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Una investigación del Barcelonaβeta Brain Research Center (BBRC) revela que la exposición prolongada a la contaminación atmosférica está relacionada con alteraciones tempranas en el cerebro de personas con mayor riesgo de desarrollar Alzheimer. El estudio, realizado durante tres años con 226 participantes, identifica señales de neuroinflamación especialmente relevantes en mujeres y refuerza la necesidad de mejorar la calidad del aire como medida de prevención y protección de la salud pública.
La contaminación del aire podría dañar el cerebro

Respirar aire contaminado no solo perjudica a los pulmones y al corazón. Sus consecuencias también podrían manifestarse en el cerebro mucho antes de que aparezcan los primeros síntomas de enfermedades neurodegenerativas. Así lo señala una nueva investigación del Barcelonaβeta Brain Research Center (BBRC), centro de investigación de la Fundación Pasqual Maragall, que ha identificado una relación entre la exposición continuada a contaminantes atmosféricos y determinados cambios biológicos vinculados con la inflamación cerebral.

El trabajo, publicado en la revista científica Alzheimer's & Dementia: The Journal of the Alzheimer's Association, aporta nuevas evidencias sobre los posibles efectos de la contaminación procedente del tráfico en personas que todavía no presentan deterioro cognitivo. Los resultados muestran, además, que algunas de estas respuestas biológicas podrían ser diferentes en mujeres y hombres.

La investigación cobra especial relevancia en un contexto en el que la calidad del aire se ha convertido en una cuestión prioritaria para la prevención de enfermedades. De hecho, el informe de la Comisión Lancet de 2024 sobre prevención de la demencia sitúa la contaminación atmosférica entre los 14 factores de riesgo modificables, con una contribución estimada cercana al 3% de los casos de demencia en el mundo.

Tres años investigando los efectos de la contaminación sobre el cerebro

Para comprender mejor cómo influye la exposición ambiental en las primeras fases de los procesos neurodegenerativos, el equipo científico analizó durante tres años la evolución de 226 personas cognitivamente sanas residentes en el área metropolitana de Barcelona.

Los participantes forman parte de la cohorte ALFA+ del BBRC, desarrollada con el apoyo de la Fundación ”la Caixa”. Se trata de un grupo de investigación integrado por personas sin síntomas de deterioro cognitivo, aunque muchas presentan antecedentes familiares de Alzheimer y, por tanto, un riesgo aumentado de desarrollar la enfermedad.

El estudio examinó diferentes biomarcadores presentes en el líquido cefalorraquídeo, el fluido que rodea y protege el cerebro y la médula espinal. Posteriormente, relacionó su evolución con la exposición a contaminantes atmosféricos, especialmente óxidos de nitrógeno y partículas en suspensión PM10 y PM2,5.

Para estimar los niveles de exposición se utilizó la metodología del proyecto europeo ESCAPE, una iniciativa que reúne más de 30 estudios de cohortes europeos y busca conocer las consecuencias de la contaminación del aire sobre la salud.

Este enfoque permitió observar posibles alteraciones biológicas a lo largo del tiempo y explorar mecanismos que podrían intervenir antes de que se manifiesten los síntomas característicos del Alzheimer.

Las mujeres presentan señales más claras de neuroinflamación

Uno de los principales resultados se relaciona con la proteína GFAP, utilizada como indicador de la actividad de los astrocitos. Estas células cumplen funciones esenciales para el mantenimiento y la protección de las neuronas, pero pueden modificar su comportamiento cuando el cerebro se enfrenta a situaciones de estrés o daño.

En determinadas circunstancias, los astrocitos entran en un estado denominado reactividad astroglial, que puede reflejarse en un aumento de los niveles de GFAP.

Según los resultados del BBRC, una mayor exposición prolongada a la contaminación atmosférica se asoció con incrementos de esta proteína durante el seguimiento.

Los investigadores también estudiaron la interleucina-6 (IL-6), una proteína que participa en los procesos de señalización inflamatoria. Su evolución mostró diferencias relacionadas con el sexo de los participantes, lo que apunta a una posible respuesta desigual frente a los contaminantes ambientales.

En conjunto, los resultados identifican una asociación entre la contaminación vinculada al tráfico y la activación de mecanismos inflamatorios y astrogliales, especialmente entre las mujeres.

El análisis también encontró que, en las participantes femeninas, el incremento de GFAP explicaba parcialmente, entre un 5% y un 10% según el contaminante y la función cognitiva estudiada, la relación entre una mayor exposición a la contaminación y el empeoramiento de capacidades como la atención y la función ejecutiva.

Estas últimas permiten organizar tareas, planificar acciones, tomar decisiones y regular el comportamiento cotidiano.

La doctora Blanca Rodríguez, investigadora y coautora del estudio, explica que los resultados sugieren que la activación de los astrocitos podría constituir uno de los mecanismos biológicos que conectan la contaminación atmosférica con determinados cambios cognitivos. Asimismo, destaca que las diferencias observadas entre mujeres y hombres abren nuevas posibilidades para comprender por qué algunas personas presentan una mayor vulnerabilidad ante niveles similares de exposición.

Alteraciones que podrían aparecer antes de los síntomas del Alzheimer

Otro hallazgo significativo es que las asociaciones detectadas no dependían de la presencia de APOE ε4, una variante genética relacionada con un mayor riesgo de Alzheimer, ni de los biomarcadores clásicos de la enfermedad, como las proteínas beta-amiloide y tau.

Esta circunstancia plantea la posibilidad de que los procesos neuroinflamatorios relacionados con la contaminación aparezcan de forma temprana o se desarrollen paralelamente a las alteraciones biológicas tradicionalmente asociadas al Alzheimer.

Aunque los resultados no permiten establecer una relación causal definitiva, sí aportan información relevante sobre las posibles vías mediante las cuales la contaminación puede afectar a la salud cerebral.

Entre los mecanismos investigados anteriormente se encuentran la entrada de contaminantes a través de la vía olfativa y otros procesos indirectos, como la inflamación generalizada del organismo y el estrés oxidativo, que se produce cuando existe un desequilibrio entre las sustancias oxidantes y los mecanismos de defensa celular.

La identificación de estas respuestas en personas sin deterioro cognitivo constituye una aportación para comprender mejor las etapas previas a la aparición de síntomas.

Mejorar la calidad del aire también es proteger la salud cerebral

Más allá de sus implicaciones científicas, la investigación refuerza la importancia de incorporar la salud neurológica a las políticas de prevención de la contaminación atmosférica.

Durante décadas, los efectos del aire contaminado se han estudiado principalmente desde la perspectiva de las enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Sin embargo, las evidencias disponibles amplían progresivamente el alcance de sus consecuencias y muestran la necesidad de considerar también los posibles daños sobre el sistema nervioso.

En este sentido, reducir las emisiones asociadas al tráfico representa una oportunidad para mejorar la salud pública y disminuir la exposición a un factor de riesgo ambiental que puede modificarse mediante políticas colectivas.

La doctora Natàlia Vilor-Tejedor, autora principal del estudio y responsable del grupo de epidemiología molecular y ciencia de datos del BBRC, subraya que los hallazgos respaldan la importancia de limitar la exposición a la contaminación procedente del tráfico para favorecer la salud cerebral.

También considera especialmente relevante seguir investigando las diferencias observadas entre mujeres y hombres, ya que podrían contribuir a identificar grupos con mayor vulnerabilidad frente a los efectos de la contaminación.

Nuevas investigaciones para comprender mejor los riesgos

Pese a la relevancia de los resultados, el equipo científico advierte de que todavía es necesario profundizar en esta línea de investigación antes de extraer conclusiones definitivas.

Una de las principales limitaciones del estudio es la menor representación masculina en la muestra, una circunstancia que podría haber dificultado la identificación de asociaciones similares entre los hombres.

Además, la exposición a los contaminantes se calculó a partir de la dirección de residencia de cada participante, sin incorporar otros espacios habituales, como los lugares de trabajo, ni los desplazamientos cotidianos.

Para superar estas limitaciones, las próximas investigaciones contemplan la utilización de sensores portátiles capaces de medir de manera más precisa la exposición individual a la contaminación atmosférica. También será necesario contrastar los resultados con grupos de población más amplios y diversos.

Los hallazgos del BBRC incorporan así una nueva dimensión al debate sobre la calidad del aire: la contaminación urbana no solo constituye un problema ambiental, sino también un posible riesgo para la salud cerebral a largo plazo. Una evidencia que refuerza la necesidad de avanzar hacia entornos urbanos menos contaminados y de integrar la prevención de las enfermedades neurodegenerativas en las estrategias de salud pública y sostenibilidad.

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