En un mundo sacudido por la polarización, la fragmentación social y el desencanto, hay un hilo invisible —y poderoso— que puede seguir tejiendo vínculos allí donde otros se rompen, la solidaridad nacida de la espiritualidad. Más allá de las diferencias doctrinales, rituales y dogmas, todas las religiones comparten un mismo latido esencial: el llamado a cuidar del otro.