“A semejanza de muchos viejos grafómanos, en mi lo difícil no es pensar, sino cesar de pensar. Lo que no obsta para que lo pensado carezca de valor cotizable en el mercado literario, filosófico o científico” escribió el Premio Nobel de Medicina, Santiago Ramon y Cajal, en un delicioso libro publicado poco antes de su muerte, en 1934 (“El mundo visto a los ochenta años”), del que conservo, como oro en paño, una edición de 1941 en la que don Santiago pasa revista “a las decadencias inevitables de los ancianos, singularmente de los octogenarios, agravadas por achaques o enfermedades eventuales.”