
La salud de las mujeres no comienza con el embarazo ni termina después del parto. Sin embargo, durante décadas buena parte de las políticas, los indicadores y las inversiones sanitarias han situado la maternidad en el centro de la atención femenina. Ahora, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte de las consecuencias de esta mirada parcial y reclama un enfoque que contemple todas las etapas de la vida.
Según informa la Oficina Regional para Europa de la OMS en un análisis publicado el 18 de agosto, la mayor parte de las muertes de mujeres se produce fuera del embarazo y el parto. Además, una mayor esperanza de vida no equivale necesariamente a disfrutar de más años con buena salud: las mujeres pasan más tiempo que los hombres conviviendo con enfermedades crónicas y discapacidad.
Desde una perspectiva de derechos humanos, esta realidad plantea una cuestión fundamental: garantizar el derecho a la salud exige que las necesidades específicas de las mujeres sean reconocidas durante toda su vida y que los sistemas sanitarios sean capaces de identificar las desigualdades vinculadas al género, la edad y el territorio.
Las tasas de mortalidad femenina han descendido de manera general en la región europea desde comienzos de siglo, pero los avances no se han distribuido por igual. La OMS señala importantes diferencias territoriales: las mujeres de Asia Central, Europa Oriental y Asia Occidental continúan presentando tasas de mortalidad considerablemente superiores a las registradas en Europa septentrional, meridional y occidental.
Estas diferencias recuerdan que la salud no depende únicamente de factores biológicos. Las condiciones sociales, económicas y territoriales influyen en las oportunidades de mantenerse saludable, enfermar o acceder a una atención adecuada. La propia OMS considera las inequidades sanitarias como diferencias injustas y evitables vinculadas a la distribución desigual de estos determinantes sociales.
Una de las advertencias más significativas tiene que ver con la calidad de los datos disponibles. Entre las mujeres mayores de 45 años, las causas de fallecimiento tienen alrededor de un 14 % más de probabilidades de ser registradas como “mal definidas” que entre los hombres, según la OMS. Dentro de esta clasificación pueden aparecer referencias a fragilidad, paro cardíaco, insuficiencia cardíaca, demencia sin especificar o causas desconocidas.
La longevidad y la coexistencia de diferentes enfermedades crónicas pueden complicar la identificación de una causa concreta de muerte, pero, según el organismo sanitario, estos factores no explican completamente la brecha.
El problema trasciende la estadística. Cuando no se conoce adecuadamente de qué enferman y mueren las mujeres, también se debilita la capacidad de diseñar políticas preventivas, orientar recursos sanitarios y establecer prioridades de investigación.
La falta de información precisa puede convertirse así en otra forma de desigualdad: aquello que no aparece correctamente reflejado en los datos corre el riesgo de quedar relegado también en las decisiones públicas.
La OMS también señala la existencia creciente de evidencias sobre diagnósticos más tardíos en mujeres y una menor atención de determinadas enfermedades. A ello se suma su persistente infrarrepresentación en la investigación clínica, particularmente en el estudio de las patologías cardiovasculares.
Esta carencia resulta especialmente relevante porque las enfermedades cardiovasculares constituyen una de las principales causas de mortalidad y pueden presentar manifestaciones diferentes en las mujeres, lo que aumenta el riesgo de que determinados síntomas pasen inadvertidos.
La desigualdad de género puede afectar tanto a los resultados sanitarios como al acceso a la información, los recursos y la atención médica. La OMS defiende que los servicios sanitarios deben ser accesibles, asequibles y adecuados para todas las personas, además de prestarse con criterios de calidad, equidad y dignidad.
La violencia contra las mujeres constituye otra de las dimensiones que continúa insuficientemente reflejada en los registros sanitarios. La información disponible probablemente subestima su verdadera magnitud debido, entre otros factores, al estigma, las normas sociales y las dificultades que afrontan las víctimas para denunciar.
Tampoco se trata de un problema limitado a determinadas edades. Las mujeres mayores pueden continuar expuestas a violencia por parte de sus parejas, maltrato psicológico y otras formas de agresión. El riesgo de feminicidio, advierte la OMS, tampoco desaparece con el envejecimiento.
Reconocer esta violencia como un problema de salud pública y de derechos humanos resulta imprescindible para que los sistemas sanitarios puedan detectar situaciones de riesgo y ofrecer respuestas adecuadas.
El envejecimiento añade nuevos desafíos. Las mujeres mayores soportan una carga creciente de enfermedades crónicas, discapacidad y situaciones de dependencia, incluida la demencia. Pese a su impacto sobre la autonomía y la calidad de vida, estas cuestiones han recibido tradicionalmente mucha menos atención que la salud reproductiva y materna.
La OMS reclama por ello ampliar la propia definición de salud de las mujeres. La propuesta pasa por abandonar una mirada fragmentada y avanzar hacia políticas capaces de acompañarlas desde la infancia y la adolescencia hasta la vejez.
Para conseguirlo, el organismo considera necesario fortalecer la investigación clínica, disponer de información desglosada por edad y sexo y mejorar la certificación y el registro de las causas de muerte. El objetivo último es que las mujeres dejen de ser invisibles tanto en determinados ámbitos de los sistemas sanitarios como en las estadísticas sobre las que se construyen las políticas públicas.
La advertencia de la OMS pone así sobre la mesa una cuestión que trasciende la medicina: el derecho a la salud también depende de quién es estudiado, quién recibe un diagnóstico a tiempo, quién aparece en las estadísticas y cuyas necesidades son finalmente reconocidas por las políticas sanitarias.