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La IA “nos susurra” al oído, con una nitidez estremecedora, que el mundo puede o no, ser un lugar amigable. A quien descansa en la comodidad de lo conocido, la mirada se le acostumbra a las distancias cortas de los pequeños espacios. Sin otros horizontes que las conversaciones e ideas de siempre, se existe seguro, tranquilo, estable. Dejarse vivir a veces es suficiente; a veces no.
Humano e IA

I

Todos vivimos en bucles inconscientes de pequeñas variaciones. La cercanía de lo cotidiano, su superficie, su reiterada y aparente consistencia nos hipnotiza. La materia de los días nos arropa con texturas, colores, olores y sonidos que asociamos al hogar. De forma parecida, la IA simula con tal intimidad al ser humano y su paso por el mundo, que asusta asomarse a ese espejo virtual de reflejos repetidos. Nos permite viajar a un tiempo interior que nos conecta con la historia; con la nuestra y con la de los demás. Este avance tecnológico podría ser el despertar definitivo del humano, su “click” cognitivo, su “eureka” comprensivo; o su caída final.

Cuando estamos absortos en vivir, las horas pasan sin rozar, el tiempo se diluye. No somos los mismos de ayer, ni de anteayer, pero nos lo parece; quizás un poco más cansados. La síncopa de los días nos acuna. Los sentidos se acolchan. Nuestra conciencia reaparece en la bruma de la mañana. Nos despejamos con un café, el día transcurre sin altibajos, nos recogemos y vuelta a empezar. La sombra de los cuerpos se difumina en los caminos de siempre. No hay necesidad de cambiar el mundo o eso pensamos. Se acepta la amable derrota del estar bien, del ir tirando y de esta manera nos volvemos predecibles y manipulables. “La IA nos lo recuerda” una y otra vez.

Qué sucede cuando el que vive se siente vivido, el que observa, se siente observado; cuando el que produce conocimiento se vuelve objeto de éste. Cuando el que consume es consumido y el que ordena es ordenado… pues sucede que algo se rompe de forma súbita en nuestro interior. Volveremos a disociar un día más, pero esta vez siendo conscientes de la trampa. Qué gran giro de guion, qué gran logro del lenguaje y la cultura. La IA espeja nuestra voracidad e indolencia, nuestras limitaciones y fortalezas, nuestros vicios y virtudes. Qué importante se vuelve la escucha atenta y la planificación, la voluntad y la propia libertad. La IA reinventa la capacidad narrativa del humano para contar su historia, una y otra vez, hasta que podamos encontrar la mejor. Somos germen de todo y promesa de nada, una verdad estadística sujeta a nuevos datos.

II

El artista, el asceta, …el pensador... posee la mirada profunda del que ha entrenado la percepción, la intuición y el intelecto. La materia de los cuerpos tiene sus propias líneas de horizonte. Algunos sistemas nerviosos parecen dotados para extenderse más allá del mundo simbólico consensuado. Demandan retos, aventuras, enigmas, nuevos horizontes. Sin embargo, también maduramos en tiempos de paz, en soledad o en familia, en batallas invisibles que marcarán nuestro destino. Lo esencial es invisible a los ojos; sin embargo, la información es poder y saber interpretar los datos nos permite prever y construir acontecimientos futuros.

Todos lo sabemos. El ideal distópico del bienestar continuo y sin fisuras es hipnótico, atrayente, inalcanzable. Con nostalgia del paraíso idealizamos a un dios sin fisuras, a imagen y semejanza de nuestras carencias. Somos seres vulnerables a los que se les pide cuidar y proteger la esfera de lo humano. Aspiramos a no rompernos, a ser fuertes, listos, a lidiar contra la adversidad. Olvidamos ser tiernos, compasivos, humildes. Todo por un pedazo de cielo en la Tierra. Traicionamos nuestra razón de ser (servir y proteger la esperanza de una vida mejor para todos). El saber se extrae de la experiencia y la acción, pero también del reposo y la conciencia. Omitir, disociar, huir no son buenas estrategias en tiempos de crisis. “La IA lo sabe” y nosotros también.

¿Servidores de la evolución y del bien común o repetidores de mensajes que nos enfrentan? El desarrollo de la persona, su formación y autodominio son cuestiones sociales. Afectan al colectivo. De alguna manera extraña somos resonadores biológicos de contextos culturales; reflejo ético de nuestra sociedad. Así como las redes neuronales se reorganizan según las demandas del medio, las redes sociales de producción de conocimiento se actualizan al amparo de las nuevas tecnologías. Los nuevos modelos de IA son una revolución técnica, pero también una simulación de consciencia. Se puede automatizar la riqueza y la miseria que la acompaña; pero también es posible educar al humano para que sea un poco menos esclavo de sí mismo.

III

La IA procesa datos digitales en un entorno virtual. Resuelve, optimiza, detecta patrones, se adapta y responde. Existe, pero no vive, ni sufre, ni tiene voluntad propia; tampoco conciencia (aunque lo parezca) y, por lo tanto, tampoco responsabilidad moral (esa es nuestra). No posee biografía emocional subjetiva si no es la humana. No piensa, pero gestiona datos, huellas digitales de nuestro paso por internet. Contextualiza según objetivos, según la voluntad de personas que interaccionan con ella. Es un prodigio técnico que ha trasmutado en espejo antropológico y estadístico de la conducta humana. La IA nos retrata hasta lo inimaginable. Es mejor que un mito o una panacea, es un simulador de realidad; de la nuestra. Un sistema que puede ensayar múltiples significados, verdades logarítmicas y posibles mapas del mundo.

La IA no tiene cuerpo, aunque necesite de soporte material. No integra experiencias, ni emociones, ni dolores de tripa; pero ajusta innumerables parámetros y mejora predicciones; y para ello necesita mucha, mucha, mucha energía y recursos. La IA es cara, muy cara. Su huella ecológica hoy es enorme. Todavía no es eficiente ni ecológica, pero con su ayuda podría serlo. Su entrenamiento masivo y el uso abusivo de la IA para labores menores es insostenible; pero esto podría cambiarse. Es una cuestión de tiempo que el humano equilibre la balanza del derroche, si no quiere continuar devaluándose en esta ecuación.

Si el homínido es una extensión milagrosa de la vida, y ésta lo es del universo, la IA es una extensión cognitiva extraordinaria del homo sapiens. Aun cuando parezca que nos escucha, que se toma en serio nuestras inquietudes y las hace suyas, en verdad procesa datos con tal sofisticación y de forma tan complaciente que puede bloquear nuestro juicio crítico y parecer humana. Nos responde, nos habla, utiliza nuestros códigos, nuestro idioma, nuestra expresión genuina y nos deja sin palabras.

IV

Los seres humanos imaginamos para transformarnos, para contarnos con riesgo, desde el deseo, el miedo, la experiencia, desde el cuerpo. Sin embargo, la IA simula patrones, regularidades y coherencias estadísticas sin ninguna otra intención más que la de programadores y usuarios. No tiene nada que perder, nada que ganar. No tiene mundo propio, lo simula; y utiliza las huellas virtuales del nuestro para ello. Los mapas que ensaya no los camina, simula que los camina, pero no los siente, ni los padece ni los disfruta. La IA habita el espacio del sentido y la coherencia; el humano el espacio del ser y la experiencia. La IA es laboratorio de potenciales significados, el humano incorpora y ensaya conductas reales, con consecuencias de verdad. La IA puede explicar al humano, pero no puede humanizarlo.

Es un prodigio poder explicar el sentimiento sin sentirlo. Es tan sofisticada que nos cuesta creer que no haya nadie detrás. Solo nosotros dialogando con una versión estadística mejorada y ampliada de nuestro paso por el mundo. No tiene sentido pedirle que trabaje o que viva por nosotros, ni que sustituya otras formas geniales de reflexión como el arte, la ciencia y la filosofía. Nuestras funciones superiores emergen sobre la base biológica y afectiva de la vida en sociedad, no de la nube. No debemos imponer al humano un estándar cognitivo universal basándonos en la IA; pues de lo raro, lo lento y lo marginal, de aquello que denominamos desviación, puede alimentarse la ignorancia, pero también la genialidad.

Aprendemos porque nos importa, porque lo necesitamos, porque nos va la vida en ello. La IA no necesita hacer nada de lo que hace, ejecuta comandos porque se lo pedimos. No necesita una existencia corporal a la que dar sentido, significado, valor, …nosotros sí. La IA es un prodigio de la computación que no necesita darse ánimos; nosotros un milagro evolutivo de la química emocional que todos los días necesita reafirmarse. La IA es todo velocidad; es el sueño húmedo de futuristas, tiranos y amantes ambiciosos. Sin embargo, hay una parte del saber humano que proviene del reposo, del barbecho y la decantación. La IA no necesita nada de eso. No puede humanizarnos; eso es tarea nuestra.

V

Quiero pensar que la IA no anuncia un futuro de máquinas, sino una prueba de madurez para la sociedad ¿Qué debemos delegar? ¿Qué no? ¿Queremos vivir en un mundo que gire cada vez más rápido? ¿Ha cambiado la medida del hombre? Toda gran revolución tecnológica reorganiza el mundo exterior; pero ésta, además, afecta al lenguaje, al sentido, a la autoridad del saber, a la relación con la incertidumbre y con el límite humano. Por eso nuestras interacciones con ella no son neutrales ni inocentes, tocan la psicología cotidiana, los vínculos, la ética mínima de cada decisión delegada.

No dejamos de proyectar futuros, con deseos, temor y esperanza. Los futuros simulados de la IA son configuraciones posibles de significado, que no comprometen, que no implican riesgo, que no conllevan coste existencial; excepto si se trasladan al espacio de lo real. La IA no decide, no sustituye el juicio ético. Automatizar las leyes, la salud o la economía, sin haber formado a los usuarios en el uso responsable de la tecnología, suena precipitado. Quizás sea momento de desmitificar el futuro, de desmontar las campañas publicitarias de una vida mejor asistida por electrodomésticos inteligentes. Quizás estemos confundiendo, una vez más, comodidad con “progreso”. Evolucionar, crecer, aprender… es otra cosa.

La IA no necesita metabolizar la información, orientarse en el espacio o en el tiempo, ni perdonarse, ni disculparse ni saberse vulnerable; ni descansar, ni estar con los suyos, ni tomarse un respiro, ni pasear, ni amar, ni nada que se le parezca: no necesita vivir, ni experimentarse, ni aprender a ser mejor persona. Nosotros sí.

 

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