien que, frente a un mercado complejo y a menudo opaco, consigue elegir siempre bien porque investiga, compara y prioriza el impacto positivo frente al precio. Sin embargo, esa imagen dice más sobre nuestras expectativas que sobre la realidad.
En la actualidad, la mayoría de las decisiones de consumo las tomamos en entornos saturados de ruido y sobreinformación, condicionadas por el precio, el tiempo disponible, la accesibilidad o la oferta existente. Seguir pidiendo al consumidor que cargue en solitario con la responsabilidad de transformar el sistema de consumo resulta, como mínimo, poco realista e ineficaz.
Así lo demuestra el Estudio Marcas con Valores 2026: Sentido de Futuro que impulsamos desde 21gramos: cuando las narrativas se construyen sobre la responsabilidad individual el resultado acaba cayendo en una brecha evidente entre intención y acción. Por eso, aunque el 82% de los ciudadanos afirme admirar a quienes consumen de forma consciente, el consumo responsable en España sigue siendo minoritario —no supera el 5%—.
Ese contraste es revelador.
Significa que el anhelo de hacerlo mejor existe. Lo que no siempre existe son las condiciones que permiten hacer de esa intención en una práctica cotidiana. De hecho, cuando observamos con más detalle cómo se comportan los ciudadanos aparecen señales interesantes: ocho de cada diez aseguran que hoy se plantean si realmente necesitan un producto antes de comprarlo, una actitud que refleja una relación cada vez más reflexiva con el consumo.
Además, el 75% reconoce que le preocupa dar una segunda vida a sus productos, el 77% intenta prolongar la vida útil de los objetos y el 66% contempla el alquiler o la compra de segunda mano para productos de uso ocasional. Tras una década investigando el comportamiento de los ciudadanos en el ámbito del consumo no nos cabe duda: estos son hábitos consolidados en su vida cotidiana.
Pero el contexto, como hemos visto, no siempre acompaña. Incluso en ámbitos donde se han realizado grandes avances, como la gestión de residuos, persiste cierto escepticismo: el porcentaje de ciudadanos que cree que los residuos se mezclan en las plantas de reciclaje ha pasado del 25% al 29% en solo dos años. Un dato que refleja hasta qué punto la confianza en las infraestructuras es un elemento clave para consolidar comportamientos responsables.
Curiosamente, esta distancia entre intención y práctica se da también en las marcas. Más de la mitad afirma que, si bien no han reducido su desempeño en sostenibilidad a pesar del contexto económico y regulatorio y a pesar de que la gran mayoría (81%) considere que la sostenibilidad ya es un incentivo para la innovación, persiste una brecha a la hora de hacérselo saber a la sociedad: solo el 7% de los ciudadanos cree a las marcas cuando comunican sus valores.
Este es un recordatorio de que no se trata solo de hacer más, sino de hacerlo visible, comprensible y cercano para la ciudadanía de forma honesta y transparente, sin grandilocuencias. Por eso ha llegado el momento de cambiar el enfoque.
En lugar de preguntarnos cómo lograr consumidores cada vez más responsables, tal vez deberíamos preguntarnos qué condiciones hacen posible el consumo responsable. En otras palabras: qué infraestructuras, qué modelos de negocio, qué marcos regulatorios y qué decisiones empresariales permiten que elegir bien sea más fácil.
Cuando observamos algunos de los avances más interesantes de los últimos años encontramos un patrón común: el consumo responsable deja de ser una gesta individual y se convierte en algo cotidiano cuando hay estructuras que lo facilitan, como plataformas de segunda mano, modelos de reutilización, comunidades energéticas, servicios de reparación o nuevas propuestas de movilidad compartida. De esta manera, la coherencia pasa de depender exclusivamente de la voluntad del consumidor a ser algo compartido. ¿Significa que el papel de la ciudadanía desaparezca? No. Simplemente que la responsabilidad se distribuye.
En este punto, las empresas tienen una capacidad enorme para transformar el contexto en el que se toman las decisiones de consumo. Desde el diseño de los productos hasta la información que comparten o las opciones que ofrecen en el punto de venta, cada decisión que toman contribuye a facilitar —o a dificultar— comportamientos más responsables.
Aquí aparece un cambio interesante que estamos observando en nuestra investigación. Durante mucho tiempo el discurso empresarial en torno a la sostenibilidad se ha centrado en explicar compromisos o en comunicar valores. Hoy, sin embargo, la conversación parece desplazarse hacia otro lugar: cómo hacer que las soluciones responsables formen parte de la vida cotidiana de las personas.
Es un cambio de perspectiva sutil pero importante en un momento marcado por la incertidumbre económica, la polarización social y cierta fatiga ambiental, porque implica pasar de una lógica basada en la concienciación individual a otra centrada en la transformación de los sistemas. Cuando esto ocurre, el consumidor deja de ser un héroe solitario que lucha contra las inercias del mercado y puede tomar decisiones más informadas sin tener que hacer de cada compra un ejercicio de militancia
No se trata de rebajar la ambición del cambio. Al contrario: se trata de entender que las transformaciones profundas rara vez dependen de gestos individuales aislados. Suelen surgir cuando distintos actores —empresas, administraciones, ciudadanía— contribuyen a modificar las reglas del juego. Ese es el verdadero reto del consumo responsable: construir un entorno que permita a las personas vivir de forma más coherente con lo que ya saben que es importante, no buscar consumidores perfectos.